El ritmo que se escucha cuando el cuerpo se olvida del mundo
11 minEl ritmo que se escucha cuando el cuerpo se olvida del mundo
En la esquina de la Séptima con Calle 13, bajo el balazo del sol de mediodía que ya pegaba fuerte en el asfalto, el salón de baile se llamaba *La Chimba*, aunque nadie lo decía en voz alta: solo lo sabían los que sabían. En la fachada, un letrero de neón roto titilaba con letras que ya no decían nada, pero dentro, el ambiente era de esos que se sienten en la piel antes de entrar: aire espeso, humo de tabaco barato, sudor seco de cientos de cuerpos que ya habían bailado, y el perfume agrio del酒 que se derrama en los suelos de madera. El dueño, un paisa de esos que aún guardan las monedas en el calcetín, tenía una regla: los domingos, a las tres de la tarde, se abrían las puertas para lo que llamaban “el rincón del vallenato lento”.
No era vallenato de esos acelerados con acordeón que hacen saltar los pies, sino baladas antiguas, son ideas viejas que aún duermen en el corazón de los viejos. Y ese domingo, entre los pocos que se quedaban hasta tarde —los que no tenían nada que perder o todo que ganar—, llegó ella: Valeria. Llegó sola, con un vestido de seda celeste que le pegaba al cuerpo como agua al cristal, y unos tacones que sonaban como latidos. No era nueva en *La Chimba*, pero sí en ese rincón. La había visto antes bailando rápido, con hombres que no la miraban a los ojos. Pero hoy, hoy se había pintado los labios de un rojo oscuro, como el tinto que se bebe en las veredas del Magdalena Medio cuando se quiere olvidar.
Y también estaba él: Tomas. No un nombre cualquiera. El que todos conocían como “el toca-discos”, aunque en realidad no tocaba discos, sino vinilos polvorientos que sacaba de una maleta de cuero agrietado. Tenía las manos grandes, los dedos con callos de tanto sostener el lápiz al escribir poemas que nunca publicaba, y los ojos de quien ya ha visto demasiado, pero aún se deja sorprender. Vestía camisa de cuadros rojos y negros, abierta hasta el ombligo, y un collar de cuerdas con una semilla de guayacán colgando del pecho. Lo que nadie sabía —salvo él— era que escribía versos en la cabeza mientras ponía la música. Versos que solo salían cuando el cuerpo de alguien lo hacía callar.
La música empezó con un piano triste, una voz de hombre que lloraba sin hacer ruido. Valeria se acercó a la barra, pidió un aguardiente con hielo, lo tomó de un trago y dejó el vaso sobre el mueble como quien suelta un peso en la palma de un mendigo. Se volvió hacia el fondo, donde Tomas ajustaba el volumen del reproductor. No lo miró directo, pero lo sintió. Como se siente el cambio de temperatura antes de que llueva.
—¿Qué es eso? —preguntó ella, señalando la pantalla del reproductor, donde el título del disco era ilegible.
—Una canción que no debería existir —respondió él, sin mirarla—. La grabó un viejo en un cuarto de hotel en Sincelejo, en 1983. Nadie la supo hasta que un sobrino le encontró la cinta en un cajón, entre calcetines y una foto de una mujer que ya no estaba.
—¿Y por qué la pones?
—Porque hoy el aire huele a lluvia y a cañaquemada. Porque es domingo. Porque tú entraste con los hombros un poco caídos, como si el mundo te hubiera dado un beso y luego te dio la espalda.
Valeria se detuvo. Se mordió el labio inferior, justo donde el rojo oscuro había perdido un poco de color. No dijo nada. Solo se acercó más, hasta que sus hombros casi se rozaban. El aire entre ellos se volvió denso, como miel que se calienta al sol.
—¿Te gustan los poemas que se escriben cuando el cuerpo habla? —preguntó él, finalmente, sin moverse.
—Sí —respondió ella, y por primera vez lo miró a los ojos—. Pero solo si no usan palabras que ya nadie dice.
—Ni “susurro”, ni “prohibido”, ni “deseo” —asintió él, y sonrió como quien acaba de encontrar una moneda bajo el asiento del bus.
