El sabor de la lluvia en el balcón
La lluvia golpeaba suave contra el vidrio del balcón del apartamento de Valentina, como un susurro persistente que insistía en entrar. Ella estaba en ropa interior, una camiseta blanca casi translúcida que le pegaba al cuerpo mojado por el calor del mediodía, y los shorts de algodón desabrochados hasta la mitad del muslo. Afuera, el cielo había estallado en truenos largos y trémulos, y el aire hueco olía a tierra mojada y jazmín.
—¿Tú también te asustaste con el trueno, Valentina? —preguntó Mateo desde la puerta, con una botella de cerveza en la mano y una sonrisa que le temblaba en los labios.
Ella lo miró sin apuro, como quien mira una luz que ya conoce desde siempre. Él llevaba una camiseta oscura que le marcaba el pecho y el vientre plano, los pantalones cortos aún un poco húmedos por el agua que se le había pegado al salir del carro. No dijo nada, solo se acercó y le tendió la botella. Ella la tomó, dio un trago largo, y dejó que el líquido frío le corriera por la garganta, por el cuello, hasta perderse en el borde de su camiseta.
—Está buena —dijo ella, devolviéndosela.
Mateo no se movió. Se quedó ahí, quieto, con las manos en los bolsillos y los ojos pegados a la curva de su cintura, donde la tela se le había subido un poco al sentarse en la silla de tijera del balcón. Ella notó que su respiración se hizo más lenta, más profunda.
—¿Te importa si me siento? —preguntó él, señalando el otro asiento.
—Claro que no —respondió Valentina, y le dio un pequeño espacio entre sus piernas cruzadas y el borde de la mesa de madera.
El silencio no fue incómodo. Fue espeso, como el aire antes de que la lluvia caiga con más fuerza. Él se inclinó un poco hacia adelante, con el codo apoyado en la rodilla, y la miró de lado. Ella sentía su mirada como una caricia en la nuca, en la parte baja de la espalda, en la muñeca que tenía apoyada sobre la mesa.
—¿Te acuerdas de aquella vez en la fiesta de la universidad? —preguntó él, sin quitarle los ojos de encima—. Cuando salimos al jardín y te besé en la espalda, con el frío de la noche y tu camiseta mojada.
Ella sonrió, pero no respondió de inmediato. Se llevó la botella otra vez a los labios, dejando que los ojos de Mateo sigan el movimiento de su cuello, la curvatura de su mandíbula, la forma en que su pecho subía y bajaba con cada respiración.
—Me acuerdo —dijo al fin—. Te dije que no te muevas. Que dejara que el frío me hiciera temblar un poco más… para que luego tu calor me quemara.
Mateo soltó una risa baja, casi un gruñido. Se levantó, pero no se alejó. Se puso de pie frente a ella, con las piernas separadas, las manos en las caderas. Ella no retrocedió. Solo alzó la vista, y por primera vez, lo miró de frente, sin disimulo, sin miedo.
—¿Y si ahora te beso en el cuello? —susurró él, con la voz ronca, como si ya hubiera probado el sabor de su piel.
Ella no dijo nada. Solo inclinó la cabeza un poco a un lado, abrió la camiseta un centímetro más, y dejó que el aire frío del balcón le acariciara la piel del cuello, mientras sus dedos se aferraban al borde de la silla.
Él se acercó despacio, como si el tiempo fuera un hilo que se podía romper con un tirón. Su aliento le rozó la nuca, y luego su boca, tibia y segura, encontró el punto donde su pulso latía más fuerte. Valentina cerró los ojos. Sintió su lengua, leve, húmeda, como una descarga eléctrica que le subió por la columna y le hizo temblar las rodillas.
—Estás rico… —murmuró él contra su piel.
Ella suspiró, y por primera vez en mucho tiempo, no pensó en quién era, ni en lo que decían los demás. Solo pensó en el calor de su boca, en el olor a cerveza y a lluvia, en la manera en que su mano encontró la suya y se entrelazó con fuerza.
—Más… —dijo ella, sin abrir los ojos—. Quiero sentirte más. Quiero que me mames el cuello hasta que me tiemble el cuerpo.
Él no respondió con palabras. Solo apretó más su cintura con una mano, y con la otra levantó su camiseta hasta la altura del pecho, dejando al descubierto la curva de sus senos, la punta rígida ya por el frío y el deseo.
La lluvia seguía cayendo. Pero en ese balcón, nadie tenía frío.
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