El sabor de la sangre y la sal
7 minEl sabor de la sangre y la sal
La primera vez que sentí el calor de su cuerpo contra el mío fue en la terraza de la casa de mi tío, cuando aún no había terminado la tarde. El sol se escurría por los techos de zinc como miel derretida, y el aire olía a limón y tierra mojada. Ella estaba de pie junto al bebedero del perro, con la camiseta pegada a la espalda por el sudor y el cabello suelto, recogido apenas con una ligadura de hule. Me miró como si ya supiera lo que iba a pasar, como si hubiera estado esperando que yo diera el primer paso.
—¿Tú también te quieres meter al río? —preguntó Lía, mi prima, sin voltear. Su voz sonaba como el chirrido de una rueda vieja, esa que sabes que va a sonar igual mañana y pasado, y aún así te hace estremecer.
—Me muero por un baño —dije, y me acerqué. No por necesidad, sino por olor. Ella usaba agua de rosas mezclada con sal marina, y cada vez que pasaba cerca, sentía ese aroma como un imán invisible.
Lía tenía veintiséis años, dos más que yo. Yo, dieciséis. Éramos criaturas de la misma sangre, sí, pero no de la misma casa. Mi madre y su padre eran hermanos, y eso nos hacía primos, pero también —como decía mi abuelo cuando aún vivía— “como dos caras de la misma moneda, una que nunca llega a girar”. Ella había crecido en Guadalajara, con su padre y su madre, mientras yo vivía con mi mamá en Tonalá. Sólo nos veíamos en verano, cuando veníamos a casa de los abuelos, en Zapopan. Pero este verano era distinto. Ella ya no era la niña que se escondía tras las cortinas cuando llegaba mi papá. Ya no era la que me regañaba por meterle la mano a su pastel de piña. Era otra. Más alta, más lenta en sus movimientos, con esa manera de apoyarse en una pared como si estuviera pendiente de lo que haría después de apoyarse.
—¿Viste cómo se le fue el agua al gato de la señora Rivas? —dijo, finalmente, y se dio vuelta. Me ofreció la espalda, pero no para que le ayudara a quitarse la camiseta mojada. Me ofrecía la espalda para que yo la mirara. Sus hombros estaban marcados por dos hoyuelos pequeños, como si alguien hubiera presionado suavemente con el pulgar. Su piel, morena y sedosa, brillaba bajo el sol postrero. Y ahí, justo debajo del cuello, una gota de sudor descendía por su columna, como un viajero que sabe que va a llegar al final del camino.
—Sí —murmuré, sin quitarle los ojos de encima.
—¿Y qué te parece?
—¿Qué?
—Que se le fue el agua.
Me acerqué más. Tanto que sentí el calor que emitía su cuerpo, no por el sol, sino por dentro. Su respiración se hizo más lenta, más profunda. Yo ya no sabía si estaba sudando por el calor o por la ansiedad que me subía por las axilas como una ola fría.
—A mí me parece que el agua le gustó —dije, y me atreví a rozar su hombro con el índice. Una descarga suave, como una descarga eléctrica de bajo voltaje.
Ella no se movió. Sólo dejó caer su camiseta por los hombros y la dejó sobre el piso, como si fuera una hoja seca. Quedó en bikini azul marino, el de tirantes finos que dejaba ver la curva de sus riñones y el inicio de sus nalgas, redondeadas y firmes como dos naranjas maduras. Me costó trabajo tragar. Sentí la lengua pegada al paladar, como si me hubiera comido un clavo de olor.
—¿Te gusta? —preguntó, sin voltear, y me di cuenta de que me había estado esperando, de que todo esto, desde que llegué a casa de los abuelos, había sido un juego de ojos, de gestos, de toques que no eran toques.
—Me encanta —susurré, y esta vez no fue un murmullo, fue una confesión.
Ella giró lentamente, como una flor que se abre al amanecer. Sus ojos negros, grandes, con pestañas oscuras, me clavaron una mirada que no era de desafío, sino de invitación. Me tendió la mano.
—Vamos.
No pregunté adónde. Sólo la seguí. Subimos los escalones de madera que llevaban al cuarto de visitas, el que estaba al final del pasillo, el que olía a lavanda y a polvo antiguo. Ella abrió la puerta con una llave que llevaba colgada del cuello, dentro de una cadenita de plata. Me hizo entrada con un gesto, y entré primero.