La música cambió. Un bajo más lento, un acordeón que no tocaba notas, sino emociones. Tomas bajó la cabeza, como si estuviera leyendo algo en el suelo. Valeria, sin pensarlo, puso la mano sobre su brazo. La piel era seca, con un poco de polvo de talco, y el vello rubio que brillaba bajo la luz de neón. Tomas no se movió. Solo dejó que su mano se quedara allí, como si fuera una piedra que encontró en el camino y decidió guardarse en el bolsillo.
—¿Te gusta el vallenato lento? —preguntó él.
—Me gusta cuando suena como si alguien estuviera hablando en voz baja, pero sin decir nada.
—Entonces —dijo él, y por primera vez, la tomó de la muñeca, no con fuerza, pero con certeza—, ven.
La llevó al fondo del salón, donde había una especie de escenario pequeño, vacío desde hacía años. Sólo una mesa de madera con una silla. Él se sentó, le palmeó el muslo y le indicó que se sentara encima, de espaldas a él. Ella no dudó. Se subió como quien se sube a un caballo que ya conoce. Las manos de Tomas le rozaron la cintura, le deslizaron los dedos por la espalda baja, y luego subieron, lentos, hasta tocar la correa del vestido. No lo desabrochó. Solo lo rozó con la yema de los pulgares, como si estuviera leyendo braille.
—¿Sientes eso? —preguntó él, con la boca casi pegada a su oreja.
—Sí —susurró ella.
—Es el cuerpo diciendo que se olvidó del mundo. Que no le importa el reloj, ni el dinero, ni lo que dirán los vecinos.
Ella giró un poco la cabeza, hasta que sus labios rozaron la barba de él. No un beso, solo un roce, como si estuviera comprobando que la madera era de verdad. Tomas sintió el calor de su aliento en el cuello, y el pulso acelerado en el pecho. No se precipitó. Solo puso una mano sobre su muslo, y la otra en su cadera, y empezó a moverse con ella al ritmo de la música: lento, como si estuvieran bailando en medio del río Magdalena cuando el agua se calma al atardecer.
—¿Te acuerdas de cómo se siente el cuerpo de alguien cuando ya no hay vergüenza? —le preguntó él, con voz ronca, como si cada palabra le costara sacarla de la garganta.
—No —dijo ella—. Pero ahora sí.
Él la dejó un momento. Se puso de pie, le quitó los tacones suavemente, y luego se sentó en el suelo, con la espalda apoyada en la mesa. Le tomó las piernas, y las colocó sobre sus hombros. Ella no se avergonzó. Solo se inclinó hacia atrás, apoyándose en las manos, y lo miró a los ojos. El vestido se le subió hasta la ingle, y él vio el encaje negro de la braguita, la curva de su culo como dos medias lunas que se abrazaban. No dijo nada. Solo se inclinó, y con la lengua, empezó a lamerle el muslo, desde abajo hacia arriba, como si estuviera saboreando el primer trago de un aguardiente nuevo.
Valeria soltó un gemido, bajo, ahogado, como si tuviera miedo de que el mundo lo escuchara. Pero en ese momento, en *La Chimba*, a las tres de la tarde de un domingo de junio, el mundo ya no existía.
Tomas subió la mano, le separó los labios del culo con los dedos, y bajó la lengua, despacio, hasta encontrar su punto más sensible. Ella arqueó la espalda, como si la hubieran pinchado con un alfiler, pero no se movió. Solo lo dejó hacer. Él sabía lo que hacía. No era apuro, era experiencia. Como un albañil que sabe dónde hay grietas en la pared, Tomas sabía dónde había que tocar, dónde había que morder suavemente, dónde había que respirar fuerte. Y ella, Valeria, dejó que su cuerpo se deshiciese, que sus pies se abrieran, que sus dedos se aferraran a la mesa como si fuera el único thing que la mantenía en el mundo.
—Toma —le dijo ella, finalmente, y le puso la mano sobre el pantalón, sobre su pito que ya estaba duro y pegado al tejido.
Él no se apresuró. Solo se levantó, le quitó el vestido con cuidado, como si fuera un papel de regalo, y lo dejó caer a un lado. Ella quedó frente a él, desnuda, con el pelo suelto, con los labios hinchados, con los ojos vidriosos. Él la tomó de la cintura, la levantó y la sentó sobre la mesa, con los pies colgando. Se puso entre sus piernas, y con la mano, le separó los labios de la vulva. Ella se movió, como una serpiente que se deja acariciar. Él bajó la cabeza, y esta vez no fue suave. Mordió. Con los dientes, no con la lengua. Ella gritó, pero no de dolor, sino de algo que le salió del fondo del vientre.
