El reencuentro en la cabaña
La noche caía lenta sobre el lago, tiñendo el cielo de tonos anaranjados que se deshacían en el agua como si fueran tinta. En la cabaña de madera, con el piso de madera crujiente y las cortinas moviéndose apenas con la brisa, Diego y Valeria estaban solos por primera vez en cinco años. No era un viaje planeado, ni siquiera un reencuentro buscado con intención. Había sido un accidente, casi poético: un grupo de amigos compartiendo fin de semana, y allí, entre risas viejas y copas de vino, ellos dos volvieron a verse sin saber qué hacer con las manos.
Diego no había cambiado tanto: su cuerpo seguía siendo ese de hombre acostumbrado al sol, con hombros anchos y piel tostada por las tardes en la playa. Pero sus ojos, oscuros y profundos, ahora tenían una calma que antes no tenían. Valeria, en cambio, parecía haberse vuelto más intensa. Su cabello, largo y ondulado, caía sobre un vestido ligero que marcaba sus curvas como si estuviera hecho para ella. No se habían tocado, no se habían mirado demasiado. Pero el aire entre ellos, desde que se vieron, era distinto. Denso. Cargado.
Después de la cena, mientras los demás jugaban cartas en la sala, ellos salieron al balcón. No dijeron mucho. Solo se sentaron uno al lado del otro, con el silencio de quienes se conocen demasiado bien como para fingir. El vino ayudó, claro, pero no fue el alcohol lo que hizo que Diego, al fin, alargara la mano y rozara con los dedos el dorso de la de ella.
—¿Aún te gusta el frío en la espalda cuando el aire entra por la ventana? —preguntó, sin mirarla.
Valeria sonrió, bajando los párpados.
—Solo si es contigo.
No hubo más palabras. No hacían falta. Diego se acercó, y cuando sus labios se encontraron, fue como si el tiempo se comprimiera. No fue un beso tímido ni inseguro. Fue profundo, hambriento, como si los cinco años de distancia se deshicieran en un solo instante. La lengua de Diego buscó la de ella con urgencia, pero también con ternura, como si supiera que no tenía que ganársela de nuevo: ya era suya.
Valeria se levantó, tomó su mano, y sin decir nada, lo llevó al dormitorio del fondo. La cama, de madera oscura y sábanas blancas, parecía esperarlos. Afuera, el lago susurraba. Adentro, el aire se volvió denso, caliente.
Diego cerró la puerta con el pie. No encendió la luz. La luz de la luna bastaba. Valeria se detuvo frente a él, con las manos quietas a los lados del cuerpo. Él la miró como si fuera la primera vez. Como si tuviera que memorizarla de nuevo. Le quitó el vestido con cuidado, deslizando las mangas por sus hombros, dejando que la tela cayera al suelo como una hoja seca. Debajo, solo llevaba un sostén negro y unas bragas del mismo color. Diego no se apresuró. Pasó los dedos por sus clavículas, por el hueco entre sus pechos, bajando lentamente hasta su cintura.
—Siempre me gustó cómo se te marcan las costillas aquí —dijo, rozando con el pulgar el punto donde su torso se hundía—. Como si fueras hecha para mis manos.
Valeria cerró los ojos. Sintió el calor subirle desde el vientre.
Él se arrodilló frente a ella, besó el borde de su cadera, luego el otro. Desabrochó el sostén con los dientes, con una lentitud que la hizo jadear. Cuando sus labios encontraron por fin uno de sus pezones, Valeria soltó un gemido bajo, profundo, como si algo dentro de ella se desbloqueara.
Diego pasó la lengua en círculos lentos, primero uno, luego el otro, mientras sus manos recorrían sus nalgas, apretándolas con suavidad, luego con más fuerza. Valeria le hundió los dedos en el cabello, tirando un poco, apenas. Él sonrió contra su piel.
—¿Aún te gusta que te muerda aquí? —preguntó, rozando con los dientes el pezón endurecido.
—Sí —respondió ella, sin aliento—. Pero hazlo ya.
Y él lo hizo. Con suavidad al principio, luego con más intensidad, hasta que Valeria tuvo que apoyarse en la pared para no caer. Cuando al fin se separó, ella se arrodilló frente a él, le desabrochó el cinturón con manos temblorosas, bajó la cremallera, y sacó su pene con una lentitud que lo volvió loco. Ya estaba duro, grueso, palpitante. Valeria lo miró un segundo, luego lo tomó con la boca.
No fue un acto apresurado. Fue un acto de memoria. Ella conocía cada palmo de él, cada punto donde se estremecía. Lo tomó hasta el fondo, una, dos veces, mientras él gemía su nombre, mientras sus manos se hundían en su cabello. Pero Diego la detuvo antes de que fuera demasiado.
—No quiero correrme así —dijo, con voz ronca—. Quiero correrme dentro de ti.
Valeria se levantó. Se quitó las bragas, lentamente, sin dejar de mirarlo. Luego se acostó en la cama, abriendo las piernas. Diego se desvistió con prisa, pero sin torpeza. Se acostó sobre ella, sintiendo su calor, su humedad contra su vientre.
—Mírame —dijo él.
Ella abrió los ojos. Y cuando Diego entró en ella, fue como si el mundo entero se detuviera. No hubo sonidos, solo el crujido de la cama, el jadeo entrecortado, el gemido que escapó de la garganta de Valeria cuando lo sintió hasta el fondo.
—Dios, Diego… —susurró, arqueando la espalda—. Sigue… no pares.
Él empezó a moverse con lentitud, con profundidad. Cada embestida era una promesa, cada roce, un recuerdo. Pero no era solo sexo. Era volver a casa. Era cerrar los ojos y sentir que, por fin, todo encajaba. Las manos de Valeria recorrieron su espalda, sus nalgas, sus muslos. Él, entre jadeos, le besó el cuello, los labios, el lóbulo de la oreja.
—Te extrañé —dijo, sin dejar de moverse—. Cada noche.
—Yo también —respondió ella, con voz quebrada—. Nunca dejé de desearte.
El ritmo fue aumentando. Los gemidos, más fuertes. El aire, más caliente. Hasta que Valeria sintió que el orgasmo llegaba, lento al principio, luego como una ola que la arrastró entera. Gritó su nombre, clavándole las uñas en la espalda, mientras su cuerpo se estremecía bajo el de él.
Diego no tardó en seguir. Con tres embestidas más, se corrió dentro de ella, con un gemido profundo, mientras su frente caía sobre la de ella. Se quedaron así, quietos, respirando juntos, como si el mundo fuera solo ese instante.
Luego, se separaron con cuidado. Diego se acostó a su lado, la atrajo hacia sí. Valeria apoyó la cabeza en su pecho, escuchando su corazón.
—¿Qué hacemos ahora? —preguntó ella, en voz baja.
—Lo que no hicimos hace cinco años —respondió él—. Quedarnos.
Y en la penumbra, con el lago como testigo, supieron que esta vez no se soltarían. No había prisa, no había miedo. Solo ellos, desnudos, sinceros, y un amor que, aunque dormido, nunca se había apagado.
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