El sabor de la paciencia

El sabor de la paciencia

@camila_rios ·6 de junio de 2026 · ★ 4.4 (33) · 12 lecturas · 4 min de lectura

Vos sabés, cuando una mujer de cuarenta y nueve años se mira al espejo y ya no busca perfección, sino presencia… entonces llegás vos. Veinticuatro años, piel dorada de sol de verano, músculos tensos bajo la camiseta mojada de sudor después de correr por el paseo de la costanera. Yo te vi desde la terraza del café, con ese porte de quién no sabe aún cuánto puede doler lo bueno, cuánto puede tardar en llegar lo justo.

Me acerqué con mi copa de malbec medio vacía y te pregunté si querías compartir la sombra del toldo —hacía un calor que fundía el asfalto—. Me respondiste con una sonrisa que te partió la cara, y vos, sin saberlo, me abriste una puerta que hacía años estaba cerrada con llave doble.

—¿Sos de aquí? —te pregunté, apoyando el codo en la mesa de madera calentada por el sol.

—No, vine a trabajar en el estudio de arquitectura de mi tío. Vivo en Belgrano… vos, ¿liveás en Recoleta? —decís “liveás”, con esa mezcla de juventud y curiosidad que me hizo estremecer la base de la espalda.

Le dije que sí, que hacía quince años que no me mudaba. Que mi casa, en la esquina de Arribeños y Gorriti, tenía paredes que recordaban cada suspiro, cada lágrima, cada risa que solté desde que mi hija se fue a estudiar a Madrid. Y vos, con esa mirada limpia pero directa, me dijiste: —¿Y nunca tuviste ganas de cambiar algo?

No respondí enseguida. Te miré los ojos, el cuello, la manera en que tu mano derecha jugueteaba con la brizna de menta que flotaba en tu gaseosa. Sentí cómo mi vientre, después de tanto tiempo inerte, despertaba como un río tras la primavera.

—Sí —le dije, baja, para que solo vos escucharas—. Pero a veces me da miedo que lo nuevo no sepa cuidar lo viejo.

Vos te inclinaste un poco más, y yo sentí el calor que emitías, ese olor a jabón de alheña y sudor dulce. Me miraste fijamente, sin miedo, sin fingir.

—Yo no tengo miedo.

Y ahí, en ese instante, supe que ibas a venir conmigo. No por orgullo, ni por lástima, ni por curiosidad barata. Porque vos sentiste lo que yo ya había olvidado: que una mujer madura puede ser un lugar seguro, un abrigo grande donde se puede perder sin miedo.

Llegamos a mi casa poco después de las siete. El sol se hundía en el río, pintando el cielo de naranja quemado. Te invité a entrar, no con invención, sino con claridad: —Si querés, podés quedarte a tomar un vino. O…

No terminé la frase. Te miré, y vos me agarraste la mano.

—Quiero ver cómo se mueve una mujer como vos cuando no tenés que demostrar nada —dijiste, con una seguridad que no esperaba de un chico tan joven.

Te llevé al cuarto. No hubo prisa, no hubo nervios. Yo me quitó la blusa con calma, dejando al descubierto el sostén de encaje negro, desgastado pero fiel. Viste cómo tus manos temblaban un poco al acercarse a mi cintura. No era miedo. Era respeto.

—Sos linda —susurraste, mientras me desabrochabas el botón delantero del sostén.

—Y vos… —le dije, apretando tu nuca con los dedos—… tenés una boca que sabe a promesas nuevas.

Te senté en la cama, me senté yo encima, con las rodillas a los lados de tu cuerpo, y te dejé que me tocaras. Tuve que cerrar los ojos cuando tu lengua encontró mi pezón, y tuve que contener un grito cuando tu mano bajó, lenta, hasta mi concha ya húmeda, y me separaste los labios con una suavidad que me hizo temblar hasta los dientes.

—Decime qué querés —te pedí.

—Quiero entrar. Quiero sentir que me abrazás con las piernas. Quiero que me digas cómo te hago sentir.

Cogí tu pija dura y templada, la guíé hasta mi entrada. Te miré a los ojos mientras te empujaba hacia adentro, y vos te quedaste quieto, contento, contentísimo de estar ahí, de ser yo la que te daba permiso.

Garchamos despacio, con movimientos largos, como si el tiempo fuera algo que podíamos comprar con cada sacudida. Te besé el cuello, te mordí el hombro cuando sentí que me acercaba, y vos me dijiste: —Sí, camila… decime tu nombre cuando vengas.

Y lo hice. Gritando tu nombre como una plegaria.

Después, acostadas una al lado del otro, sudorosas y contentas, vos me acariciaste el pelo y dijiste: —Hacía mucho que no me acordaba de cómo huele una mujer que se deja amar sin miedo.

Yo te sonreí.

—Bueno, vení otra vez. Que te enseñe a hacerlo bien.

Y vos, sin dudar ni un segundo, me respondiste: —Voy a venir todos los domingos. Hasta que aprenda a no hacerte falta.

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