—Tú no vienes aquí por amor —le dijo él, con la boca llena de su piel—. Vienes porque tu cuerpo ya no soporta más mentiras.
Ella no respondió. Solo se arqueó más, y le metió los dedos en el pelo, y lo obligó a seguir. Tomas se levantó, se quitó la camisa, y desabrochó el cinturón. Se bajó los pantalones y los boxers hasta las rodillas, y sacó su pito, grande, oscuro, con la punta húmeda. La tomó por las caderas, la levantó un poco, y se metió en ella. No fue rápido. Fue lento. Tan lento que Valeria sintió cada centímetro, como si le estuvieran leyendo la historia de la piel con los dedos.
—Sí —susurró ella—. Sí, así.
Él empezó a moverse. No con fuerza, pero con intención. Como si estuviera escribiendo un poema que no tenía título, pero sí ritmo. Ella lo abrazó por la espalda, le mordió el hombro, y empezó a balbucear palabras sueltas, sin sentido, solo sonidos. Tomas se inclinó, le puso la mano sobre la vulva, y empezó a frotarle el clítoris con el pulgar. Ella se deshizo como cera al sol. Sus gemidos eran bajos, guturales, como los de una mujer que ya no se contiene. Sus pies se apoyaron en sus muslos, y ella lo empujó hacia adentro, como si quisiera que le rompiera el cuerpo.
—Toma, Tomas —le dijo—. Tócame todo.
Él se detuvo un momento, la miró a los ojos, y le dijo:
—¿Quieres que te haga el amor?
Ella lo miró como si no entendiera la pregunta. Luego sonrió, y le respondió:
—No. Quiero que me jodas como si hoy fuera el último domingo del mundo.
Él no necesitó más. La tomó con fuerza, la levantó, y la puso de pie, con las manos sobre la mesa, la cabeza baja, el culo hacia arriba. Él se puso detrás, le abrió las nalgas con los dedos, y metió el pito sin más previo. Ella gritó, pero no se quejó. Solo se agarró de la mesa, y lo dejó hacer. Tomas la embistió con fuerza, pero sin violencia. Como si estuviera abriendo una puerta que llevaba años cerrada. Sus manos le sujetaban los muslos, y sus dientes le rozaban el hombro. Ella sentía el calor de su cuerpo, el olor a sudor y tabaco, y el sonido de sus respiraciones, que se mezclaban con el vallenato lento que aún sonaba en el fondo.
—Voy a llegar —le dijo él, con la voz rota.
—Sí —respondió ella—. Ven. Ven hasta dentro de mí.
Tomas se inclinó, le mordió la oreja, y le metió el dedo en la vulva, mientras seguía empujando con el pito. Ella se deshizo. Sus piernas temblaban, su cuerpo se sacudía, y gritó, alto, como si estuviera llamando a alguien. Tomas sintió cómo se le contraía la pared interna, cómo la apretaba como una mano, y él se dejó ir. Se corrió dentro de ella, con fuerza, como si estuviera vaciando todo lo que llevaba guardado desde hacía años.
Se quedaron así un largo rato. Él, con el pito dentro de ella, ella, con la frente apoyada en la mesa, respirando fuerte. Nadie entró. Nadie salió. El salón seguía vacío, salvo por el polvo que flotaba en los rayos de sol que entraban por las ventanas.
Finalmente, Tomas se retiró, se puso de pie, y le pasó una servilleta. Ella se volvió, lo miró, y le sonrió.
—Gracias —dijo.
—No —respondió él—. Gracias a ti. Por venir.
Ella se levantó, se puso el vestido sin prisa, y se colocó los tacones. Se acercó a él, le besó en la frente, y le dijo:
—¿Qué vas a escribir hoy?
—Nada —dijo él—. Hoy no escribo. Hoy solo bailo.
Ella se fue. Él la miró salir, y cuando la puerta se cerró, se sentó en la mesa, con las piernas abiertas, y se limpió con la camisa. En su bolsillo, tenía un cuaderno. Lo abrió. Escribió una sola línea
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