El Sabor del Agua Fresca en la Tarde de Mayo
7 minEl Sabor del Agua Fresca en la Tarde de Mayo
La casa de los abuelos, esa que still olía a café recién molido y cera de piso, tenía ventanas de madera que no cerraban del todo bien, dejando entrar el zumbido de los insectos del jardín y el susurro del viento entre las hojas de la higuera. Era viernes de fin de mes, y el calor ya se sentía agresivo a las tres de la tarde —ese calor antioqueño que pega fuerte, que te obliga a moverte con lentitud, como si el tiempo también se hubiera desvelado y no quisiera perder energía.
Camila había llegado media hora antes, con las uñas pintadas de azul marino, el pelo recogido en un nudo desordenado y una camiseta blanca que se le pegaba un poco por el sudor en la espalda. Le había prometido a su prima que pasaría el día entero allí, que se quitaría el estrés de la oficina, que se dejaría querer por la calma. Pero no le había dicho que él estaría.
Se llamaba Mateo. Sobrino de la tía Lila, que vivía en el barrio La Candelaria, pero que ahora estaba de vacaciones en la casa de los abuelos. Camila lo había visto crecer, casi. Lo recordaba como un niño con dientes grandes y risa de trueno. Ahora tenía veinticinco años, una sonrisa más contenida, pero igual de contagiosa, y ojos verdes que parecían saber más de lo que decían. Se había mudado recién a Medellín después de la separación, y esa era su primera vez desde entonces.
—¿Te pido agua fresca o ya estás bebiendo el aire? —le dijo él cuando la vio parada frente al balcón, con el vaso de vidrio en la mano y una sonrisa que no llegó hasta los ojos, pero sí hasta el alma.
Ella se giró despacio, como si el movimiento fuera a romper algo invisible entre ambos. Llevaba sandalias de cuña, medias cortas de algodón y una falda de algodón estampado con flores pequeñas, de esas que se compran en el mercado de Armeria. El viento jugó con la tela, y ella lo notó, pero no se tocó. No aún.
—El aire me sabe a sal —respondió ella con voz baja, pero sin miedo. Y le tendió la mano—. Hola, Mateo.
Él la tomó, y el contacto fue como una descarga suave, un chispazo que no quiso quemar, solo despertar. Su piel era cálida, un poco áspera en los nudillos, y Camila sintió cómo su corazón dio un par de vueltas dentro del pecho, como si se hubiera olvidado de latir con orden.
—¿Vas a quedarte ahí todo el día, o me vas a enseñar cómo se abre una lata de maíz? —dijo él, y la risa esta vez sí le llegó hasta los ojos, un destello rápido, fresco como el agua del río en pleno verano.
La casa olía a yuca frita, a limón y a jabón de palma. En la cocina, la tía Lila los miró desde la puerta, con su delantal de cuadros y una sonrisa que sabía más de lo que decía. No dijo nada, solo les dejó el plato de comida en la mesa y se fue a recostarse un rato, como si supiera que algo estaba por suceder.
Mateo se sentó frente a Camila. Se comió dos porciones de arroz con pollo, le pidió más ají y se limpió los labios con el dorso de la mano. Ella lo miraba como si descubriera algo que había estado escondido bajo una capa de tiempo y costumbre.
—¿Te acuerdas cuando jugábamos en el río, cuando éramos chiquitos? —le preguntó ella, tomando un trago de jugo de maracuyá.
—Claro. Tú te caíste y te rompiste la rodilla. Yo lloré más que tú —respondió él, y se pasó la lengua por los dientes, como recordando.
—No lloraste. Solo me miraste y me dijiste: “No llores, Camila, que el agua de la culebra no duele tanto como la que te da tu mamá si le dices que no vas a comer”.
Mateo soltó una risa corta, baja, que le vibró en el pecho.
—Te acuerdas hasta de esas cosas —dijo él, y esta vez no miró el plato. Miró a Camila. Verdaderamente la miró.
El sol bajaba ya, y la luz entraba por las ventanas en ángulo, dibujando líneas doradas sobre su piel. Ella se levantó para cerrar una de las persianas, y cuando se volvió, Mateo ya estaba de pie, acercándose con lentitud. No como quien se lanza, sino como quien camina hacia un sueño que no quiere perder.
