El sabor de mi propia piel

@fernanda_luz ·11 de enero de 2026 · ★ 4.2 (34) · 296 lecturas · 7 min de lectura

Apenas cerré la puerta del baño, me dejé caer contra ella, con la espalda arqueada y la cabeza inclinada hacia atrás, respirando fuerte. El calor me había seguido hasta allí, ese calor que llevaba encima desde que me quitó la camiseta en el comedor, con esa mirada que ya sabía exactamente lo que iba a hacer conmigo. Pero hoy no quería que nadie me tocara. Hoy quería sentirme sola, completamente sola, y sin embargo, completamente mía.

Me deslicé el sostén por los hombros y lo dejé caer al suelo, sin mirarlo. Mis pechos se balancearon suavemente, still un poco sensibles por la noche anterior, cuando él los había chupado con tanta ansiedad que me hicieron gritar su nombre con la boca llena de su saliva. No era un recuerdo triste, ni melancólico. Era un recuerdo cálido, sabroso, que me hacía sentir viva, deseable, deseosa. Pero hoy, hoy no quería compartir ese calor con nadie.

Me desabroché el pantalón, con lentitud, dejando que los ojos se me nublaran mientras deslizaba la cremallera con el dedo índice. El tejido se abrió como una promesa que se cumple. Me senté en la tapa del inodoro, con las piernas separadas, y me dejé resbalar los pantalones y la ropa interior juntos, hasta las rodillas. Me quedé allí sentada, desnuda de cintura para abajo, con las manos apoyadas en los muslos, la piel brillante por el sudor ligero que aún me persistía en las axilas.

Me miré. Me miré de verdad. No con la prisa de quien se mira en el espejo antes de salir, ni con la distracción de quien se arregla el pelo mientras espera el micro. Me miré con intención. Con deseo.

Mis muslos estaban suaves, pero tensos. El vello púbico, crespo y oscuro, se alzaba como una brisa invernal sobre el valle húmedo que ya empezaba a diluirse con mis propias secreciones. Me separé con los dedos, con cuidado, y vi cómo mis labios mayores se abrían como pétalos de una flor recién despertada. Estaban hinchados, ya, por la anticipación. Por el recuerdo. Por la idea de que, en un momento, iba a meterme dentro de mí misma y sentir que era suficiente.

Me toqué.

Primero, con la punta de los dedos, como si estuviera probando la temperatura del agua en una tina. Luego, con más seguridad, presionando el clítoris, que ya estaba erguido, húmedo, exigente. Un gemido se me escapó antes de que pudiera detenerlo, bajo y ahogado, como si el baño pudiera retenerlo entre las baldosas.

Me metí dos dedos.

No rápido. No desesperada. Me los metí despacio, uno por uno, hasta sentir el estiramiento suave de mi entrada. Me detuve. Respire. Sentí el calor de mi cuerpo en mi mano, el olor agrio-y-dulce que me subía a la nariz, el sonido de mi propia respiración entrecortada. Luego, moví la muñeca, con un giro leve, como si estuviera agitando una copa de vino antes de beber.

Me acerqué al espejo del baño. Me vi. Me vi con los dedos dentro, con la cara roja, con los ojos cerrados y los labios entreabiertos. Me vi gozar. No con vergüenza. No con culpa. Con una especie de asombro, como si me hubiera encontrado por primera vez con alguien que ya conocía, pero que nunca había celebrado.

Me moví.

Hacia adentro. Hacia afuera. Con el ángulo que más me hacía estremecer. Me incliné hacia adelante, apoyando las manos en los muslos, y empecé a gemir en voz alta. No me importaba que estuviera sola. Me importaba sentir. Sentir el roce del espejo frío contra la nuca, el calor de mis dedos, la presión que iba creciendo en mi vientre como una marea que no podía detener.

Me metí un tercer dedo.

El estiramiento fue más fuerte, pero yo ya lo esperaba. Ya lo deseaba. Me abrí más con los pulgares, separando mis labios para que pudiera entrar mejor, y empecé a bombear con más fuerza. Mis caderas se elevaron solas, buscando el ritmo que mis dedos imprimían. Me mordí el labio, con fuerza, y sentí el sabor a sangre dulce en la lengua. Me miré en el espejo mientras lo hacía: mis ojos cerrados, la frente sudada, la boca entreabierta, la garganta tensa. Me miré como si estuviera viendo a una amante que no sabía que tenía dentro de mí.

