El muelle de las tres esquinas
4 minEl muelle de las tres esquinas
En el muelle viejo de Buenaventura, donde el sol se metía en el agua como un pito caliente al final del día, llegó Diego con su mochila de tela y el sudor pegado al cuello. Llevaba dos semanas en la costa pacífica, trabajando como técnico en reparación de redes de pesca, y ya se le había encendido el pulso cada vez que cruzaba la mirada con alguno de los hombres o mujeres que andaban por ahí, entre contenedores oxidados y barcos de madera que olían a yodo y salitre. No le costaba trabajo notar el cuerpo de uno, el culo de otra, la forma en que se movían con la naturalidad de quien sabe que el tiempo se acaba y hay que aprovechar lo que da la vida.
Esa tarde, bajo un toldo de lona descolorida que hacía sombra sobre una parrilla de carbón, estaba Jhoan. Tenía el pecho cubierto por una camiseta pegada al sudor, los brazos tatuados de raíces y peces, y los ojos que brillaban como el agua cuando el sol le da de lleno. Diego se acercó con su vaso de jugo de guayaba helado, le hizo una seña al muchacho y le dijo, con esa voz pausa que ya tenía adoptado entre los pescadores: —¿Me dejas compartir el asiento, hermano? No me como nada de tu parrillada, solo quiero un poco de sombra y un poco de conversación.
Jhoan lo miró de pies a cabeza, con la ceja alzada, y soltó una risa baja: —Pa’ qué tanto formalismo, paisa. Si ya te veo desde antes, andando con esa mirada que no te la guardas ni pa’ los trastes. Siéntate.
Diego se sentó. Se sintió el calor del cuerpo del otro en la piel, el olor a sal y a tabaco, y una corriente que le subió por la espalda. Se ofreció a comprarle una birra, y Jhoan aceptó con una sonrisa que le hizo cosquillas en la nuca. Hablaron de todo: del mar que cambiaba, de los pescados que ya no salían como antes, de cómo se cocía el pargo en hojas de plátano. Y cuando la cerveza se acabó, Diego se levantó y le dijo, sin rodeos: —Si me invitas a tu cuarto, te mamo hasta que te salgas como un pito de tamarindo.
Jhoan se rió, se limpió la boca con el dorso de la mano y asintió: —Si me llevas a tu casa, te chupo el culo hasta que te olvides del nombre de tu mamá.
La caminata fue corta: dos cuadras de calle empedrada, luces de neón parpadeando en los bodegones, el sonido del chigüire en la radio de un vecino. En el cuarto de Jhoan, las paredes estaban cubiertas de fotos de viajes, de bailes de cumbia y de un abuelo que sonreía con dientes de oro. Diego se quitó la camiseta sin esperar, y Jhoan ya lo tenía agarrado por la cintura, tirando de él hacia su pecho, hacia su boca.
Se besaron con ganas, con hambre. Las manos de Diego le subieron por el pecho, le acariciaron los pezones, que se endurecieron como semillas de guayaba. Jhoan le agarró el pito a través del calzoncillo y lo apretó con un *¡aah!* que salió de lo más hondo. Diego le desabrochó el pantalón, lo bajó hasta las rodillas y lo vio salir, tieso, negro y grueso, con la punta brillante de preseminal. Lo tomó en la mano y lo frotó de arriba abajo, lento, hasta que Jhoan gimió: —¡Coño, paisa, no me lo estires tanto que me voy a salir como un chorro!
Diego se inclinó, le mordió el pellejo del muslo, le chupó el coño de la vulva que tenía entre los testículos y el ano, y luego se lo metió todo en la boca: primero la punta, luego la base, con la lengua rozando el glande y la mano apretando el cuerpo de abajo. Jhoan le agarró la cabeza y lo empujó hacia adelante, hasta que sus nudillos se pusieron blancos. Diego tragó su flujo, saboreó su sal, y le chupó cada venita hasta que Jhoan gritó: —¡Me salgo, mijo! ¡Me salgo!
Y salió: un chorro caliente, espeso, que le cayó en la garganta y en la barba. Diego no se movió hasta que el último espasmo pasó.
Jhoan lo tiró sobre la cama, le bajó los pantalones y el calzoncillo, y lo vio allí, su pito ya medio duro, con los cojones tensos. Se lubricó con saliva y con aceite de coco que encontró en la mesa de noche, y se metió entre las piernas de Diego. Le abrió los glúteos, le rozó el anillo con la punta del pito, y lo empujó con un *¡ajá!* que salió de la garganta. Diego arqueó la espalda, soltó un gruñido, y se dejó entrar. Jhoan lo metió todo, hasta que los testículos le tocaron el perineo.
Y entonces empezó la fiesta: golpes cortos, caderas que se movían como tambor de cumbia, sudor, gemidos, el sonido del cuerpo que se juntaba y se separa, se juntaba y se separa. Diego le agarró los glúteos, lo frotó contra su pito, y se lo metió en la boca cuando sintió que se iba a salir. Jhoan lo mamió con ganas, con el pito tieso y la lengua pegada al frenillo, hasta que Diego gritó: —¡Me salgo, Jhoan! ¡Me salgo!
Y salió dentro de él, como un chorro de
¿Te ha gustado? Valóralo