El primer trazo de la piel
7 minEl primer trazo de la piel
La luz del atardecer se derramaba por el balcón del departamento de Sofía como miel tibia, bañando sus muebles de madera clara y el pequeño jardín vertical que ella mismas había armado con paciencia. A sus veintidós años, apenas había salido de la casa familiar —donde siempre había vivido con su madre— y había decidido que, esta vez, iba a hacerlo bien: con cuidado, con curiosidad, con la convicción de que la vida no era un camino a recorrer, sino un terreno que se cultivaba.
Era viernes. El calor aún persistía en el aire, pero la brisa que entraba por la ventana abierta traía el aroma de la lluvia que se acercaba. Escuchó un golpe suave en la puerta del frente, y luego otra vez, más firme. Fue a abrir sin pensarlo dos veces, aunque el corazón le latió más fuerte.
—Pasá, si es que no venís a cobrar el alquiler —dijo, y se le escapó una risita nerviosa.
Emiliano estaba plantado en el umbral, con la camiseta ligeramente sudada por el camino a pie y el pelo oscuro, castaño con toques cobrizos, peinado hacia un lado. Tenía los ojos claros, casi dorados bajo la luz del crepúsculo, y una sonrisa que no alcanzaba del todo sus labios, pero sí sus mejillas. A sus veinticinco, ya tenía una barba recortada que le marcaba la mandíbula con dureza, pero su mirada conservaba algo de la ingenuidad de quien aún no ha aprendido a esconder lo que siente.
—Soy Emiliano —dijo, extendiendo la mano. —Sofía —respondió ella, tomándola sin soltarla enseguida, como si el roce fuera algo que quería retener un poco más.
Él entró, se detuvo un instante en el umbral y miró alrededor, de pie, sin apurar. Ella notó cómo su garganta se movió con un trago invisible.
—¿Querés una cerveza? —preguntó ella. —Sí. Gracias.
Fue a la cocina mientras él se quedaba en el living, con las manos en los bolsillos, observando la fotografía de su abuela en la cómoda. Cuando volvió con las botellas, él ya estaba sentado en el sofá, una pierna cruzada sobre la otra, el codo apoyado en el respaldo.
—Mirá —dijo ella, acercándole la botella—, si te caés de costado, el pasto no te va a doler tanto. —¿Ah, sí? —él sonrió, pero no le devolvió la mirada de inmediato. La tachó con un dedo, con lentitud, como si estuviera midiendo el tiempo.
Se sentaron juntos, pero no tan juntos. Ella tomó un trago largo, él otro, y el silencio no fue incómodo, sino esperante. Como cuando uno se acerca al borde de una pileta y aún no decide saltar, pero ya siente el agua fría en los tobillos.
—Llegué ayer de Rosario —dijo él, después de un rato. —¿Por qué te fuiste? —Porque el trabajo me comía. Me di cuenta de que no era cuestión de cuánto vivía, sino de cómo lo hacía.
Ella asintió, pero no dijo nada. Lo escuchaba, sí, pero también lo observaba: la curva de su cuello cuando inclinaba la cabeza, la forma en que se mordía el labio inferior cuando pensaba, la manera en que sus manos, grandes y de nudillos marcados, se movían al hablar.
—¿Y vos? ¿Por qué vivís sola? —Porque me gustó la idea de tener un lugar donde poder dejar las cosas desordenadas si me da la gana. Y también… —y pausó—, porque quería probar algo antes de que me lo dijeran.
—¿Qué cosa? —Cómo se siente estar sola con uno mismo. Sin que nadie me diga si lo que hago está bien o mal.
Él se inclinó un poco, y por primera vez la miró a los ojos directamente, sin disimulo.
—¿Y te gustó? —Sí. Pero también me di cuenta de que me falta algo. Algo que no es solo estar con alguien, sino estar con alguien que me haga sentir que… que soy capaz de más de lo que creía.
La respiración de él se aceleró. No fue un movimiento repentino, sino una aproximación lenta, deliberada. Se puso de pie, le tendió la botella vacía, y ella la tomó sin soltar su mano. Él la llevó hasta el balcón, donde el cielo ya estaba salpicado de estrellas tempranas.
