El sábado que mi vecina me pidió que le cogiera con un pañuelo atado a los ojos
9 minEl sábado que mi vecina me pidió que le cogiera con un pañuelo atado a los ojos
Sí, lo voy a contar. No es que tenga algo que ocultar, ni tampoco que me arrepienta. Es que, a veces, cuando la vida te pone frente a algo que rompe la rutina, tenés que decidir si lo dejás pasar o lo agarrás con las dos manos —y en este caso, las manos iban atadas, así que mejor lo dejaba en manos ajenas.
Me llamo Luciano, tengo 36, vivo solo en un departamento chico pero bien ubicado en Palermo Hollywood, y mi vecina de enfrente —la de la puerta 2B— se llama Valeria. Treinta y tantos, viuda desde hace dos años, dos hijos pequeños que duermen en casa de sus abuelos los sábados, y una mirada que desde el primer día que la vi me decía: *acá hay algo que no está dicho*.
Valeria no era de las que se pasean por el pasillo con sudadera y pelo en moño. Ella entraba y salía con tacones, falda corta, perfumes caros y una postura que parecía decir: *yo no pido permiso, yo lo decido*. Y sí, yo la miraba. No con envidia, ni con celo, sino con curiosidad. Una curiosidad que se iba armando como un rompecabezas mental: ¿qué hace una mujer así tan sola en casa los sábados? ¿Quién la ve cuando no hay niños corriendo por ahí?
La primera vez que cruzamos una conversación de verdad fue cuando se le rompió el carrito del supermercado frente a mi puerta. Yo estaba saliendo con dos botellas de Malbec y una caja de galletitas de chocolate. Ella, con los brazos llenos, me sonrió con una mezcla de vergüenza y agotamiento. Le ofrecí ayudarla. Me agradeció con una voz suave, casi tímida, que contrastaba con su presencia de antes. Y le dije: —¿Querés que las ponga en mi auto y te las traiga después? —No, thanks —respondió, pero la mirada le decía otra cosa.
Dos semanas después, una noche que llovía a cántaros, escuché un golpe en mi puerta. Abrí. Estaba ella, mojada, con una manta puesta sobre el pijama, el pelo pegado a la frente. —¿Tenés café? —me preguntó, sin rodeos. —Sí, pero es malísimo. —Me miró y dijo: —Yo prefiero el malo. El bueno da energía, el malo da compañía. —Y así fue. Nos sentamos en mi living, con dos tazas humeantes, ella encogida en el sofá, yo en la butaca. Hablamos de todo y de nada: del frío, del trabajo, del tiempo que lleva aprender a estar solo sin sentirse solo. Cuando se fue, me besó en la mejilla y dijo: —Gracias por no preguntar por qué lloré en la cocina.
No pregunté. Pero la próxima vez que la vi, dos días después, ella sí me preguntó: —¿Te gustan los juegos?
La miré. Ella no apartó la vista. No sonreía, ni bajaba los ojos. Estaba seria. Seria como cuando le pides a alguien que se tire de un avión y te mira a los ojos antes de saltar.
—Depende del juego —respondí.
—¿Y si te digo que hoy es sábado y los chicos están con sus abuelos? —dijo, y se acercó un paso más. —¿Y si te digo que quiero que me toques como nunca me tocaron?
Me quedé callado. Ella me tomó la mano y me la puso sobre su muslo. La tela de su short era fina, y sentí el calor que emitía su piel. Sentí cómo se le erizaba la carne bajo mi palma.
—¿Y si te digo que vos no tenés que hacer nada que no quieras? —agregó—. Pero que yo sí voy a pedirte que me cojas. Que me cagas. Que me garchés hasta que no me acuerde de mi nombre.
Me pidió permiso. No con palabras suaves. Con una voz segura, directa, casi una orden.
—¿Me lo permitís? —dijo, y me miró como si ya supiera la respuesta.
—Sí —dije—. Sí, Valeria, te lo permito.
Y así fue. Nos fuimos a su departamento. No hubo besos, ni caricias lentas. Ella me tomó del brazo y me guió hasta su habitación. El sol ya se ponía y la luz dorada entraba por la ventana, dibujando sombras largas en el piso de madera. En la mesita de luz había una caja de seda negra, cerrada con una cinta blanca.
—Abrí —me dijo.
Lo hice. Dentro, un pañuelo de satín color vino, una venda de ojos de cuero con cierre de hebilla, y un par de manillas de piel con hebilla de metal.
—Voy a poner esto en tus ojos —dijo, tomando la venda—. Y mientras estés así, vas a hacer lo que yo te diga. ¿Capaz?
—Capaz —respondí.
—¿Y si te digo que no tenés que decir nada, que solo tenés que obedecer?
—Obedezco.
Me puso la venda. El mundo se oscureció. Pero el olor de su perfume —jazmín y café tostado— se volvió más fuerte. Y luego, el sonido de su respiración, más lenta, más profunda.
—Acostate boca arriba —ordenó.
Me tumbé. Sentí el peso de su cuerpo cuando se subió a la cama, luego la presión de sus rodillas a cada lado de mis caderas, y luego… sus manos. Primero en mis muñecas, sujetándolas con firmeza sobre mi cabeza. No eran fuertes, pero estaban seguras. Como si me estuviera diciendo: *acá no hay escapatoria, pero no tenés que huir*.
—Vos no tenés que hacer nada —repitió—. Solo tenés que dejarte hacer.
