El sabor del café y el fuego en la nuca
Me llamo Mariana y trabajo en una cafetería que queda en la esquina de Insurgentes y Viena. No es la típica cadena, sino un local pequeño, con paredes de ladrillo visto, luces de bombillo colgando y ese olor a café recién molido que te entra por la nariz y te baja hasta el ombligo. Yo soy barista desde hace seis años. Sé tostar granos, dominar la espuma, hacer latte art con forma de hojas de cacao. Pero nadie me ve las manos temblar cuando él entra.
Él no. Ella.
Su nombre es Alejandra y vino a mi vida un miércoles lluvioso, con el pelo empapado y los hombros encogidos como si el mundo le hubiera dado una orden: “aguanta, pero no demasiado”. Llevaba una falda negra de tubo, zapatos de taco bajo pero no por comodidad —por elegancia— y una blusa blanca que se le pegaba en la espalda al mismo tiempo que el agua. Me miró cuando entró, no con deseo aún, sino con algo más sutil: curiosidad, sí, pero también una especie de reconocimiento, como si ya me hubiera soñado y apenas se lo estuviera confirmando.
—Un café negro, por favor —dijo, con esa voz que suena como si viniera de un viejo disco de jazz, un poco ronca, pero con un tono que te hace pensar en cosas que no te atreves a decir en voz alta.
Le serví el café en una taza negra, sin disimulo, y cuando le pasé la taza, mis dedos rozaron los suyos. No fue un error. Fue una apuesta silenciosa. Ella no retiró la mano. Sostuvo mi mirada y me sonrió, no con la sonrisa de cliente a barista, sino con la de alguien que ya sabe que va a volver.
Volvió al día siguiente. Y al siguiente. Siempre café negro. Siempre a las 4:45 p.m., cuando el local se vacía, cuando los estudiantes se van y los oficinistas ya no tienen excusa para quedarse. En esos días, yo ponía música más lenta. Jazz antiguo. Algo de Billie Holiday o Ella Fitzgerald. Y ella, cada vez, se sentaba en la banca de al lado del mostrador, la más apartada, la que tiene una ventanita por donde entra la luz del atardecer. Un día, me atreví a preguntar:
—¿Siempre来 café negro?
—Siempre —dijo, y bebió un sorbo lento—. Pero hoy quiero algo diferente.
—¿Qué te parece si lo hago yo a mi modo?
—Me encanta que me sorprendas.
Me llamó la atención que no dijera “me gusta que me sorprendas”, sino “me encanta que me sorprendas”. Esa palabra, “encanta”, con ese acento suave pero firme de la Ciudad de México, me hizo sentir que estaba en un juego en el que yo aún no sabía las reglas, pero ya estaba perdiendo.
Esa tarde, cuando cerramos, no me fui de inmediato. Dejé que ella pagara el café, que recogiera su bolso, que se pusiera la chaqueta. Luego, cuando ya estábamos solas, le dije:
—¿Te apetece un café en mi casa? Es más barato que aquí, y más tranquilo.
Me miró como si me estuviera midiendo. No con desconfianza, sino con atención. Como si cada gesto mío fuera una nota musical que le gustaría tocar.
—Sí —dijo, y me tendió la mano—. Me llamo Alejandra.
—Mariana.
No hablamos en el camino al metro. No necesitamos. Caminábamos juntas, con esa comodidad que nace cuando ya algo se ha instalado entre dos personas, aunque no se haya dicho aún. En el metro, ella se puso detrás de mí, y cuando el tren se movió, su cuerpo se pegó al mío. No para sostenerse. Para probar. Y yo no me aparté.
Llegamos a mi departamento. Es pequeño, pero tiene luz natural, paredes blancas y una cocina de acero inoxidable donde aún huele a canela y café. Ella se sentó en el sofá, cruzó las piernas y me miró mientras preparaba otro café, esta vez con leche, con un toque de vainilla, como ella me había dicho que le gustaba. Me di cuenta de que me estaba observando: mis manos, el movimiento de mis muñecas, el modo en que inclinaba la tetera. Como si estuviera aprendiendo.
—¿Vives sola? —preguntó, cuando le pasé la taza.
—Sí.
—¿Y no te da miedo?
—¿Miedo de qué?
—De estar sola.
—A veces —respondí, y luego, sin pensarlo—: Pero no cuando alguien está aquí.
