El sábado que me cogieron entre tres en la piscina de mi vecino

El sábado que me cogieron entre tres en la piscina de mi vecino

@la_condesa ·24 de junio de 2026 · 🔥 4.0 (40) · 158 lecturas · 7 min de lectura

Yo nunca planeé que aquello pasara. No era de los que buscan el caos ni de los que se dejan llevar sin control, pero había algo en la mirada de Lucía esa noche que me desbordó. Era viernes cuando me invitó a la casa de su marido —sí, el mismo vecino que vive frente a la mía desde hace dos años—, y yo, con esa ligereza de quien está cansado de reglas que nadie aplica, acepté con una sonrisa que ya entonces sabía que no era inocente.

El sábado llegó con calor de mediodía y el cielo azul más limpio que he visto en años. Cuando sonó el timbre, abrió ella misma, sin camisa, con una bata de seda negra apenas atada a la cintura. Me besó en la mejilla, con la boca ligeramente húmeda, y dijo: *“Ya empezaron”*. En la piscina, bajo el sol de mediados de año, estaban Mateo y Sofía. Ellos dos. Los dos que yo sabía que también habían cruzado miradas mías con intensidad suficiente como para encender un fuego.

Mateo, alto, de hombros anchos y piernas largas, estaba tumbado en una tumbona, con los ojos cerrados, un vaso de gin tonic en la mano y el agua que stillaba en su pecho, deslizándose por los pezones duros. Sofía, morena, con caderas que parecían hechas para contener un cuerpo y luego soltarlo, se frotaba loción en las piernas, sentada en el borde de la piscina, con los pies sumergidos. Ambos me vieron entrar, y ambos me sonrieron como si ya me hubieran invitado a algo que yo ni sabía que me habían prometido.

Lucía me tomó del brazo. Tenía las uñas pintadas de negro y un anillo de plata en el dedo índice que brillaba bajo el sol. *“Hoy no hay reglas, solo ganas”*, dijo, y me apartó la bata que me había prestado —una prenda suelta de algodón blanco, sin nada debajo— para dejarme ver tal como era: un hombre de treinta y tantos, con el cuerpo curtido por el ejercicio, pero también por los años, con marcas de vida real que ahora, en ese instante, parecían un mapa de posibilidades.

Mateo se levantó con lentitud deliberada, como si el movimiento fuera parte del ritual. Se acercó sin prisas, con el vaso aún en la mano, y lo puso sobre la mesa de vidrio. Luego, con dos dedos, me señaló el pecho. *“Tú vas a ser el centro”*, dijo, no como orden, sino como constatación, como si ya lo hubiera decidido antes de que yo llegara.

Sofía se incorporó, con la bata también abierta, y se puso de pie frente a mí. Tenía pechos pequeños pero firmes, con pezones oscuros y hinchados. No llevaba sujetador. *“Hace calor”*, dijo, y se pasó la lengua por los labios. Entonces, sin más preámbulo, me besó. No fue un beso de cortesía, ni uno suave. Fue un beso que me abrió la boca con los dientes, que me obligó a retroceder un paso, que me puso erecto enseguida. Su lengua era firme, segura, y me recordó que yo no era el dueño de ese momento. Yo era parte de él, pero no el que lo dirigía.

Lucía me desabrochó la bata hasta la cintura, dejando el pecho al descanso, y se arrodilló frente a mí. No me tocó aún. Me miró con los ojos entrecerrados, como evaluando si valía la pena darme. Entonces, con una lentitud que dolía, me desabrochó el pantalón, bajó la cremallera con cuidado, y sacó mi pene, ya medio duro por el calor y por el contacto con Sofía. Mateo se acercó detrás de mí, con las manos en mis hombros, y me susurró: *“Relájate. Hoy no te toca decidir”*.