—¿Te da miedo? —preguntó él, casi en un susurro, pero con voz firme.
—No. Si vos estás.
Él la besó entonces. No fue un roce, no fue un impulso. Fue un encuentro, como cuando dos ríos se juntan y saben, desde el primer instante, que van a seguir juntos. Su boca era cálida, y tenía un sabor a sal y a cerveza, y a algo que Sofía no conocía aún pero reconoció como propio.
Cuando se separaron, ella le pasó los dedos por el cuello, sintiendo el pulso acelerado bajo su piel.
—Quiero que me toques —dijo ella, sin vergüenza, sin miedo—. Quiero que me toques como si no supieras cómo se hace.
Él la miró con intensidad, y por primera vez, su risa fue verdadera, sin reservas.
—No sé si soy bueno para eso —murmuró. —No importa. Nos equivocamos un par de veces, y luego aprendemos.
Lo tomó de la camiseta y lo llevó hacia la habitación. No corrieron. No se quitaron la ropa con desesperación. Se sentaron en el borde de la cama, frente a frente, y él le quitó la camiseta lentamente, como si cada movimiento fuera una promesa.
Sus pechos eran pequeños, redondos, con pezones que se erizaron al primer roce de sus ojos. Él los tocó con las palmas primero, con suavidad, como si los estuviera descubriendo en la oscuridad. Luego bajó la cabeza y los chupó, uno por uno, con cuidado, mientras ella le acariciaba el pelo y soltaba pequeños gemidos que no intentaba esconder.
—Sos linda —dijo él, entre besos—. Muy linda.
Ella le desabotonó el pantalón y lo bajó con calma, dejando al descubierto su pene, que ya estaba firme y ligeramente húmedo en la punta. No era grande, pero estaba bien proporcionado, y la piel tersa y oscura del falo contrastaba con el vello suave de sus muslos.
—¿Te parece bien si te toco primero? —preguntó él.
Ella asintió, y él se acomodó entre sus piernas, apoyándose sobre los codos. Le separó las rodillas, y ella se abrió con naturalidad, como si lo hubiera hecho toda la vida. Su mano, grande y firme, se deslizó por su interno, acariciando la entrada de su concha, rozando el clítoris con la punta del dedo.
—Estás humedecida —dijo, con la voz ronca—. Ya estás humedecida para mí.
Ella gimió, arqueando la espalda. Él bajó el dedo más adentro, lentamente, apenas una falange, y ella se tensó un instante, pero no se apartó. Él repitió el movimiento, esta vez con dos dedos, y ella susurró su nombre como una plegaria.
—¿Querés que entre? —le preguntó, con la frente apoyada en la suya.
—Sí. —¿Estás segura? —Sí. Vení.
Él se posicionó, apoyó la punta de su pene en su entrada, y empujó con suavidad. Ella sintió una quemadura leve, una sensación de plenitud que le hizo cerrar los ojos.
—Está bien —dijo—. No parezco una niña, ¿no? —No, vos estás perfecta.
Él avanzó poco a poco, hasta que todo su cuerpo entró en el suyo, hasta que sus pelvis se tocaron. Ella lo abrazó con fuerza, y él se quedó quieto, respirando contra su cuello, mientras su pene latía dentro de ella, como un corazón nuevo que acababa de nacer.
—Sos tan hermosa —dijo él, con la voz quebrada—. Tan hermosa…
Y empezó a moverse, con lentitud, con cuidado, como si estuviera dibujando algo que no quería borrar. Cada embestida era un descubrimiento, cada roce, una revelación. Ella lo sentía todo: el calor, la presión, la intensidad de estar llena, de pertenecerle mientras él la poseía sin exigirle nada más que su confianza.
Cuando ella sintió que se acercaba al borde, que su cuerpo se crispaba como un arco, él se inclinó y le chupó un pezón al mismo tiempo que empujaba con fuerza, una, dos, tres veces, y ella se deshizo en sus brazos, con un gemido largo, ahogado, que apenas salió de su garganta.
Él siguió moviéndose un poco más, y luego, con un suspiro profundo,
¿Qué tanto te calentó?
Creo en el erotismo de la buena prosa. Romance, elegancia y esa pasión clásica que no necesita ser vulgar para encender.