Y entonces, con lentitud, me quitó la camisa. Sentí el aire frío contra mi piel, pero ella se encargó de calentarlo con su aliento cuando se acercó a mi cuello, a mi pecho, a mis pezones que se le erizaron como si fueran los suyos. Me lamía uno, luego el otro, con la lengua húmeda y firme, como si estuviera aprendiéndome, como si cada centímetro de mi cuerpo fuera una página que ella iba leyendo en voz baja.
—Vos tenés un cuerpo que merece ser dominado —susurró—. Pero no por vos. Por mí.
Me desabrochó el pantalón. Sentí el alivio del tejido, luego el roce de sus dedos al bajar la cremallera. No apuró nada. Se tomó su tiempo. Me desabrochó la camiseta interior, me sacó los calzoncillos, y luego… mis piernas se abrieron solas, sin preguntar, como si mi cuerpo ya hubiera decidido que no iba a resistingirse.
Y entonces, con una mano, me tomó la verga. No la acarició, la apretó. Como para medirla. Como para reconocerla. Me giró la cabeza, y sentí su aliento en mi oreja.
—Vos no vas a meterla si yo no te lo digo. Vos no vas a tocarte si yo no te lo digo. Vos no vas a venir si yo no te lo digo. ¿Entendiste?
—Sí —respondí, con la voz más baja de lo que esperaba.
—Buen muchacho —dijo, y me apretó más fuerte la verga—. Ahora, cerrá los ojos. Aunque no los veas.
La cerré. Y sentí su cuerpo moverse. Luego, el roce de su falda being bajada. El chasquido de su sujetador. Y luego… su piel. Caliente. Húmeda. Viva.
—Girá —me ordenó.
Me volví de lado. Sentí su mano sobre mi espalda, luego sobre mis glúteos, y luego… su muslo entre los míos. Se acostó atrás, pegada a mi espalda, y con una pierna cruzada sobre la mía, me guió hacia su concha.
No la sentí antes. Solo sentí su calor, su húmedez, su abertura que me esperaba, como una boca que me decía: *acá estás en casa*.
Y entonces, con una sola mano en mi cadera, ella me empujó adentro.
No fue rápido. Fue profundo. Fue total. Sentí cómo su cuerpo se estiraba para recibirme, cómo su concha se cerraba sobre mi verga como si me hubiera estado esperando toda la vida. Sentí sus músculos, tensos al principio, luego relajándose, dejándome entrar más. Hasta que no quedó nada entre nosotros: solo piel contra piel, respiración contra respiración, pulso contra pulso.
—Sí —susurró—. Sí, así. Me la estás cogiendo, Luciano. Me la estás garchando como me la querés dar.
Y entonces, empezó a moverse. No fue una subida ni una bajada. Fue un balanceo, una oscilación lenta, como si estuviera mecida por una marea interna. Yo quería moverme con ella, pero su mano me apretó la cadera, con un apretón firme, y me dijo:
—No. Vos no te movés. Yo me muevo. vos solo sentí.
Y lo hice. Sentí. Sentí cómo su concha se contraía, cómo su cuerpo se arqueaba, cómo sus uñas me rozaban la espalda. Sentí su pecho contra mi espalda, sus pechos blandos y calientes, sus pezones duros contra mi piel. Sentí su aliento, cada vez más cortado, más agitado.
—Me estás haciendo cosquillas —dijo, y se rió, una risa baja, ahogada—. Me estás haciendo cosquillas con esa verga fina que tenés. Me la estás garchando como si fuera un juguete nuevo.
Y luego, sin previo aviso, se levantó un poco, se apoyó en una mano, y con la otra me tomó la verga y la movió dentro de ella, con un ritmo más rápido, más insistente.
—Me la estás cojiendo, Luciano —dijo—. Me la estás cojiendo y no sabés lo que me gusta. Me gusta que me la garches como si fuera la última vez que la iba a tener. Me gusta que me la pongas dura, que me la pongas húmeda, que me la pongas tuya.
Y entonces, con una mano en su pecho, con la otra en mi cadera, ella se movió más rápido. Yo sentí cómo su cuerpo se tensaba, cómo su respiración se volvía un jadeo, cómo sus uñas me clavaban la piel. Sentí cómo su concha se cerraba alrededor de mi verga, como si me estuviera atrapando.
—Voy a venir —dijo, y su voz se quebró—. Me voy a venir y vos no te vas a mover. Vos no vas a venir si yo no te lo digo.
Y entonces, con un grito ahogado, se tensó todo su cuerpo. Sus músculos se contrajeron, su concha se apretó, y yo sentí cómo el líquido tibio le salía del cuerpo, cómo su respiración se volvía un jadeo largo, como un sollozo de placer.
Me dejó caer sobre mí, con el cuerpo sudado, con el corazón palpitando contra mi espalda. Me volví a mirarla. Me quitó la venda.
Me miró con los ojos cerrados, con los labios entreabiertos, con el pelo pegado a la frente. Y entonces, con una sonrisa que no era de victoria, sino de complicidad, me dijo:
—¿Te gustó?
—Me gustó más de lo que esperaba —respondí.
—¿Más de lo que creías que te iba a gustar?
—Sí.
—¿Y si te digo que la próxima vez, vos vas a tener que pedirme permiso para venir?
Me miré sus ojos. Y en ese instante, supe que no era solo una vez. Que Valeria no era una casualidad. Que era una posibilidad. Una que me había abierto la puerta sin pedir permiso, y que ahora, con la venda aún en la mano, me dejaba entrar otra vez.
—Te lo voy a pedir —dije.
—Buen muchacho —dijo, y me besó en la frente—. Pero primero, vamos a bañarnos. Que estamos hechos una masita.
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