El Sabor del Agua

@valeria_storm ·5 de junio de 2026 · ★ 4.5 (19) · 43 lecturas · 6 min de lectura

La lluvia golpeaba con ritmo tenso los cristales del balcón del Edificio Cóndor, en el corazón de Medellín. Valeria bajó la mirada al reloj: 19:47. Cinco minutos de retraso. El café humeaba en su taza, ya tibio, mientras miraba hacia la calle donde el cielo se deshacía en una cortina de vapor y luz anaranjada. No era un encuentro formal. Era algo más sutil, más urgente: una cita no escrita, apenas un mensaje en el grupo de vecinos: *¿Alguien tiene un extractor de jugos prestado? Urgente. El mío explotó.* Ella había respondido con un enlace a una tienda online. Él había respondido con un GIF de un mono con gafas de sol y una frase: *Puedo ir en diez. Y traer agua de coco fresca.*

A los veintitrés minutos, cuando Valeria ya había decidido que era mejor dejarlo pasar y lavar la licuadora rota con agua fría, escuchó el timbre. No el timbre de la puerta principal, sino el de su propio apartamento, en el piso 12. Alguien subió los escalones de dos en dos, con una ligereza que prometía sudor y energía.

Abrió con una toalla seca alrededor de la cintura, el cabello aún húmedo de ducha, el rostro descansado pero con los ojos vivos, como si llevase horas esperando esa puerta.

—Eres más rápido que un repartidor de comida en la zona rosa —dijo, sin sorpresa, sin fingir.

Él se quitó la gorra, mostrando una frente ancha y un cabello oscuro desordenado, con mechas más claras por el sol. Llevaba una camiseta blanca pegada a los hombros y el pecho húmedo por el calor. En la mano izquierda, una botella de cristal con agua de coco. En la derecha, una caja de cartón con un extractor nuevo.

—Me dijiste *urgente*. Y *extractor*. Y *yo* —señaló con un dedo hacia su propio pecho—. Es una ecuación sencilla.

Ella sonrió, apenas, y se apartó para dejarlo entrar. El aire del apartamento estaba cargado de humedad y el aroma a jazmín que usaba en el jabón de manos. Él entró con una pausa, como si evaluara el espacio, pero sin mirar demasiado. Se fijaba en sus manos, en cómo se frotaba la nuca con el dorso de la toalla, en cómo el agua se deslizaba por la curva de su cuello hasta desaparecer bajo la tela.

—¿Quieres un té? —preguntó ella, ya hacia la cocina.

—No. Quiero agua de coco. La que traje. Fresca. De la botella que no tocaste.

Ella lo miró por encima del hombro. Él no sonreía. Tenía los ojos oscuros, quietos, como si estuviera midiendo cada centímetro de silencio entre ellos.

—¿Por qué no la tocaste? —preguntó, acercándose con dos vasos de cristal.

—Porque si la toco antes de dártela, pierdo el derecho a ver tu cara cuando la bebes.

Valeria no respondió. Sólo sirvió, despacio, el líquido transparente en los vasos. El sonido del hielo chocando contra el cristal fue el primer ritmo que cruzó entre ellos. El segundo fue la respiración que él soltó cuando ella levantó el vaso y dio un trago largo. Las gotas se le pegaron al labio superior, a la comisura de la boca. Él no apartó la vista.

—Está buena —dijo ella.

—Es de la fruta que planté en mi balcón. La única que sobrevivió a la sequía.

—¿Tú plantaste esa fruta?

—Sí. Y la regué con agua del grifo, con cuidado, con paciencia.

Ella volvió a sonreír. Esta vez con los ojos. Él notó el movimiento en su garganta cuando tragó de nuevo.

—¿Y si no te hubiera respondido al mensaje?

—Entonces habría ido igual. Con el extractor. O sin él. Solo quería verte abrir la puerta.

