El puerto de las palomas
8 minEl puerto de las palomas
La lluvia del Caribe no caía, se arrojaba. Un aguacero blanco y caliente golpeaba el muelle de Cartagena como si quisiera lavar la sal y el olor a pescado podrido de la madera podrida. A las tres de la madrugada, el puerto estaba vacío salvo por un par de pescadores que empujaban su lancha al mar, sus siluetas recortadas contra la luz amarillenta de un farol colgante. Entre ellos, una mujer caminaba con los hombros erguidos, el pelo negro recogido en un nudo suelto, los pies descalzos dentro de sandalias rotas. Llevaba una mochila de lona y una camiseta humedecida por el agua y por el sudor. Se llamaba Valeria y acababa de bajar de un barco de carga que había atracado tras una travesía de diez días desde La Guajira.
No era la primera vez que llegaba así, sin aviso, sin llamada previa. Pero sí era la primera vez que iba a encontrarse con él.
Eduardo vivía en un cuarto pequeño sobre una bodega de parrandas en el barrio de Getsemaní. Las paredes estaban cubiertas de lienzos medio pintados, botellas vacías de ron y un colchón en el suelo, casi siempre deshecho. Tenía treinta y seis años, piel morena con pecas de sol, ojos verdes que parecían brillar con su propia luz cuando bebía. Estaba sentado frente a una mesa de madera, dibujando con un lápiz grueso el contorno de una paloma que aleteaba entre sus dedos. El cuaderno estaba manchado de tinta y de vino. Escuchó el sonido de los pasos en la escalera de hierro, pero no levantó la vista. Sabía quién era. Solo Valeria subía así, sin tocar, sin llamar, como si el tiempo entre ellos no hubiera existido.
—Llegaste —dijo, sin moverse.
Ella no respondió. Cerró la puerta con un golpe suave. Se quitó la mochila y la dejó caer al suelo. Luego se desabrochó la camiseta, paso a paso, dejando al descubierto el pecho redondo, los pezones oscuros y hinchados por el calor. Se pasó la lengua por los labios antes de hablar.
—Tengo hambre.
Eduardo por fin la miró. Le costó un segundo reconocerla. Ella no era la misma de hace tres años: el cabello más largo, los ojos más duros, las caderas más anchas, la piel más oscura por el sol del norte. Pero su cuerpo aún le respondía como si lo hubiera conocido ayer. Su entrepierna se hinchó contra el jean.
—Comida o sexo —dijo él, con la voz ronca.
—Los dos.
Valeria se acercó. Se quitó el pantalón corto y lo dejó caer al suelo. No llevaba ropa interior. Entre sus muslos, el vello era crespo y oscuro, y la fisura entreabierta, húmeda ya. Eduardo se puso de pie, se desabrochó el pantalón y sacó su pene. Estaba tieso, grueso, la cabeza roja y brillante, con el prepucio retraído como si ya la estuviera chupando. Ella lo tomó por la base y lo acarició con una mano húmeda de saliva, bajando hasta los testículos, luego subiendo de nuevo, apretando suavemente.
—Me acordé de esto —dijo—. De cómo te tiemblan los testículos cuando te toco así.
Eduardo cerró los ojos. Sentía el calor de sus dedos, el roce de las uñas cortas. No dijo nada. Ella lo llevó hacia el colchón, lo empujó con fuerza hasta que cayó sentado. Se arrodilló frente a él, sujetó sus muslos y abrió las rodillas. Luego inclinó la cabeza y puso su boca sobre el glande. Lo lamio con lentitud, desde abajo hacia arriba, pasando la lengua por la grieta, hurgando en el orificio urinario, saboreando el líquido claro que asomaba.
—Estás más grande —murmuró, levantando la vista.
Él no respondió. Le acarició el pelo con una mano temblorosa. Ella volvió a bajar, esta vez agarrando el pene con ambas manos y metiéndoselo entero en la boca hasta la raíz. Lo retuvo un segundo, con los labios estirados, los ojos semicerrados, y luego lo sacó con un chasquido húmedo.
—Hoy no te voy a hacer esperar —dijo.
Se levantó, se sentó a horcajadas sobre él, apoyando las manos en su pecho para equilibrarse. Se posicionó, con la punta de su pene rozando su entrada. Respiró hondo y bajó lentamente, deslizando su cuerpo sobre la cabeza hinchada, estirando su ano hasta que el pene entró un dedo, luego dos, luego todo el grueso calibre.
Eduardo soltó un grito ahogado. Sus manos subieron hasta sus caderas y la agarraron con fuerza, como si temiera que se desvaneciera.
—Dios, Valeria… —murmuró.
Ella no respondió. Empezó a subir y bajar, con movimientos cortos al principio, luego más profundos. Su cuerpo se movía solo, con un ritmo que había olvidado pero que su musculatura interna recordaba perfectamente. Cada bajada le arrancaba un quejido, cada subida le hacía apretar los dientes. Sus pechos rebotaban con el movimiento, los pezones se erizaban contra el aire húmedo.
