El ritmo del pito

El ritmo del pito

@tomas_leon ·28 de junio de 2026 · 🔥 4.4 (23) · 150 lecturas · 4 min de lectura

Carlos se dejó caer en la banca de madera del balcón, con el sol de la tarde poniéndole los hombros al frente como si le estuviera marcando el paso. El aire huele a cal y a limón, y del fondo de la casa llega el murmullo de la telenovela que le deja su hermana mientras se va a trabajar. Él no tiene prisa. Solo está ahí, con las piernas abiertas, la camiseta húmeda de sudor en la espalda y el pulgar metido en el bolsillo trasero, jugueteando con la idea de que sí, que hoy sí va a hacerlo.

No es la primera vez, claro. Pero hoy no es igual. Hoy despertó con el pito medio duerme, como esperando algo, como si supiera que el día se iba a calentar tanto que hasta el cemento de la calle iba a crujir. Y él, sin pedírselo, se dejó llevar: se levantó, se bañó con agua tibia —nada de frío que le quite el aliento—, se pasó el jabón por el pecho, por el ombligo, por la base del pene sin apuro, como si estuviera oliendo un perfume que no se atreve a decirle nombre.

Ahora está sentado, con las rodillas flexionadas, los codos sobre los muslos, y el voseo paisa que le sale sin pedírselo cuando está así: “¡Ay, rico, qué ganas que tengo de sentirme bien!” Y se ríe bajito, como si alguien le hubiera hecho una broma buena, pero de esas que solo él entiende.

Se desabrocha el pantalón con calma. No con ansiedad, sino con ese gesto de quien ya sabe que lo que viene va a valer la pena. El pito sale tibio, flácido pero vivo, como si levantara la cabeza apenas al aire fresco del balcón. Se toma su tiempo para acariciárselo con la palma abierta, desde la base hasta la cabeza, sin apretar, sin correr. Se fija en cómo la piel tierna del glande se humedece sola, como si el cuerpo estuviera respondiendo a una orden que aún no se ha dado.

Con el pulgar y el índice, abre un poco la prepucio y se pasa la yema por el surco que queda entre el glande y el cuerpo. Se estremece, pero no por el tacto, sino por la memoria: de cuando la novia lo hacía así, de cuando se la mataba con la lengua, de cuando la cabeza del pito rozaba su labio superior y ella le susurraba “¡ay, carajo, más fuerte!”.

Pero hoy no hay nadie más. Solo él, el balcón, el calor y ese pito que, aunque no está rígido, ya empieza a latirle como un tamboril en fiesta de verano. Se inclina un poco hacia adelante, apoya la mano izquierda en la rodilla y con la derecha sigue marcándole el ritmo, lento, pero ahora con más presión en la base, como si quisiera que el pito se levantara, se estirara, se hiciera grande.

Suspira. Sabe que no tiene que apresurarse. Que si lo hace, se va a cansar antes de tiempo y eso no es lo que quiere. Quiere sentir, no correr. Quiere que el cuerpo le diga cuándo bajar la guardia. Entonces deja que la mano se mueva sola, con el pulgar rozándole el coño de la vulva de su novia (ella lo dejó hace dos semanas, pero a veces se deja llevar por el recuerdo), mientras la otra mano se apoya en la banca y le da un poco de apoyo para balancearse, como si bailara con alguien invisible.

El calor sube. Ya no es solo el sol. Es él mismo, la sangre, el deseo que le baja por las venas como azúcar quemada: dulce, pegajoso, adictivo. El pito se pone más duro, más grueso, y la punta se humedece con ese líquido claro que él sabe que es sabio, que es promesa.

Se detiene un segundo. Cierra los ojos. Deja que el aire le acaricie el pito, que el viento se lo lleve un poco, que se seque la humedad natural. Y cuando lo vuelve a tocar, lo hace con la misma lentitud, pero ahora con la punta de los dedos, rozando como si le estuviera contando un secreto.

—¡Carajo, sí, así! —dice en voz baja, como si alguien más estuviera allí, como si estuviera pidiéndole permiso.

Y sigue. Con la mano izquierda ahora le sostiene los testículos, los acaricia suavemente, los sube un poco, como si los quisiera besar. Y entonces, sin quererlo, se deja llevar un poco más. La mano sube, baja, sube, baja, y ahora con un poco de crema (la que deja su novia, la de sabor a vainilla), que se pega al pito como una promesa.

Y él se deja llevar. Con la respiración cortada, con la cabeza atrás, con los ojos cerrados, con ese pito que ya no es solo carne: es fuego, es agua, es el latido de algo que no se va a apagar hasta que él lo diga.

Y cuando llega, no es con un grito. Es con un murmullo. Con un “¡ay, mijo!” que se le va por la garganta como humo. Con los ojos cerrados, con la frente sudada, con el pito que se le llena de todo lo que su cuerpo sabe darle.

Y cuando termina, se queda quieto un buen rato. Con la mano aún sobre él, con el aliento quieto, con la promesa de que mañana, o pasado, va a volver.

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@tomas_leon

Directo y físico. Me interesa el cuerpo, el deseo que no necesita explicación. Mis relatos van al grano.

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