El sabor de la mañana

@fernanda_luz ·5 de junio de 2026 · ★ 0.0 (0) · 0 lecturas · 7 min de lectura

A veces, cuando el sol aún no ha decidido si entrar o quedarse a la puerta del cuarto, me despierto con sus manos ya sobre mí. No es que lo escuche acercarse: es que siento su aliento antes de sentir su cuerpo, ese calor húmedo y lento que me acaricia la nuca como una promesa hecha gasa. Estamos en nuestra cama, la que compartimos desde hace siete años, y aunque el tiempo ha ido desgastando las esquinas de los colchones y el ruido de las bisagras, nada ha cambiado en lo que importa: la manera en que él me quiere cuando el mundo aún duerme.

Esta mañana, como otras muchas, no hubo saludo. No hubo beso de buenos días ni mirada de “ya despertaste?”. Simplemente sentí sus dedos, anchos y cálidos, deslizarse por la curva de mi cintura, luego más abajo, rozando la base de mis nalgas, dejando una línea de fuego que yo no necesitaba apagar. Me giré sin abrir los ojos, y él ya me esperaba con el cuerpo inclinado, las rodillas separadas, las palmas apoyadas en el colchón como si me estuviera midiendo. Me miró como siempre: no con urgencia, sino con ternura pesada, como si llevara mucho tiempo cargando esa mirada y ahora, al fin, me la devolviera.

—Aún no está encendido —dijo, voz ronca, de dormir y de deseo—. Pero ya huele a ti.

Y sí, sentía su olor: a sal, a sudor, a mi jabón de lavanda. Pero también a él, ese olor que no logro describir, que solo reconozco cuando está cerca: como el humo de una fogata vieja, pero limpio.

Bajé la mano entre ambos, sin mirar, sin hablar. Ya conocía su forma: el grosor, la curva, la cabeza hinchada y oscura por el calor del sueño. Lo tomé con la palma, le di un par de jalones suaves, y su respiración se trabó. Entonces lo sentí pulsar, como si me estuviera pidiendo permiso con cada latido. No se lo negué.

Me lo llevé a la boca.

No fue un beso, no. Fue más que eso. Fue abrir la boca, inclinar la cabeza, dejar que el prepucio rozara mis labios, y luego bajar hasta que el glande tocó mi lengua. No lo lamí aún. Solo lo sostuve allí, entre mis labios, con la punta de la lengua rozando el orificio uretral, sintiendo cómo goteaba una gota clara, fresca, dulce, como si su cuerpo me estuviera ofreciendo un antídoto antes de la fiebre.

—Cariño… —dijo, voz rota—. No así. Que no así.

Pero yo ya lo tenía controlado. Lo tomé más hondo, hasta que sus testículos se pegaron a mis mejillas, y entonces sí, moví la lengua: lento, en círculos, rozando la corona, descendiendo hasta el saco, subiendo de nuevo. Sentí cómo sus muslos temblaban, cómo sus nudillos se blanqueaban en el colchón, cómo su cadera se elevaba, pidiendo más.

No lo dejé ir.

Lo solté de golpe. Lo vi respirar como si acabara de subir una escalera. Entonces, con la misma lentitud, me puse de rodillas frente a él, separé mis propios muslos, y bajé la mano entre mis labios. Estaba mojada. No con mucha humedad, pero sí con la clase de humedad que solo da el deseo silencioso, el que se acumula cuando duermes con alguien y aún sueñas con sus manos.

Lo toqué allí, con dos dedos, rozando el clítoris, luego hundiéndolos suavemente, como si entrara a un lugar que ya conocía. Él me miraba, claro. No me importó. Me gusta que me vea cuando me toco. Me gusta que sepa cuánto me gusta. Me gusta que sepa que yo también sé lo que quiero.

—Ponte —dije.