Me movía más rápido ahora. Con un ritmo que no era mío, sino del cuerpo que se dejaba llevar. Mis pechos se balanceaban con cada movimiento, y con la mano libre los tomé, los apreté, les dije «ahí están, aquí están, soy yo, soy yo». Me froté los pezones entre el pulgar y el índice, apretando con fuerza, y el placer me subió por el pecho como una descarga eléctrica.

—Mierda —murmuré, con la voz rota.

Y luego, sin pensarlo, me llevé los dedos a la boca.

Los lamí, uno por uno, con lentitud, saboreando la mezcla de mi saliva, de mi jugo, de mi piel. El sabor era fuerte, salado, ligeramente amargo, pero también dulce, como miel que se derrite en la lengua. Me cerré los ojos y sentí cómo ese sabor me hacía más húmeda, más sensible, más mía.

Me separé del espejo. Me puse de pie con cuidado, sin soltar mis muslos. Me acerqué al lavabo, encendí el agua caliente y me lavé las manos lentamente, dejando que el chorro de agua se enroscara entre mis dedos, arrastrando mis secretos hacia el desagüe. Me sequé con la toalla, con suavidad, como si no quisiera perder del todo el rastro de ese momento.

Me senté en la cama, con las piernas cruzadas, sin ropa, con la piel ainda erizada por la excitación que no había cesado. Me llevé una mano al pecho, a mi pezón izquierdo, que aún estaba hinchado, aún sensible, aún esperando. Lo tomé entre el pulgar y el índice, lo apreté con fuerza, y lo giré, con un movimiento circular lento, hacia adentro. Me incliné hacia atrás, apoyándome en las almohadas, y me miré mientras lo hacía.

Me toqué el otro pecho. El derecho. Lo froté con la palma de la mano, con movimientos lentos y circulares, como si estuviera untando crema sobre la piel seca. Me miré en el espejo del armario, que quedaba frente a la cama. Me vi con los ojos cerrados, la boca entreabierta, las piernas separadas, las manos trabajando sobre mi propio cuerpo. Me vi como si fuera una extraña que me estaba regalando algo que nadie más me podía dar.

Me llevé la mano al centro.

Me separé con los dedos, otra vez. Me toqué el clítoris, que ahora estaba más sensible aún, más húmedo, más exigente. Me pasé un dedo por encima, con la punta, y me estremecí. Me pasé dos. Me pasé tres. Me metí los dedos otra vez, con más fuerza esta vez, con más hambre, con más necesidad.

Me moví.

Me moví como si no hubiera mañana.

Me moví como si el mundo se fuera a acabar en cinco minutos.

Me moví como si fuera la última vez que me sentiría así.

Y entonces, cuando el nudo en mi vientre se hizo tan fuerte que no pude sostenerlo más, cuando mis músculos se tensaron como cuerdas de arco, cuando mi respiración se volvió entrecortada y mis uñas se clavaron en mis muslos, grité.

No un grito de dolor. No un grito de miedo. Un grito de liberación. Un grito de pertenencia.

Me temblaron las piernas. Me tembló la boca. Me tembló la lengua. Me tembló la garganta. Me tembló la mente.

Y cuando todo terminó, cuando mis dedos se detuvieron solos, cuando mi cuerpo se relajó como una cuerda que ya no está tenso, me quedé allí, tendida sobre la cama, con la ropa interior tirada en el suelo, con los pechos aún hinchados, con la piel brillante de sudor y de placer.

Me toqué la cara con la mano. Me toqué los labios con el pulgar. Me toqué el vientre, que aún latía con fuerza.

Me miré en el espejo.

Y sonreí.

Porque no había nadie más allí.

Sólo yo.

Sólo mi cuerpo.

Sólo mi deseo.

Sólo mi placer.

Sólo yo, completa, entera, desnuda, húmeda, gozosa.

Y supe que eso era lo más hermoso que me había pasado en mucho tiempo.

Que estar sola no era estar vacía.

Que estar sola era estar llena.

Llena de mí misma.

Llena de mi propia piel.

Llena de mi propio sabor.

Llena de mi propio nombre.

¿Te ha gustado? Valóralo

4.2 · 34 votos
Reportar
Compartir

También en Autosatisfacción