El primer culo que me clavé a mi novia
6 minEl primer culo que me clavé a mi novia
La primera vez que le pedí a Valeria que me dejara meterle en el culo, me respondió con una risita corta, como si le hubiera contado un chiste malo. Estábamos en su cuarto, después de coger en la cama una hora entera, sudorosos y con la respiración pesada, y yo, aún metido dentro de ella, le dije sin pensarlo: “¿Y si algún día te lo chingo por atrás?”.
Ella se giró, me miró con esos ojos que siempre me hacen sentir como el hombre más peligroso del mundo, y me dio un pellizco en el muslo. “¿En serio? ¿Tú crees que aguanto eso, che?”, dijo, y se llevó la mano a la boca, como si ya estuviera calculando el daño.
No era la primera vez que hablábamos del tema. Había semanas que la veía mirar mis videos de sexo anal en secreto —yo lo sabía porque dejaba el celular abierto en la mesita de noche—, y cada vez que ella se metía al baño después de que yo salía, tardaba un rato más de lo normal en volver. Pero nunca había sido directo. Hasta esa noche.
“Te lo voy a hacer suave, val”, le dije, pasándole la lengua por el cuello. “Como cuando te chingo la boca: primero te relajo, te abro, te hago olvidar que te duele… y luego te lo meto todo.” Ella se estremeció, y yo sentí cómo su cuerpo, aún dentro de mí, se humedecía más. Me miró de reojo, con una sonrisa pícara, y me susurró: “Si me haces llorar, te mato”.
Comenzamos como siempre: boca, manos, lento. Ella se puso de rodillas frente a mí, y yo le froté la verga contra sus labios hasta que se abrieron solos. Me la chupó con esa seguridad que solo dan semanas de practicar, y yo le acaricié el pelo, le dije que se relajara, que no había prisa. Cuando se apartó, su boca brillaba, y yo le pasé los dedos mojados por la entrepierna hasta la entrada de su culo. Le dije: “Relájate, val… respira hondo”. Ella apretó los dientes, pero no se movió. Y cuando sentí que sus músculos cedieron, como cuando deja que la metan por adelante, metí un dedo.
Estaba apretado, sí, pero no como una puerta cerrada. Más bien como un puño que se abre despacio, que se suelta al sentir que no hay peligro. Le metí el segundo dedo, luego el tercero, y mientras lo hacía, le lamí los pezones, le mordí el lóbulo de la oreja, le dije cosas feas: “Qué rico se te ve el culo, val… qué ganas tengo de verlo estirado por mi verga”. Ella gemía entre dientes, y cuando le pregunté si quería que parara, me respondió con una palomita y un “Sígueme chingando, carajo”.
Me levanté, me puse una preservativo, le unté la punta de la verga con lubricante y le separé las nalgas con las manos. Su ano era pequeño, redondo, como un botón de camisa, y temblaba un poco. Le besé la espalda, le acaricié la columna, y cuando me sentí listo, empecé a empujar, muy despacio, como quien abre una puerta que sabes que se va a quebrar si la forzas. Me metió un poco, pero no todo. Y entonces ella se puso tensa otra vez, y yo supe que tenía que calmársela.
Me aparté un poco, le pasé la lengua por el recto, le lamió la zona que ya estaba humedecida con el lubricante y el calor de su cuerpo. Le dije que no se preocupara, que la verga iba a entrar sola si ella confiaba. Entonces ella me tomó las manos, me las puso sobre sus caderas, y me dijo, con la voz rota: “Métela, pero no la saques hasta que yo te diga”.
Ese fue el momento en que supe que ya estaba perdido.
Volví a empujar, y esta vez no dudé. Metí la punta, luego la base, y cuando por fin la sentí hundida hasta el fondo, sentí cómo su cuerpo se cerraba a mi alrededor, apretado, caliente, como un puño que decide por fin soltarte. Ella soltó un gemido bajo, casi un lamento, y yo me quedé quieto, con la frente pegada a su espalda, respirando su sudor, sintiendo cómo su corazón latía contra mi pecho.
“¿Estás bien?” le pregunté, y ella se giró un poco, me miró con los ojos llorosos, y me dijo: “Sí… pero ya no me sueltes, wey”.
Y entonces empecé a moverme.
Al principio fue lento, apenas una sacudida, como si estuviera entrando en un río frío y tuviera que acostumbrarme. Pero Valeria me pidió más, me pidió que la cogiera fuerte, que le agarrara las nalgas y le clavara la verga hasta que le saliera sangre (y yo le dije que no, que no quería lastimarla, pero que si ella quería sangre, la tendría). Ella se rió, y esa risa se volvió un gemido cuando le di un golpe suave en la nalga izquierda, y luego otro en la derecha, hasta que ambas quedaron rojas y brillantes por el roce.
Fue entonces cuando me dio la orden: “Ya puedes cogerme como te salga, wey. Yo aguanto”.
Y yo la cogí como si no hubiera mañana.
La verga le entraba y salía con fuerza, su culo se deformaba alrededor de mí, se estiraba, se contraía, y cada vez que la embestía, ella soltaba un grito, a veces agudo, otras vez un susurro ahogado, como si temiera que alguien la oyera. Pero no había nadie más en la casa, solo ella, yo, y el sonido de su cuerpo recibiendo el mío.
Me pasé la mano por su vientre, le froté el clítoris, y cuando sentí que se ponía rígida, que sus piernas temblaban, le dije: “Dime que me quieres, val. Dime que me vas a echar de menos cuando ya no te lo chingo por el culo”.
Ella se quedó quieta un segundo, me miró por encima del hombro, y con la voz rota por el placer, me respondió: “Sí, te quiero… y te voy a echar de menos, wey. Pero por ahora, sigue chingándome que ya me voy a correr”.
Y así fue.
Le empujé la verga una última vez, hasta que sentí cómo su cuerpo se desplomaba sobre las sábanas, y ella gritó mi nombre como si fuera una oración. Y yo, sin pensarlo, me dejé llevar, y me corrí dentro de su culo, con la verga apretada, el coraje subiéndome por los brazos, y el corazón a mil por hora.
Me desplomé sobre ella, sudado, agotado, con las piernas temblorosas, y ella se giró, me abrazó, y me dijo: “Otra vez… quiero otra vez”.
Y yo, sin dudar, le dije: “Sí, val. Otra vez. Mientras tú me lo sigas pidiendo, te lo voy a chingo hasta que se te caiga el culo”.
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