El Sabor del Café y el Sal de tu Pecho
La primera vez que te vi en el barrio, justo frente a la panadería de la esquina, sentí algo que no sabría nombrar bien. No fue amor, tampoco fue deseo puro —fue una alerta interna, un latido que se aceleró como si mi cuerpo ya te hubiera reconocido antes de que yo lo hiciera. Estabas inclinada, sacudiendo el polvo de una bolsa de papel, y el sol del mediodía le daba de full a la curva de tus hombros, al pelo suelto, suelto y suelto, como una cascada negra que no quería rendirse a ninguna horquilla. Me quedé parado frente al vidrio del quiosco, fingiendo elegir un diario, y vos, sin mirarme, dijiste: —¿Necesitás algo, piña, o seguís de observador?
Me sonrojé como un bobo. Pero te sonreí. —Siempre observo antes de entrar —le dije, y vos te volviste de una, con esa mirada de gato que sabe que el ratón ya se dejó atrapar.
Te llamabas Lucía, pero yo te decía Lulu desde ese instante. Me gustaba cómo sonaba en mi lengua, corto, juguetón, íntimo. Tenías 32 años, trabajabas en una editorial de arte, leías poesía en voz alta con el café humeante entre tus manos, y tenías una marca en el cuello, casi invisible, que decía *Lulu* tatuada con letras finas, como si fuera un apodo que te habías puesto vos misma, sin permiso de nadie.
Nos vimos dos semanas después, en el mismo barrio, en el parquecito de los árboles viejos. Estabas sentada en el banco de madera, con los pies descalzos sobre la hierba, y me miraste venir sin sorpresa, como si ya supieras que iba a llegar. —Llegaste tarde —dijiste, y me tendiste una taza de café recién hecho, humeante, con leche y dos cucharadas de azúcar, exactamente como a mí me gusta. —Perdón, el tren se rompió en Once —mentí, porque en realidad había estado una hora antes, esperándote detrás del banco opuesto, como un idiota nervioso. —Claro, claro —sonreíste, y te acercaste la taza a los labios, dejando una marca oscura en tu labio superior. Con el pulgar, yo la limpié antes de que vos te dieras cuenta. No dijiste nada, solo me miraste, con los ojos entreabiertos, y vos dijiste: —Vos tenés las manos calientes.
Y sí, las tenía. Pero no por el clima, ni por el café. Las tenía calientes porque ya pensaba en vos.
La primera vez que te toqué, fue en tu casa, un departamento chico, con paredes blancas y estantes llenos de libros, de fotos en blanco y negro, de discos de vinilo que olían a madera y tiempo. Estábamos sentados en el sofá, después de cenar empanadas y compartir una botella de Malbec que vos sacaste de un rincón del armario como si fuera un tesoro escondido. —¿Te parece si encendemos algo? —preguntaste, y yo asentí, sin saber bien qué esperar. —¿Qué querés escuchar? —le dije, y vos te paraste, caminaste hasta el rincón del phonógrafo, y puseste *Kind of Blue*. Miles Davis empezó a sonar, suave, como si entrara por las ventanas abiertas, como si el viento del Río de la Plata hubiera traído la brisa justa.
Me acerqué detrás de vos, no con prisa, sino con curiosidad, con respeto. Te apoyé las manos en los hombros, sentí la textura de tu blusa de algodón, el calor de tu piel debajo. Me incliné, y te susurré al oído: —Lulu, decime qué querés que te haga.
Y vos, sin moverte, sin girar la cabeza, me dijiste: —Desabotoname la blusa, una por una. Y decime qué ves cada vez que sacás la mano.
Lo hice. Con lenta, con dedicación. Cada botón era un desafío, cada movimiento de mis dedos era una promesa. Vi tu espalda, tu columna, los omóplatos como alas que querían despegar. Y cuando saqué el último botón, vos te volviste, me abrazaste, y me besaste con tanta hambre que me hizo pensar que habíamos estado esperando este momento desde antes de nacer.
—No me digas que te emocionaste —dijiste, separándote un poco, con una sonrisa pícara, los labios húmedos. —Me emocioné —confesé—. Pero no por eso. Me emocioné porque vos me decís qué hacer, y eso me vuelve loco.
Te llevé a la cama, no con violencia, sino con intención. La cama era pequeña, con sábanas blancas, y vos te tiraste boca arriba, sin vergüenza, con las manos detrás de la cabeza, mirándome fijo, como si supieras que yo ya no era el mismo.
—Vos tenés un cuerpo que invita a ser leído —dije, mientras deslizaba la mano por tu muslo, hasta la parte de adentro, hasta que sentí el calor de tu concha, ya mojada, ya esperándome.
—Leé entonces —respondiste—. Y decime si te gustan las palabras que escribí.