La frase no fue un cumplido. Fue una confesión simple, sin adornos. Ella dejó el vaso sobre la encimera, se limpió los dedos en la toalla y dio un paso hacia él. Él no retrocedió. En su lugar, levantó una mano, lentamente, como si temiera que el aire la detuviera.

—¿Puedo tocarte? —preguntó.

Ella no respondió con palabras. Lo hizo con la inclinación de su cabeza, con el leve movimiento de su cuello hacia atrás, con los ojos que se humedecieron sin lágrimas.

Su mano encontró su mejilla, la palma caliente, los dedos anchos y secos. Luego bajó, con una pausa en la mandíbula, y siguió por el cuello, hacia la base del cuello, donde la piel latía más fuerte. Ella cerró los ojos. No se estremeció. Solo respiró, profundo, como si estuviera aprendiendo su nombre con la piel.

—¿Por qué hoy? —preguntó ella, sin abrir los ojos.

—Porque ayer, a las 14:32, vi tu sombra en la pared del pasillo. Y hoy, al subir, vi tu reflejo en el espejo del ascensor. Y supe que era ahora.

Ella abrió los ojos. Él ya no sostenía la botella. La había dejado sobre la encimera, junto al vaso vacío. Ahora sus dedos estaban en su nuca, tirando suavemente, suficiente para inclinar su rostro hacia él. No fue un beso inmediato. Fue una proximidad tan lenta que cada segundo se volvía una promesa. Él respiró su cuello, una vez, dos veces, como si buscara el punto exacto donde el pulso se fundía con el aire.

—¿Qué sientes? —preguntó él.

—El peso de la humedad en la piel. El calor de tus dedos. Y algo más.

—¿Qué más?

—El sabor del agua que no he bebido.

Él sonrió. Esta vez sí. Con los ojos, con la boca, con todo el cuerpo. Y entonces la besó. No fue un estallido. Fue un descubrimiento. La lengua encontró la suya con una curiosidad adulta, sin prisa, sin exceso. Fue un encuentro de labios que se acostumbraban a la forma del otro, de dientes que aprendían la curva de una sonrisa que aún no había aparecido. Ella puso las manos sobre su pecho, sintiendo el latido acelerado, el calor del cuerpo bajo la camiseta. Él la atrajo más cerca, y ella sintió cómo su cuerpo se ajustaba al suyo, como si ya hubiese estado allí antes.

—¿Quieres que te ayude a instalar el extractor? —murmuró él contra su boca.

Ella rozó su labio con el pulgar.

—No. Quiero que me ayudes a lavar los vasos. Luego, si quieres, puedes quedarte. Hay café. Y una botella de ron que traje del caribe.

Él susurró algo que ella no entendió, pero sintió en el pecho, en el estómago, en las rodillas que cedieron un poco.

—¿Es una invitación?

—Es una promesa.

Y esta vez, fue él quien la besó, con una urgencia contenida, como quien guarda una flor entre las páginas de un libro para abrirla después, cuando el tiempo lo permita. Ella respondió, con los dedos en su cabello, con la cadera que se movió una vez, sola, sin pedir permiso, solo por saber qué pasaría si lo hacía.

Él no la detuvo. Solo la miró, mientras el sol se ocultaba detrás de los edificios, mientras la ciudad se encendía en luces tempranas, mientras el ruido de la lluvia se convertía en un fondo lejano.

—¿Valeria?

—Sí.

—¿Te acuerdas del monito?

Ella rio, baja y cálida.

—Claro. El mono con gafas.

—Pues hoy no lleva gafas.

—¿Por qué?

—Porque el sol se puso.

Y entonces, sin más palabras, él la tomó de la mano, la guio hasta la cama que ella misma había deshecho horas atrás, sin saber que la esperaba. Pero esa vez, no por accidente. Esta vez, porque había algo en el aire, algo que no se llamaba deseo, ni pasión, ni prohibición.

Se llamaba *ahora*.

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