El sabor de la rendición
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La habitación olía a sudor, tabaco y promesas rotas. Lucía estaba sentada en la cama, con los muslos aún húmedos y el pecho subiendo y bajando como si le hubieran clavado un clavo en el estómago. El aire se cargaba de electricidad, pero no la de los cables: la de un cuerpo listo para explotar. Tocó la verga de Martín con la palma, firme, gruesa, ya medio dura, como una rama de árbol viejo que no se rinde ni bajo la helada.
—¿Te la voy a chupar o qué? —preguntó ella, voz ronca, sin mirarlo, los ojos fijos en la punta de su verga, que ya asomaba un poco de transparente.
Martín no respondió. Solo se recostó más en la cabecera, las manos detrás de la cabeza, los codos separados, como si estuviera en un trono de madera gastada. Le dio la orden con un gesto: bajar.
Lucía sonrió entre dientes y se inclinó. Primero le lamió el escroto, una pasada lenta, húmeda, como si estuviera probando un chocolate recién sacado del refrigerador. El cuero se arrugó bajo su lengua, caliente, suave, pero resistente. Luego, con la yema de los dedos, le acarició la base de la verga, apretando justo donde el vello pubiano se espesaba, donde el calor se concentraba. Él soltó un gruñido, bajo, gutural, como el que suelta un perro cuando le van a quitar el hueso.
—¡Aww, sí, chingada! —exhaló, apretando los dientes.
Lucía no se apresuró. Envolvió la verga con la boca, pero no de golpe. Primero la punta, apenas cubierta por su labio inferior, rozándola con la lengua, chupando suavemente como si extrajera miel de una cera. El preseminal salió más rápido, brillante, pegajoso. Ella lo tragó sin pestapear, tragó como quien bebe un tequila de golpe, sin temor, sin vacilar.
Bajó más, hasta que su nariz rozó el vello púbico, hasta que el aire se le calentó entre las fosas nasales. Volvió a subir, lento, lento, hasta que la punta tocó el paladar. Ahí se detuvo, hizo un círculo con la lengua, rozando el orificio de la uretra, escuchando cómo Martín jadeaba, cómo su respiración se rompía en pedazos.
—No te pares, cariño… sigue —susurró él, con la voz ya deshecha.
Ella no lo escuchó. O sí. Pero le dio otro giro a la lengua, esta vez más profundo, y metió más verga, hasta que el fondo de su garganta se quejó, hasta que sus ojos se mojaron, hasta que su nariz rozó el vello de sus muslos. Entonces, con una mano, le apretó una nalgada, le marcó la curva del culo, y con la otra le masajeó el escroto, suave, pero con intención.
Martín se estremeció. No era la primera vez, pero aquello era diferente: Lucía no lo hacía por complacer. Lo hacía porque quería. Porque la verga de Martín le daba ganas de morder, de sentir su peso en la garganta, de que le corriera en la lengua como si fuera tequila barato y buena cosa.
—Me vas a chupar hasta que me rinda —le dijo él, y esa frase sonó más como una promesa que una orden.
Lucía asintió, y esta vez no lo tomó suave. Agarró la verga con ambas manos, la base firme, la punta ya húmeda, y empezó a subir y bajar, con ritmo, con fuerza, como si estuviera poniendo un clavo en la pared. Cada bajada era un chupón hondo, cada subida, una succión seca, rápida, que le hacía temblar los dedos.
—¡Aww, sí! — gritó él, esta vez sin contenerse.
Lucía le soltó la verga, la tomó con los dedos, la levantó, y se la metió de nuevo, pero esta vez, la giró. Una vuelta de muerte, con la lengua pegada al lado de abajo, presionando la corona como si quisiera sacarle el alma. Martín arqueó la espalda, los ojos cerrados, la boca entreabierta, los dientes apretados, y soltó un gemido largo, bajo, que vibró en el pecho de ella como un trueno lejano.
Ella no se detuvo. Siguió chupando, chupando, como si su vida dependiera de que Martín se corriera en su boca. Y entonces, él se rindió.
Se corrió como quien abre una puerta: de golpe, sin advertencia. La verga se le puso más dura, más gruesa, y luego explotó. Lucía sintió el primer chorro caliente, espeso, en el fondo de la garganta. Lo tragó. El segundo vino más fuerte, más rápido, y ella lo aceptó con un gorgoreo, con un movimiento de cuello, con la cabeza inclinada hacia atrás como si estuviera pidiendo más.
Cuando terminó, Martín se dejó caer hacia atrás, con la verga aún medio dura, mojada de saliva y de su propia semilla. Lucía se limpió la boca con el dorso de la mano, se lamió los labios, y le sonrió.
—Tú ganas otra vez —dijo ella, y le dio una palmada en el muslo, seca, como si estuviera apaciguando a un caballo.
—No, chingada —respondió él, aún jadeando—. Ganaste tú.
Lucía se recostó a su lado, sin dejar de mirarlo, y le acarició el pecho con la punta de los dedos. El sudor le pegaba el cabello a la frente, y su respiración aún se cortaba cada tanto, como si el cuerpo le recordara lo que acababa de hacer.
—¿Otra vez? —preguntó Martín, y esa vez sí sonrió.
Lucía no respondió. Solo se volvió hacia él, le tomó la verga por la base, y le chupó la punta, una vez, lento, como quien prueba un chocolate recién sacado del refrigerador.
Y así, sin más palabras, la habitación volvió a llenarse de electricidad.
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