Me metí entre tus piernas, y te lamí con calma, primero como quien prueba un dulce, como quien descubre un sabor nuevo. Sentí el salado de tu piel, el olor a ti, a ti misma, a mujer, a mujer real, que sabe lo que quiere. Te toqué con dos dedos, entrando suavemente, sintiendo cómo te estirabas, cómo te abrías para mí. Te besé el clítoris, lo chupé con delicadeza, y vos te arqueaste, soltaste un grito que no pude contener: —Ah, Dios… Llu…—
—Decime tu nombre, Lulu —le dije—. Decime tu nombre cuando vengas.
—¡Lulu! —gritaste—. ¡Lulu! ¡Lulu!
Y vos viniste, con los ojos cerrados, las uñas clavadas en mi espalda, y yo sentí cómo tu cuerpo temblaba, cómo se deshacía en mis manos, cómo se rendía.
Después, te tomé en brazos, te llevé al baño, y te lavé con agua tibia, como si fueras algo sagrado. Volvimos a la cama, y vos te apoyaste en mi pecho, con la cabeza sobre mi corazón, y me dijiste: —Sos el primero que me lava después de… —¿Y te molesta? —le pregunté. —No —dijiste—. Me gusta. Me hace sentir segura. Me hace sentir… bien.
Nos quedamos así, callados, escuchando la música que aún giraba en el tocadiscos. Miles Davis seguía tocando, y yo pensaba en cómo la vida a veces pone a las personas en los lugares equivocados, y después, de repente, en el momento justo.
La siguiente vez que fuimos a tu casa, trajiste algo: una botella de cerveza negra, dos vasos, y una caja de cuero. —Abrílo —me dijiste.
Era un collar. Una cadena fina, con una pequeña llave dorada. —Es mía —dijiste—. La llave de mi habitación. La primera vez que vine a tu casa, dejaste la tuya colgada del espejo del baño. Me gustó verla ahí. Como si fuera un regalo. —Entonces… ¿es una llave? —pregunté. —Es una invitación —respondiste—. Para que entres cuando quieras.
Y vos me la pusiste al cuello, con tus manos, con tu boca, con tu lengua, y me mordiste el pecho, justo donde late el corazón, y dijiste: —Esta es la primera vez que te dejo entrar. La primera.
Yo te besé la frente, te acaricié el pelo, y le dije: —Entonces, Lulu, yo te prometo que cada vez que venga, voy a quererte más.
Nos amamos esa noche como si fuera la última. No hubo prisa, pero sí urgencia. Te tomé por la cintura, te levanté, te senté en la mesa de comedor, y te cogí con fuerza, con ternura, con todo lo que sentía. Te miré a los ojos mientras venías, y vos dijiste: —Sí, sí, sí… no pare… no pare…
Y no pare.
Después, nos lavamos juntos en la ducha pequeña, con el agua caliente que caía sobre nosotros, con tus manos deslizándose por mi pecho, por mi espalda, por mis nalgas, y yo te lavé el pelo, te acaricié los senos, te besé el cuello, y vos me dijiste: —Sos el único que me lava el pelo después. —Y el único que te va a lavar —respondí—. Si vos me lo permitís.
—Te lo permito —dijiste—. Todo.
Nos fuimos a vivir juntos dos meses después. No fue una decisión repentina, sino una necesidad. Tu departamento quedaba bien, pero quería verte todos los días, quería escuchar tus risas en la cocina, quería oler tu perfume en mi almohada, quería saber que cuando me levantara, vos estarías ahí, con los pies descalzos, con el café humeante, con esa sonrisa que solo me reservás a mí.
Una noche, después de cenar macarrones con queso (tu plato favorito, y el mío también, ahora), vos me dijiste: —¿Sabés qué me gusta de vos? —Decime. —Que me hacés sentir segura, pero también peligrosa. Que me dejás ser quien soy, sin juzgarme. Que me mirás como si fuera lo único que importa en este mundo. —Y vos me mirás como si fuera lo único que necesito —respondí.
Y vos te acercaste, me quitaste los pantalones, me tomaste en la mano, y me dijiste: —Entonces, tomáme, Tomas. No como un hombre que me ama. Como un hombre que me quiere. Como un hombre que me necesita.
Y lo hice. Te cogí en la cocina, contra la heladera, con tus piernas alrededor de mi cintura, con tu boca pegada a mi cuello, con tus uñas clavadas en mis brazos, y vos viniste mientras yo te decía: —Sos mía. Sos mía. Sos mía.
Y vos me dijiste, con voz quebrada: —Sí, Tomas… sí… soy tuya.
Después, nos acostamos en el suelo, con las sábanas debajo, y vos dormiste en mis brazos, con tu cabeza sobre mi pecho, y yo te miraba dormir, y pensaba en cómo la vida a veces regala cosas tan bellas, tan simples, tan reales, que uno no sabe si creer.
Y si alguien me pregunta qué es el deseo, le digo: Es el sabor del café recién hecho. Es el salado de tu piel después de amarnos. Es la llave que me pones al cuello, y que guardo debajo de la camiseta, cerca del corazón. Es vos.
Sos vos, Lulu.
Y yo soy tuyo.
Y eso es todo lo que importa.
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