El Sabor del Agua de Cielo
7 minEl Sabor del Agua de Cielo
La lluvia empezó a las tres de la tarde, con ese ritmo pausado de mediodía caluroso que solo el Valle da: primero una brisa tibia que levanta las hojas de los plátanos, luego un susurro de gotas en el techo de zinc, y finalmente, el cielo abierto, desahogándose con un chorro suave y constante. En la terraza trasera de la casa de madera de Remedios, entre las sombras de la higuera y el olor a tierra mojada, Estefanía se sentó con una botella de aguardiente Antioqueño y dos vasos. Sabía que vendría. No por una llamada ni un mensaje, sino por el modo en que el viento cambió de dirección esa mañana, como si le hubiera susurrado algo al oído.
Y entonces, entre el arcoíris que surcó el cielo tras la lluvia, apareció Valeria. Llevaba una blusa blanca empapada en la espalda, pegada al contorno de sus riñones, y un pantalón de lino claro que se le subió un poco cuando cruzó el sendero de piedras. Se detuvo a los pies de la terraza, sin mirar hacia arriba, y soltó una risita.
—¿Me estabas esperando o solo jugabas a la vidente?
Estefanía bajó los dos vasos y le tendió uno. No dijo nada. Solo la miró. Valeria subió los peldaños con lentitud, como si cada uno fuera un escalón en una escalera de madera que no quería terminar nunca. Se sentó a su lado, el aguardiente en la mano, los pies descalzos sobre el piso fresco.
—Hace calor a pesar de la lluvia —dijo Valeria, y tomó un trago, los ojos fijos en el horizonte donde el sol empezaba a romper las nubes.
—Es el aguacero de mayo —respondió Estefanía—. El que se queda hasta que te olvidas del calor.
Valeria le dio la espalda, pero no fue un gesto de distanciamiento. Fue una apertura. El cuello se le alargó, la nuca se le humedeció con la brisa húmeda, y Estefanía notó cómo su propia respiración se volvía más profunda. No se apresuró. Se dejó llevar por el silencio que ya había entre ellas, como si fuera el aire mismo entre dos ríos que se acercan.
—Hace días que no te veo —dijo Valeria, sin voltear.
—He estado escribiendo.
—¿Y qué te escribió la pluma hoy?
—Que me faltas.
Valeria soltó una risa baja, cálida, como el eco de un trueno lejano. Se volvió, y esta vez sus ojos se encontraron. No hubo fuego, no hubo urgencia. Solo una conexión densa, como la miel que se desliza despacio por el borde de la cuchara.
—Vine porque soñé contigo anoche —confesó Valeria—. Soñé que estábamos en la orilla del río, con las piernas metidas en el agua fría, y tú me decías que me quitara la blusa.
Estefanía sonrió, lento, como si cada músculo de su cara fuera un verso que se leía con calma.
—Y ¿qué le dijiste al sueño?
—Le dije que no, que era muy temprano.
—¿Y ahora?
Valeria dejó el vaso en la mesa, se inclinó un poco hacia adelante, y con la yema de los dedos trazó una línea en el antebrazo de Estefanía. La piel de Estefanía erizó, pero no se movió. Dejó que la punta de los dedos subiera, que encontrara la curva de su codo, que se detuviera un instante en la hendidura donde el pulso latía más fuerte.
—Ahora —dijo Valeria, con voz de trigo mojado—, ahora puedo esperar un poco más.
Su mano descendió, lentamente, hasta el muslo de Estefanía, y allí se quedó, presionando con la palma, como si estuviera midiendo una temperatura interior. Estefanía inclinó su cabeza hacia atrás, el cuello estirado, los ojos cerrados. Sentía el calor de la mano de Valeria, el peso de su dedo sobre su muslo, y algo más: la promesa de que no había prisa. Que todo podía demorarse.
—¿Tienes hambre? —preguntó Estefanía, al fin.
—Sí.
—Entonces quédate a almorzar.
—¿Y después?
Estefanía se inclinó, lo suficiente como para que su aliento rozara la oreja de Valeria.
—Después —susurró—, después me das la razón de por qué viniste.
