El peso del guayabo
La casa de doña Luz, en las afueras de La Ceja, era una casona de teja roja y rejas forjadas, rodeada de buganvilas y eucaliptos. Esa tarde, el aire olía a tierra mojada y a guayaba madura. El cielo se había despejado después de una llovizna fina, y el calor empezaba a subir como si el sol se le hubiera enredado en los cabellos a la montaña.
Dentro, Sebastián se quitó la camisa con un gesto lento, dejando al descubierto un torso delgado, bien marcado por el trabajo en el taller mecánico. Tenía veintisiete años, piel canela, y un tatuaje pequeño en el hombro izquierdo: una flor de cactus que le había hecho un amigo en Medellín. Se sentó en el borde de la cama de matrimonio, la misma en la que doña Luz —su vecina, viuda desde hacía cinco años— dormía cada noche.
—¿Y si te agarra el remordimiento ahora? —preguntó ella, parada frente al espejo del baño, ajustándose el cierre de un vestido negro que ya no usaba desde los domingos de misa en Rionegro.
—No me va a dar, mija —respondió Sebastián, con esa voz grave que le salía cuando estaba seguro—. Hace rato que esto estaba en el aire.
Doña Luz se dio vuelta, con una sonrisa tímida pero decidida. A sus cuarenta y ocho, tenía las caderas anchas, los senos firmes, y una mirada que no se andaba con cuentos. Se acercó, se arrodilló frente a él, y le desabrochó el cinturón con manos seguras.
—Uy, qué rico se ve tu pito, muchacho —dijo, casi en un susurro, pero sin vergüenza—. Parece que no ha sufrido con el guayabo de anoche.
Sebastián soltó una carcajada corta, agarrándole el cabello con suavidad.
—Ni el guayabo, ni el cura, ni la policía me han doblado el ánimo, vieja —respondió—. Y menos tú, que estás más buena que un tamal en diciembre.
Ella le mordió el lóbulo de la oreja antes de bajarle el pantalón. El pito de Sebastián ya estaba medio parado, grueso, con una vena marcada que subía por un lado. Doña Luz lo tomó con la mano derecha, lo acarició despacio, desde la base hasta la punta, mientras con la otra le apretaba un glúteo.
—Ay, qué buena pinta —murmuró—. Y duro como tabla.
—Y tú con ese culo de diosa —dijo él, levantándole el vestido por detrás—. Parece que lo hicieron pa’ mí.
El trasero de doña Luz era ancho, redondo, con esa caída suave que solo tienen los cuerpos que han parido y amado. Sebastián le pasó las manos por encima, lo amasó como si fuera masa de arepa recién hecha. Luego, con un movimiento rápido, le bajó las bragas negras de encaje.
—¿Y si te digo que no he hecho esto en años? —preguntó ella, con la voz un poco quebrada.
—Pues hoy se te quita el sabor de la soledad —respondió él, besándole el cuello—. Y yo me encargo de que no te acuerdes de otro.
Doña Luz se paró, se quitó el vestido con un solo movimiento, y se acostó boca abajo sobre la cama. El colchón rechinó levemente. Sebastián se puso de rodillas detrás de ella, le separó las nalgas con ambas manos, y se quedó mirando el agujerito rosado, pequeño, cerrado como una flor de nochebuena.
—Uy, qué rico —dijo, pasando la yema del dedo por el borde—. Parece que no ha salido de la escuela.
—No seas malo, muchacho —rio ella, moviendo las caderas—. A ver si me vas a dejar sin aire.
Él sacó del bolsillo de la camisa un pequeño frasco de aceite de almendras que llevaba desde la mañana, por si las moscas. Lo abrió con los dientes, y le echó unas gotas al ano, masajeando con el pulgar en círculos lentos. Doña Luz gemía bajito, como un gato que se estira al sol.
—Ay, Dios mío… sí, así… no pares…
Sebastián se untó un poco de aceite en el pito, lo acarició un par de veces, y luego se acercó. Puso la punta en la entrada, y empujó con cuidado.
—Respira, vieja, respira —le dijo—. Suéltate.
Doña Luz soltó el aire, y el glande entró. Un jadeo fuerte, largo, se escapó de su boca.
—¡Ay! ¡Qué grande, muchacho!
—Te estoy entrando, pero no te voy a quebrar —dijo él, empujando más, centímetro a centímetro—. Qué rico se siente tu culo… apretado como puño de viejo celoso.
Poco a poco, fue metiendo todo el largo, hasta que sus pelotas pegaron contra sus nalgas. Se quedó quieto, dejándola ajustarse. Doña Luz respiraba con la boca abierta, las manos agarradas a la sábana.
—¿Estás bien? —preguntó él, acariciándole la espalda.
—Mejor que en misa —respondió ella, entre risas y gemidos—. Sigue, no me vayas a dejar a medias como el cura de San José.
Sebastián empezó a moverse, despacio al principio, con embestidas cortas y profundas. El culo de doña Luz lo apretaba como un guante de cuero nuevo. Cada vez que entraba, ella gemía más fuerte, y cuando salía, el aire silbaba un poco al salir.
—Ay, sí… así… no pares… me estás haciendo sentir como veinte —gritó, alzando las caderas para recibirlo mejor.
Él le agarró las caderas con fuerza, y empezó a darle más rápido, más duro. El sonido de los cuerpos chocando se mezclaba con el canto de los pájaros afuera. En un momento, doña Luz se dio vuelta, se sentó sobre él, y se montó con los ojos cerrados, moviéndose como si estuviera bailando salsa en Cali.
—¡Qué rico me tienes, muchacho! —gritó—. Me estás haciendo olvidar hasta el nombre de mi esposo.
Sebastián le agarró los senos, se los masajeó, le mordió un pezón. Luego, la bajó de un tirón, la puso boca abajo otra vez, y volvió a entrar.
—Ahora te voy a dar como se da en el barrio —dijo, empujando con fuerza—. Hasta que te olvides del año que naciste.
Doña Luz gritaba, reía, gemía, rezaba. El olor a sexo, a sudor y a aceite de almendras llenaba la habitación. Fuera, un perro ladró, y el viento movió las hojas de los eucaliptos.
Cuando Sebastián sintió que ya no aguantaba más, se salió de un tirón, se agachó, y le mordió una nalga. Luego, se paró, le dio vuelta a doña Luz, y le metió el pito en la boca.
—Mámame, vieja —dijo—. Hasta que te llene.
Ella lo tomó con la mano, lo chupó con ganas, con devoción, como si fuera el último trago de la noche. Y cuando él se corrió, lo hizo dentro de su boca, con un gemido largo, caliente, que salió desde el fondo del estómago.
Doña Luz tragó todo, sin derramar una gota. Luego, se limpió la boca con el dorso de la mano, y se acostó de lado, sonriendo.
—Ay, muchacho… —dijo, con los ojos cerrados—. Eso sí fue chimba.
Sebastián se acostó a su lado, le pasó un brazo por encima, y le besó el hombro.
—Y esto no fue nada —respondió—. Mañana tengo el día libre.
El sol bajaba por el cerro, y la casa se llenó de sombras largas. Pero adentro, entre las sábanas revueltas y el olor a sexo, solo quedaba el silencio de dos cuerpos que por fin habían encontrado su ritmo.
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