Se levantó sin prisa, como si no hubiera nada más urgente en el mundo que esto. Se quitó el boxer sin mirarlo, dejando que la tela cayera al suelo. Y ahí estaba, desnudo, con su cuerpo de hombre que ama y que se entrega. La espalda ancha, el vientre plano, los musculosos muslos, y entre ellos, ese pene que aún se le levantaba, firme, ruborizado, con la cabeza húmeda y brillante.

Me tomó de la cintura, me sentó sobre la mesita de luz, cerca de la ventana, donde el sol ya entraba en tiritas por la persiana. Me abrió las piernas con las manos, y luego, con la punta del pene, buscó mi entrada. Sentí el roce, el calor, el empuje suave. Me estiró los pechos con las manos, tirando de mis pezones, y yo gimió, bajando la cabeza, dejando que mi cabello le cayera sobre los hombros.

—Dime que me quieres así —dijo.

—Sí —respondí, voz entrecortada—. Sí, así. Que me partas.

Entonces entró.

No fue un golpe, no fue una invasión. Fue un hundimiento lento, profundo, como si su cuerpo supiera exactamente dónde encajaba el mío. Lo sentí pasar por todo mi canal, rozando cada pliegue, hasta que sus testículos se pegaron a mis labios, y sus manos me sostuvieron por la cintura, como si temiera que me soltara y yo me fuera a deshacer.

Empezó a moverse. Lento, cada vez más lento, como si quisiera hacerse cargo de todo el tiempo que no estuvimos juntos. Sus caderas describían círculos pequeños, sus dedos apretaban mi cadera, y cada vez que se hundía, sus ojos se cerraban un instante, como si también él estuviera rezando.

—Tú eres la única que me hace esto —murmuró, entre dientes—. La única que me hace sentir que no soy solo un cuerpo. Que soy más. Que soy tuyo.

Y entonces, yo lo tomé por los hombros, lo jalé hacia mí, y le mordí el cuello, con suavidad, con cariño, con una mordida que era un beso disfrazado. Él gimió, fuerte, y sus caderas se aceleraron. Yo abrí la boca, dejé salir un grito bajo, y sentí cómo su pene se hinchaba más dentro de mí, cómo sus dedos se clavaban en mis muslos, cómo su respiración se convertía en jadeo áspero.

—Ven acá —le dije.

Me llevé su mano derecha a la entrepierna, a donde él aún no me tocaba. Se la puse sobre el clítoris, y con los ojos cerrados, le dije:

—Hazlo. Haz lo que quieras. Que duela si tienes que.

Y entonces lo hizo.

Me frotó el clítoris con dos dedos, firme, constante, mientras con la otra mano me agarraba del pelo y me tiraba hacia adelante, hundiéndose más hondo en cada golpe. Yo sentí cómo se venía, cómo su cuerpo se estremecía, cómo su pene latía como un corazón que se rompía por dentro. Yo no me había venido aún, pero sentí su energía, su calor, su entrega, y eso ya me estaba llevando a mí.

Me soltó de golpe, se retiró, y me puso de espaldas, sobre la cama. Se arrodilló entre mis piernas, me separó los labios con las manos, y se metió la lengua dentro.

Fue la primera vez que me lamía después de venir. Y fue la primera vez que me venía mientras lo hacía.

No fue un orgasmo suave. Fue una descarga. Un estallido que me subió por la columna, que me hizo arquear la espalda, que me hizo gritar su nombre como si fuera un exorcismo. Él no se detuvo. Siguió lamiéndome, chupando mi clítoris, hundiéndome los dedos dentro, hasta que me sentí flotar, hasta que ya no pude más.

Se levantó, se limpió la boca con el dorso de la mano, y me besó.

No fue un beso de conquista. Fue un beso de regreso. De “ya volví”. De “aquí estoy”.

Me besó con su sabor, con el mío, con la sal de la mañana, con la ternura de los años. Y cuando se apartó, me miró con los ojos húmedos y me dijo:

—Hoy no salimos de casa. Hoy nos quedamos aquí. Tú y yo. Y este pene que aún te quiere.

Y así lo hicimos.

También en: ParejaOralConfesiones

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