Valeria giró la cabeza, y sus labios rozaron los de Estefanía. No fue un beso. Fue una advertencia. Una promesa hecha de piel y silencio. Se separaron apenas un centímetro, lo suficiente para mirarse de nuevo.
—Porque vine porque tú estás aquí —dijo Valeria—. Y porque hoy me levanté y el sol me pegó en el pecho como si supiera que te iba a ver.
Estefanía le tomó la mano, la llevó a su pecho, y dejó que Valeria sintiera el ritmo allí, bajo la tela del camisón. Luego, con su otra mano, le acarició la nuca, con una suavidad que no pedía nada, solo ofrecía.
—¿Te acuerdas del día que llovió y nos perdimos en el parque de los helechos?
—Claro que me acuerdo.
—Entonces sabes que a veces el agua nos encuentra donde menos la buscamos.
Valeria asintió, y esta vez sí besó a Estefanía. Fue un beso lento, con los labios húmedos y cálidos, con la lengua que apenas rozó la suya, como si temiera que un movimiento brusco hiciera desaparecer el momento. Estefanía respondió con una mano en su nuca, con la otra bajando por su espalda, sintiendo la curva de sus riñones bajo la tela empapada.
Cuando se separaron, el sol ya había secado parte del suelo de la terraza. Valeria se levantó, pero no para irse. Solo se sacó la blusa, con una lentitud teatral, como si cada botón fuera una sílaba en una canción antigua. Quedó con un sostén de encaje gris, el torso moreno y lustroso bajo el sol que entraba por entre las nubes rotas.
—¿Te gusta cómo me ves?
—Me gusta más cómo me miras a mí.
Valeria se acercó, se sentó de nuevo, pero esta vez con una pierna cruzada sobre la otra, el muslo en offrenda. Estefanía le desabrochó el sostén con los dedos, sin prisa, como si cada movimiento fuera un juramento. El tejido se soltó con un suspiro, y Valeria se inclinó hacia adelante, ofreciendo sus pechos, redondos y firmes, con los pezones endurecidos por el calor y por la espera.
Estefanía no los tocó de inmediato. Primero los miró, los saboreó con la vista, como si pudiera beberse su forma con los ojos. Luego, con la lengua, les dio el primer beso: un roce húmedo en el pezón izquierdo, que hizo que Valeria soltara un susurro que se perdió entre las hojas del plátano.
—Mami… —dijo Valeria, con ese tono de voseo paisa que le sacaba a Estefanía una sonrisa tan antigua como su deseo.
Estefanía sonrió, pero no se detuvo. Bajó una mano, la pasó por la cintura de Valeria, por la curva de su abdomen, hasta el borde del pantalón. Le desabrochó el botón con cuidado, y luego el cierre, con un chasquido sordo que se perdió en el murmullo de las gotas que aún caían del alero. La tela se abrió como un pétalo, y Estefanía metió la mano dentro, encontró el triángulo húmedo ya, los vellos suaves, los labios entreabiertos.
—Estás rica —murmuró Valeria, mientras su cabeza se echaba hacia atrás.
—Eres tú la que sabe a agua de cielo.
Valeria gimió, bajo, como un trueno contenido. Estefanía le separó los labios con la yema de los dedos, encontró el clítoris, pequeño y duro, y lo acarició con movimientos circulares lentos, mientras su otra mano bajaba más, buscando su entrada. Valeria se estremeció, los muslos se le apretaron, y sus dedos se cerraron sobre los de Estefanía.
—Ay… más —dijo, con voz rota—. Más, mami… que me estás dejando seca.
Estefanía no se apresuró. Le metió un dedo, con cuidado, sintiendo cómo se abría, cómo se calentaba, cómo se aferraba. Luego un segundo, y Valeria soltó un grito ahogado contra su hombro.
—Tú sabes cómo me gusta —dijo Estefanía, besándole el cuello—. Lento… como el aguacero.
Valeria se giró, se puso sobre su rodilla, y tomó el vaso de aguardiente que había quedado en la mesa. Lo acercó a los labios de Estefanía, y le dio un trago, luego otro, hasta que la boca de Estefanía se llenó del sabor dulce y pic
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