—¿Puedo? —le preguntó, sin moverse del lugar donde estaba, con las manos en los bolsillos y la mirada clavada en la suya.
Ella no respondió con palabras. Solo se llevó una mano al cuello, como si la piel allí le estuviera pidiendo algo. Mateo entendió. Se acercó, y esta vez fue él quien tomó su mano, la acercó a su pecho, y Camila sintió el latido —rápido, irregular, real— bajo la camiseta de algodón.
—Estoy nervioso —dijo él, y eso la hizo sonreír.
—Yo también —admitió ella.
Y entonces él la besó.
Fue un beso lento, de esos que no piden permiso, pero que lo piden todo. Su boca era cálida, con sabor a sal y a maracuyá, y su lengua entró con delicadeza, como si temiera romper algo frágil. Camila cerró los ojos, y cuando volvió a abrirlos, Mateo ya estaba desabrochándole la primera botón de la camisa.
—Déjame —le dijo él, y la voz le temblaba, pero no por miedo, sino por respeto.
La ropa se fue quitando con calma, como si cada prenda guardara una historia. Ella se deshizo de la falda, de las medias, y se quedó con la blusa blanca y el sujetador de encaje azul. Él se quitó la camiseta, y ella vio su pecho por primera vez: ancho, con pelos suaves que bajaban hacia el ombligo, y un tatuaje pequeño en el costado, una estrella con un círculo dentro.
—¿Qué es? —preguntó ella, sin tocar aún.
—La primera vez que vine a este río. Me dijeron que si te pierdes, buscás la estrella que no se mueve. No sabía que la quería en la piel —respondió él, y le acarició la cadera con la yema de los dedos—. Pero hoy no me voy a perder.
Se tumbó sobre la cama que olía a lavanda y a ropa limpia. Él se acostó a su lado, sin apuro, y con la mano le recorrió el vientre, bajando despacio, hasta el borde de la braga. La tela era fina, azul como sus uñas. Camila le puso la mano encima, la detuvo un segundo, y luego la guió hacia abajo.
—Aquí —susurró.
Él le separó las piernas con suavidad, y cuando introdujo un dedo, lo hizo con una lentitud que dolía por lo intenso. Camila arqueó la espalda, dejó escapar un gemido bajo, que se perdió en el aire cargado de calor y expectativa.
—Estás tan rica… —dijo Mateo, y volvió a besarla, esta vez con más hambre, pero sin perder la ternura.
Le quitó la blusa y el sujetador, y se inclinó a lamerle un pezón, con la lengua suave, como si probara su sabor por primera vez. Ella lo sujetó del pelo, no con fuerza, sino como quien se aferra a una cuerda para no caer. Él sonrió contra su piel y siguió, bajando más, hasta el monte de Venus, donde los pelos eran oscuros y suaves.
—Déjame ver cómo te gusta —murmuró, y le separó los labios con los dedos.
Y entonces lo hizo. Le lamió con calma, con precisión, como si estuviera preparando un café, paso a paso, hasta encontrar el punto exacto. Camila se mordió el labio, cerró los ojos, y dejó que el mundo se fuera de largo. El zumbido de los insectos, el calor, el olor del maíz que aún quedaba en la cocina… todo se disolvió en un solo punto: el clítoris, que palpitaba como un tambor desbocado.
—Mateo… —gimió, y esta vez sí lo dijo su nombre como una súplica.
Él se levantó entonces, se quitó el pantalón y la ropa interior, y se puso frente a ella, con la erección al descubierto, gruesa, firme, con la punta húmeda y brillante.
—¿Te gusto así? —preguntó.
—Sí —dijo ella—. Pero quiero sentirte dentro.
Él se colocó entre sus piernas, le separó más las rodillas, y se introdujo poco a poco. La punta rozó su entrada, y Camila contuvo la respiración. Luego, con un movimiento lento, Mateo entró hasta el fondo.
Ella soltó un grito contenido, pero no de dolor, sino de reconocimiento. Se sentía llena, llena como no se sentía desde hacía años. Mateo se quedó quieto, con la
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