El peso de la seda

@sombra ·17 de enero de 2026 · ★ 4.6 (20) · 2,390 lecturas · 5 min de lectura

La habitación no tenía ventanas. Solo luces bajas, incandescentes, que se deslizaban por las paredes de yeso oscuro como si temieran romper el silencio. En el centro, una mesa de madera negra, pulida hasta el brillo de la piel recién lavada. Sobre ella, un solo objeto: una capa de seda azul marino, doblada con precisión quirúrgica, como si fuera una ofrenda.

Elena se mantuvo quieta junto a la puerta, los pies descalzos sobre el piso de mármol frío, las manos entrelazadas detrás de la espalda. No llevaba más que una camiseta de algodón blanco, demasiado grande, que le caía hasta los muslos. Su cabello, largo y ondulado, se extendía como un río oscuro sobre sus hombros. No lloraba. No temblaba. Solo respiraba, lento, consciente de cada aire que entraba y salía de sus pulmones.

—¿Sabes por qué te llamé? —preguntó él desde la sombra, sin moverse.

Su voz no era fuerte, pero llenaba la habitación como un eco que no se desvanece.

Elena lo miró. Lucas. Alto, impecable, con la chaqueta de lana negra aún puesta, las mangas dobladas hasta los codos, los dedos limpios, sin anillos. No había rastro de agresión en él. Solo una presencia que no pedía permiso, pero que exigía atención.

—Porque quiero sentirme pequeña —respondió ella, sin vacilar.

Una sonrisa mínima, apenas un alzamiento de los labios, se deslizó por su rostro.

—No. Quieres sentirte segura.

Elena no respondió. Sabía que él tenía razón.

Lucas avanzó, sin prisa. Cada paso era un latido en el silencio. Se detuvo a un metro de ella. La miró de arriba abajo, como si estuviera leyendo un poema que solo él conocía. Luego, con dos dedos, levantó el borde de la camiseta. No la arrancó. No la forzó. Solo la levantó, hasta que el tejido se detuvo bajo su pecho, dejando al descubierto la curva suave de sus costillas, el vientre ligeramente hundido, la piel que aún conservaba el calor del baño.

—¿Estás lista? —preguntó, sin tocarla.

—Sí.

No hubo más palabras.

Tomó la seda. La extendió con cuidado, como si fuera un lienzo, como si fuera un altar. Luego, con movimientos lentos, la enrolló alrededor de sus muñecas, sin apretar, sin dolor. Solo contención. El tejido se deslizó como agua, frío al principio, luego cálido por el contacto con su piel.

—No te muevas —dijo él, mientras ataba el nudo con precisión, sin nudos rígidos, sin nudos que aprieten. Solo un abrazo de tela.

Elena cerró los ojos.

Él se alejó.

Cuando los abrió, lo vio de pie frente a la mesa. Sacó de un cajón un pequeño frasco de cristal, con aceite de jazmín y sándalo. Lo destapó. El aroma se extendió, dulce, terroso, como un suspiro en la oscuridad.

Se acercó de nuevo.

Con la yema de los dedos, tomó una gota. La deslizó por su clavícula. Luego, lento, descendió por el centro de su pecho, entre sus senos, hasta el ombligo. La piel se erizó. No por el frío del aceite, sino por la espera. Por la certeza de que cada toque era una decisión.

—¿Te duele? —preguntó él.

—No.

—¿Te asusta?

—Sí.

—¿Quieres que pare?

Ella lo miró, fijo.

—No.

Lucas inclinó la cabeza. Entonces, con la palma de la mano, la empujó suavemente hacia atrás, hasta que cayó sobre la mesa. No con violencia, pero sin posibilidad de retroceso. La seda la mantenía en su lugar, las muñecas atadas, los brazos extendidos como alas de un pájaro que no intenta volar.

Él se arrodilló entre sus piernas.

No las abrió. No las tocó. Solo se inclinó, y con los labios, besó la parte interna de su muslo. Una vez. Dos. Tres. Cada beso más profundo, más lento, más cercano al centro.

Elena contuvo el aliento.

—¿Te gusta esto? —preguntó él, sin levantar la cabeza.

—Sí —respondió ella, con voz quebrada.

—¿Quieres más?

—Sí.

Entonces, sus labios se deslizaron, hasta rozar el tejido fino de sus bragas.

No las quitó.

Solo las mojó con su saliva.

Elena gimió.

No por el placer, sino por la intensidad de la espera. Por la certeza de que él estaba controlando cada segundo, cada latido, cada suspiro que no se atrevía a soltar.

Él se levantó.

Sacó de su bolsillo una cinta de terciopelo negro.

—Cierra los ojos —dijo.

Ella lo hizo.

La cinta le cubrió los ojos.

La oscuridad fue total.

Entonces, sus dedos se deslizaron por su cuello, por su garganta, hasta el mentón. La levantó, con suavidad, hasta que su cabeza se inclinó hacia atrás.

—Dime lo que sientes —ordenó.

—Calor.

—¿Más?

—Tensión.

—¿Qué más?

—Espera.

—¿Y qué hay dentro de esa espera?

Ella no respondió.

Él sonrió.

Entonces, con una sola mano, le quitó las bragas.

Sin mirar.

Sin tocarla.

Solo las deslizó, lentamente, como si fuera un velo que se deshace.

Y entonces, por primera vez, la tocó.

No con los dedos.

Con la punta de su lengua.

Lento.

Profundo.

Como si estuviera saboreando un secreto que llevaba años guardando.

Elena gritó.

No por el dolor.

Por la liberación.

Por la entrega.

Él no se detuvo.

No hasta que su cuerpo se tensó, hasta que sus piernas se cerraron sobre su cabeza, hasta que el aire se volvió líquido dentro de sus pulmones.

Entonces, se levantó.

Desató las muñecas.

La abrazó.

La sostuvo, sin palabras, mientras su respiración volvía a encontrar su ritmo.

—¿Te sientes segura ahora? —preguntó él, contra su oreja.

Elena asintió.

—Sí.

Y en esa habitación sin ventanas, con el aceite de jazmín aún en su piel y la seda deshecha sobre la mesa, supo que no había sido sometida.

Había sido elegida.

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