—Dime qué sientes —le pidió ella.
—Te siento apretada… muy apretada. Tu culo se contrae cada vez que subes… tu picha me chupa como si supiera que no voy a durar.
Ella sonrió, pero no se detuvo. Aceleró. Sus caderas chocaban con fuerza contra sus muslos, el roce era áspero, directo. Se inclinó hacia adelante, apoyó las manos en su pecho y se mordió el labio inferior hasta sentir el sabor metálico de la sangre. Sus ojos estaban fijos en los de él, sin parpadear.
—Quiero que me tomes de la cintura —dijo—. Como la última vez.
Eduardo la tomó por las caderas y la movió él. Ella arqueó la espalda, soltó un grito agudo y se llevó una mano al clítoris, apretándolo con el pulgar mientras él la empalaba con fuerza. Cada empuje la hacía rebotar, su cabeza se balanceaba, el pelo le caía sobre los ojos. Él la miraba con fijeza, con una mezcla de admiración y adicción. No había vergüenza en su mirada, solo un deseo crudo, despojado de toda excusa.
—¿Te acuerdas del último vez? —preguntó ella, jadeando.
—Sí. En el cuarto de atrás del barco. Cuando te llevé a la costa.
—Esa noche me dijiste que no volvería a verte.
—Fue una mierda de promesa.
Valeria soltó una risita, breve, seca. Se inclinó hacia adelante, puso su boca contra su oreja y le lamió el lóbulo.
—Hoy no te voy a dejar prometer nada.
Él la giró de golpe, la puso boca abajo, le levantó las caderas y se colocó detrás. Se arrodilló sobre sus glúteos, le abrió los muslos con las manos y clavó su pene con un movimiento brusco. Ella gritó, no de dolor, sino de satisfacción. Él la agarró del pelo y tiró hacia atrás, exponiendo su cuello. Le mordió la nuca, dejando una marca roja, y luego la lamio como si quisiera borrarla.
—Hoy no te voy a dejar ir —dijo él, con la voz rota.
—No me vayas a dejar —susurró ella—. No me vayas a dejar.
Él empezó a empujar con más fuerza, con más velocidad. Sus testículos se pegaban contra su cuerpo, el sonido de la piel chocando era seco y obsceno. Valeria gimió, se movió con él, con sus caderas hacia atrás, buscando el fondo, buscando que él la rompiera. Sus manos buscaban algo, cualquier cosa, y se aferraron a la sábana arrugada.
—Voy a correrme —dijo él.
—Hazlo. Corrérmete dentro de mí.
Él se inclinó, puso su boca en su cuello y mordió de nuevo, esta vez con más fuerza, y empujó hasta la raíz. Sentó sus manos sobre sus muslos y se quedó quieto un segundo, con el pene hinchado dentro de ella, sintiendo cómo su cuerpo la absorbía. Luego soltó un gruñido gutural, se estremeció, y su semen salió en chorros calientes, golpeando su útero como si quisiera hacerse hueco allí.
Valeria lo sintió todo: el calor, la presión, el peso del líquido dentro de su vientre. Sus propios músculos se contrajeron, espontáneamente, como si su cuerpo recordara que también le pertenecía el orgasmo. Cerró los ojos y dejó que el mundo se desvaneciera.
Cuando abrió los ojos, él estaba aún dentro de ella, jadeando, con el pene blando ya pero no retirado. Se giró suavemente y se deslizó fuera con una sensación de vacío agudo. Ella no se movió. Se quedó tumbada, boca abajo, con las piernas abiertas, el semen saliendo lentamente de su vagina y manchando la sábana.
—¿Vas a quedarte? —preguntó él, por fin.
Ella no respondió de inmediato. Se levantó, se puso de pie con lentitud, y se dirigió al baño pequeño que había al fondo. Se lavó la cara, se miró en el espejo. Se veía cansada, los labios hinchados, el cuello con la marca roja de sus dientes.
—No —dijo, cuando regresó—. Me voy en dos horas.
Éduardo no protestó. Se puso de pie, se vistió sin prisa. Ambos sabían que esto no era un comienzo. Era una pausa, una respiración profunda en medio de una tormenta que no terminaba.
—¿Volverás? —preguntó él, al final.
—Si vuelves a escribirme, sí.
—No te prometo nada.
—Yo tampoco.
Valeria se puso la camiseta, se ató el pelo en un nudo nuevo, más apretado. Se sentó frente a él, tomó su mano y se la apretó entre las suyas.
—Gracias —dijo.
—Por qué.
—Por no haberte olvidado del todo.
Él la miró, y por primera vez, en los últimos tres años, no le mintió.
—Tampoco yo.
Ella se levantó, se puso las sandalias y se dirigió a la puerta. Antes de salir, se detuvo.
—¿Te acuerdas de la paloma que dibujaste ayer?
—Sí.
—La vi en el muelle, esta mañana. Estaba posada en el farol. No se movió ni cuando llovió.
Éduardo sonrió, por primera vez en mucho tiempo.
—Es una paloma de puerto —dijo—. Siempre vuelve.
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