Lucía me tomó con la mano, firme, y me envolvió con la palma, moviendo la muñeca con suaves arcos. No era un masaje. Era una promesa. Me inclinó ligeramente hacia adelante, y Sofía, que seguía a mi lado, me pasó la lengua por el escroto, con un suspiro que me hizo estremecer. Entonces, Lucía me guió hacia la escalera de la piscina, hacia la parte más shallow, donde el agua apenas me llegaba a la cintura.

Me dio la espalda a ella. Me pidió agacharme, apoyar las manos en los peldaños, y cuando lo hice, Mateo se puso detrás de mí. Sofía se colocó frente a mí, con las rodillas hundidas en el agua, y me tomó del pene, alineándolo con su boca. Al mismo tiempo, Lucía se puso entre mis piernas, con las manos en mis muslos, y me dijo: *“Si te vienes antes de tiempo, te detenemos. Y no querrás eso”*.

Mateo me metió dos dedos en el ano, con la técnica de quien lo ha hecho antes, sin dudar. Me abrió sin dolor, con aceite y calma, y mientras me estiraba, Sofía me chupaba la punta del pene, lamiendo la gota que ya se formaba allí. Lucía me pasó una mano por el estómago y luego por el pene, y cuando Mateo me dijo *“ya”*, se separó un paso, y yo sentí el calor de su pene, grueso y firme, contra mi entrada.

Se metió con un solo empuje, lento, como si no quisiera romper nada. Yo solté un gemido que no esperaba. Mateo no era grande, pero era firme, y su ritmo desde el principio fue constante, profundo, sin pausas. Sofía, mientras tanto, me había tomado los testículos entre los dedos y me chupaba el glande con suavidad, alternando con mordiscos ligeros. Lucía, detrás de Mateo, me sujetaba la cabeza, con los dedos enterrados en mi cabello, y me obligaba a mirarla mientras él me cogía.

El agua me rozaba las rodillas, las olas pequeñas que generaba el movimiento de Mateo se deslizaban por mis brazos, por su pecho, por mi espalda. Yo no era el centro de la acción, pero sí del placer. Lucía me giró la cabeza hacia Sofía y me dijo: *“Mírala. Mira cómo te quiere”*. Y Sofía me miraba con los ojos cerrados, con la boca abierta, con la lengua pasándose por los labios mientras me chupaba con más fuerza, como si me estuviera robando algo.

Mateo jadeaba, con los dientes apretados, y sus empujes se hicieron más rápidos, más brutales. Yo sentía su pubis rozando mi perineo, y el calor de su cuerpo contra mi espalda. Sofía me soltó el pene y me pasó las manos por los costados, hacia los muslos, y luego me agarró de las nalgas, tirando hacia atrás para que Mateo se metiera más hondo. Lucía me besó en la nuca, con la lengua, y me dijo: *“Vienes, ¿verdad?”*, y yo asentí con la frente apoyada en el borde de la piscina, con los dedos aferrados al peldaño, con el cuerpo temblando.

Entonces Mateo me agarró de la cintura y me tiró hacia atrás, metiéndose hasta la raíz, y yo sentí que algo se rompía dentro de mí. Sofía me abrió la boca con la mano, y yo me vine enseguida, con fuerza, con un gemido que no salió de mis labios, sino de la garganta, como un gruñido de bestia. Mateo siguió empujando, tres, cuatro veces más, hasta que también él se vino, con un grito ahogado, y el agua se agitó con el impacto de su cuerpo.

Cuando se retiró, me dio la vuelta y me abrazó, con su pene aún dentro de mí, y me besó en la frente. *“Tú no sabes lo que me hiciste”*, me dijo, y yo no supe si era una queja o un elogio.

Lucía se arrodilló otra vez, con la boca húmeda, y me limpió con la lengua los restos de semen que salían de mi cuerpo, con una lentitud que me hizo volver a ponerme duro. Sofía, ya de pie, me pasó la mano por el pelo y me dijo: *“¿Otra ronda?”*.

No respondí. Solo sonreí, y me dejé llevar.

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El poder es el mejor afrodisíaco. Lujo, control y juegos donde yo pongo las reglas. Pasen, si se atreven.

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