El Sabor del Café y el Calor del Sol
4 minEl Sabor del Café y el Calor del Sol
El sol de mediados de junio entraba tibio por la ventana del porche de la casa vieja en El Poblado, donde las plantas de jazmín trepaban por los postes de madera y el aire olía a tierra mojada y hojas de naranjo. Elisa tenía cuarenta y nueve, pero parecía treinta y cinco con ese cabello canoso recogido en un moño desordenado, la piel morena ligadamente marcada por el sol, y los ojos que habían visto demasiado y aún sabían mirar con curiosidad. Estaba sentada en una hamaca de mimbre, descalza, con una falda larga de algodón desabrochada hasta la mitad del muslo, mostrando una pierna que aún conservaba la tersura de su juventud, aunque con las líneas suaves del tiempo.
Andrés entró a las tres y veinte de la tarde, con veinticuatro años, camiseta blanca empapada de sudor, el pelo oscuro y rizado pegado a la frente. Lo había llamado dos días antes, sin mucha esperanza: “¿Te pasa por acá, chamo? Te dejo un café bien fuerte y te cuento una historia que ni la radio sabe.” Él había ido porque le había gustado su voz al teléfono, profunda, pausada, con ese tono de quien sabe lo que dice y no lo dice por decir.
—Ay, qué calorcito —dijo Elisa, sin levantarse, apenas inclinando la cabeza—. Sentate ahí, en el banco de madera, que es donde el sol entra más limpio.
Él se sentó, con las piernas un poco abiertas, los codos sobre las rodillas, las manos entrelazadas. La miró sin disimulo, y ella no se avergonzó: sabía que lo hacía, y que eso le gustaba.
—Veo que no te asustaste con el llamado —dijo ella, estirando los brazos por encima de la cabeza, y el algodón se levantó un poco más, dejando entrever la curva de su cintura, la suave protuberancia de su ombligo, la línea del bikini que apenas cubría el monte de Venus, ya canoso pero terso.
—No me asusto fácil —respondió Andrés, con voz un poco ronca—. Además, el café que me prometiste suena mejor que el de la esquina.
Ella sonrió, lento, como si saboreara algo dulce antes de tragárselo. Se levantó entonces, con una lentitud deliberada, como si cada movimiento fuera un gesto preparado, y fue a la cocina a por dos tazas. Volvió con una jarra de cristal, con cubos de hielo que crujían suavemente, y el olor del café recién hecho, tostado en casa, con un toque de canela.
—Tomá —le dijo, poniéndole la taza en la mano. Sus dedos rozaron los suyos, intencionales, como un fuego que no se apaga.
Él bebió un trago. Caliente. Fuerte. Con canela y con tiempo.
—Está rico —dijo.
—Claro que está rico —respondió ella—. El café no miente, chamo. Ni las mujeres. Solo los hombres que no saben escuchar.
Se sentó junto a él, un poco más atrás, con las piernas cruzadas, los brazos apoyados en las rodillas. Elisa se volvió hacia él, con los ojos clavados en su boca, en su cuello, en la mancha de sudor que aún tenían las axilas de su camiseta.
—¿Te he visto antes en el barrio? —preguntó.
—No. Vine por la llamada.
—¿Y qué te pareció cuando te llamé?
—Que tenías una voz… de quien sabe lo que quiere.
Ella rió, baja, gutural, con ese tono de mujer que ya no se disculpa por lo que es.
—¿Y qué quieres tú, Andrés?
Él no respondió con palabras. Se inclinó, lentamente, y puso su mano sobre su muslo. Ella no se movió. Solo lo dejó hacer, con los ojos cerrados un momento, la respiración más profunda. Su piel era suave, cálida, con el olor a jabón de lavanda y algo más, algo natural, de mujer que vive, que ama, que sufre y ríe.
—Me quiero sentar contigo —dijo él.
—Sientate —respondió ella, abriendo los ojos, ya más oscuros, ya más húmedos.
Se acercó, y ella no se apartó. Solo le abrió un poco más la falda, con una mano perezosa, dejando al descubierto la entrepierna, el monte ya claro, las labias rosadas, húmedas ya con la esperanza del calor y del contacto. Él le pasó la mano por encima de la tela, sin quitarla, pero sintiendo el calor que emanaba de su cuerpo, el latido que se aceleraba bajo la piel.
—¿Me dejas tocarte? —preguntó él, con la voz temblorosa.
—Claro que sí —dijo ella—. Pero con cuidado. Que no soy una muchacha de veinte, pero aún sé cómo se siente cuando alguien me mira con ganas, y no con miedo.
Él le quitó la falda por completo, y vio su cuerpo allí, desnudo desde la cintura para abajo, con el vello cano en el monte, las piernas aún firmes, los muslos que se estrechaban con la edad pero que aún podían cerrarse como una promesa. Le pasó la mano por dentro del muslo, despacio, hasta rozar su pubis, y ella suspiró, bajo, como si soltara algo que llevaba mucho tiempo guardando.
—Dime qué quieres —dijo ella.
—Quiero verte —respondió él—. Quiero verte venir.
Ella sonrió, y esta vez sí, se levantó, lo tomó de la mano, y lo guió hasta la hamaca. Se sentó encima de él, con las rodillas a los lados de su cintura, y se inclinó, con las manos sobre sus homb
¿Te ha gustado? Valóralo
Cuerpos sin prisa, bajo el cielo abierto. Lo sensorial, lo natural, el deseo que se toma su tiempo como el río.