El cuarto era pequeño, con paredes blancas y una cama sencilla, con sábana blanca y una manta ligera. Las cortinas estaban corridas, pero la luz entraba por los bordes, pintando líneas doradas sobre el piso de loseta. Ella se detuvo justo en el centro, y se quitó el bikini. No con prisa, sino con deliberación: primero la parte de arriba, dejando al descubierto sus pechos pequeños, redondos, con pezones oscuros y erguidos. Luego la parte de abajo, dejando ver su culo entero, redondo, con una línea suave que bajaba hasta sus muslos.
—¿Te acuerdas cuando éramos chiquitos y jugábamos a escondidas? —preguntó, y se sentó en la cama, con las piernas juntas, las manos sobre las rodillas.
—Sí —dije, con la voz ronca.
—Entonces ya sabes que a veces, cuando uno se esconde, no es para que no lo encuentren… sino para que sí lo encuentren.
Se abrió las piernas un poco, como si me hiciera espacio. Yo me acerqué, temblando. Me senté frente a ella, con las rodillas separadas, y puse mis manos sobre sus muslos. Sentí la textura de su piel, cálida, húmeda por el sudor y el sol. Subí las manos lentamente, hasta tocar sus nalgas, y las apreté con suavidad. Ella soltó un suspiro, no de placer, sino de alivio. Como si por fin hubiera dejado caer algo pesado.
—¿Todavía hueles a sal? —pregunté.
—Sí. Me he bañado tres veces hoy. Pero no sale.
—No se puede salir.
—No —dijo, y me tomó la mano. La puso sobre su vientre, justo encima del vello que empezaba a crescer, oscuro y rizado. —Aquí. Donde empieza a dolerme cuando me baja la regla.
Me incliné y besé su ombligo. Luego su vientre. Luego, más abajo, la curva de su pubis. Ella se inclinó hacia atrás, apoyada en las manos, y me ayudó a bajarle la parte superior del bikini que aún llevaba puesta. Me detuve un segundo, mirando su cuerpo, su pecho, su cintura, sus piernas. Todo en ella me decía que sí. Todo en ella me decía que era real.
—¿Estás seguro? —preguntó.
—Sí —dije, y le desabroché el sostén con los dedos.
Cuando la tocó, cuando sentí su piel contra la mía, todo se volvió lento. Me quitó la playera, me desabrochó el pantalón, y yo le bajé el calzón, descubriendo su verga, pequeña pero firme, con la punta húmeda. Ella me miró, y me tomó de la mano, llevándola entre sus piernas. Sentí su humedad, caliente, pegajosa, como miel tibia. La separé con los dedos, y vi su entraña, rosa, hinchada, con un pequeño nudo en la punta que palpitaba.
—Dime qué quieres —susurró.
—Quiero verte.
—¿Cómo?
—Quiero verte entrar.
Ella sonrió, y esta vez fue una sonrisa de mujer, de alguien que ya ha aprendido lo que hace. Se puso de rodillas frente a mí, y me tomó la verga con la mano. La frotó suavemente sobre su entrepierna, mojándola con su esencia. Luego, con la punta de la verga, rozó su entrada, y empujó con suavidad.
—No te apresures —dije.
—No voy a apresurarme —respondió, y se sentó sobre mí, lentamente, hasta que su cuerpo me envolvió completamente. Me abrazó, y me besó en el cuello, mordiéndome un poco, como para dejarme su marca.
Subió y bajó con lentitud, con un ritmo que era el de su respiración, el de su corazón. Yo le acariciaba la espalda, las nalgas, el pelo. Sentí su cuerpo temblar, sentí su calor aumentar, sentí su respiración acelerarse. Y cuando llegó, cuando su cuerpo se contrajo y su cabeza se inclinó hacia atrás, soltó un gemido que no era de placer, sino de liberación.
—Estoy dentro de ti —dije.
—Sí —respondió—. Y tú estás dentro de mí.
Y así estuvimos un rato, abrazados, sin moverse, con el sudor pegándonos la piel. Ella se levantó, se dirigió al baño y volvió con una toalla húmeda. Me lim
¿Qué tanto te calentó?
¿Te masturbaste con el relato?
¡Gracias por responder! 🔥
0se masturbaron con este relato
¿Te masturbaste con el relato?
¡Gracias! 🔥
¿Quieres más como este?
Te aviso cuando suba un relato nuevo. Sin spam.
Llego, observo y me tomo mi tiempo. La seducción no tiene prisa; el buen relato tampoco. Ambientes, miradas, lo que se cocina lento.