Ella dejó la taza sobre la mesa y se levantó. No fue una decisión repentina. Fue una decisión lenta, deliberada. Se acercó a mí, con pasos cortos, como si temiera que si avanza demasiado, el suelo se abra. Me tomó la cara con las dos manos, y me besó.
No fue un beso de prueba. Fue un beso de conquista. De alguien que ya sabe que tiene derecho a estar ahí. Su boca era suave, pero firme. Labios húmedos, lengua tibia, sabor a café y a vainilla. Me abrió los labios con una suavidad que me hizo temblar, y cuando su lengua rozó la mía, sentí un calor que me subió por la espalda y se me quedó pegado en la nuca.
Me tomó de la camisa y me jalo hacia ella. Yo no resistí. Le dejé hacer. Me desabrochó los botones de arriba, despacio, como si cada uno fuera una promesa. Y cuando sus dedos tocaron mi piel, no fue con urgencia, sino con reverencia. Como si estuviera descubriendo algo que ya había imaginado, pero que ahora confirmaba con sus manos.
Me desvestí yo esta vez. Le quitué la blusa, y cuando vi su pecho, pequeño pero firme, con pezones oscuros y pequeños como semillas de granada, me di cuenta de que nunca había visto nada más hermoso. Me incliné y le besé uno. Luego el otro. Sentí cómo se estremecía, cómo respiraba más fuerte, cómo sus manos se cerraban en mi cabello, no para detenerme, sino para decirme: sigue.
Me sentó en el sofá y se puso sobre mí, con las rodillas a los lados de mi cadera. Me besó otra vez, pero esta vez mientras me deslizaba la mano por dentro del pantalón, por la curva de mi cadera, hasta la parte de atrás. Me acarició las nalgas, luego las juntó con suavidad, y bajó un poco más, hasta el hoyito que hay justo arriba del culo. Me hizo girar la cabeza para que le dejara el cuello, y allí me besó, me mordió con cuidado, me lamió como si quisiera saberme entera.
Me pidió que me volviera. Que la mirara. Y cuando lo hice, la vi con los ojos cerrados, con la boca entreabierta, con una expresión que no era de placer aún, sino de entrega. Me tomó de la barbilla y me dijo, con esa voz de jazz que me volvía loca:
—¿Tú también quieres chuparme?
—Sí —dije, sin dudar—. Quiero chuparte hasta que no recuerdes tu nombre.
Me quitó el pantalón y la ropa interior juntos. Me pidió que me recostara, que le abriera las piernas. Y yo lo hice. No con vergüenza, sino con confianza, con algo que ya no podía negar: quería a Alejandra, la quería entera, quería su olor, su sabor, su calor.
Se quitó la falda y se sentó sobre mí, con su entrepierna justo frente a mi cara. Me separó los labios con los dedos y me mostró lo que estaba allí: húmeda, oscura, brillante. Me incliné y le lamí un primer beso, desde abajo hacia arriba, lento, para que sintiera cada milímetro. Gimió, no fuerte, pero sí con algo que no era solo placer, sino sorpresa, como si no creyera que yo pudiera hacerle eso con tanta naturalidad.
Le lamí el clítoris, con suaves mordiscos, con la punta de la lengua, con presión y con vacío. Me miraba mientras lo hacía, con los ojos entreabiertos, con la boca entreabierta, con una mano apoyada en mi hombro y la otra en mi muslo. Le dije que se relajara, que dejara que yo me encargara de todo. Que no tenía que hacer nada más que sentir.
Cuando le metí dos dedos, ya estaba humedecida por completo. Se arqueó contra mí, y me dijo, entre jadeos:
—Sí, Mariana… sí, así… más fuerte… pero no te detengas.
Y yo no me detuve. Le lamí mientras le metía los dedos, le mordí el muslo, le susurré al oído lo que quería hacerle después, lo que quería hacerle con sus manos, con su boca, con su cuerpo entero.
Luego me puso de espaldas, se subió encima y se metió en mí con lentitud. Me sentí llena, con un calor que me quemaba por dentro, con una presión que me hacía querer gritar, pero no lo hice. Lo hice con ella. Con mi boca contra su cuello, con mis uñas en su espalda, con mi cuerpo que le decía que sí, sí, sí.
Cuando se vino, lo hizo con un gemido bajo, casi
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