El lenguaje del reloj
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La lluvia arrastraba el calor del atardecer por las ventanas del antiguo relojero, donde el aire olía a aceite de linaza, cera de abeja y el ligero tono metálico del tiempo envejecido. En el mostrador, bajo la luz cálida de una lámpara de bronce, dos manos casi se rozaban: la de Clara, con uñas cortas y nudillos marcados por años de escribir a mano, y la de Rafael, cuyos dedos estaban siempre pulcramente ordenados, como si cada uno guardara una llave distinta.
—Este no se detuvo —dijo él, sosteniendo el cuerpo dorado del reloj de bolsillo con la misma reverencia que un sacerdote sostendría una custodia. Lo colocó sobre la mesa de trabajo, y con un trapo suave limpió el polvo de siglos acumulado en sus bordes.—. Solo se cansó. Como nosotros.
Clara sonrió, sin mirarlo. Sabía que no hablaba solo del reloj. Lo había conocido tres semanas antes, cuando había entrado con una caja de madera que contenía los restos de un reloj de pared heredado de su abuela. Él lo había examinado con una atención tan profunda, tan silenciosa, que ella sintió —por primera vez en años— que alguien no veía la grieta, sino el valor que había en ella.
—¿Crees que还能 recupere su ritmo original? —preguntó ella, acercándose sin intención aparente, pero con el cuerpo inclinado hacia él, como si el aire mismo los uniera.
—No es cuestión de recuperar —respondió él, ahora con la mirada fija en la esfera, en las manecillas dobladas por el tiempo—. Es cuestión de escucharlo. Todo reloj tiene su propia voz. Solo hay que aprenderla.
Rafael levantó la cabeza. Sus ojos, grises como el cielo antes de la tormenta, se encontraron con los de ella. No hubo gesto apresurado, ni palabra innecesaria. Solo una pausa, larga, cargada de algo que ni el más fino aceite podía lubricar: la expectación de lo que aún no había ocurrido.
—¿Me permites demostrártelo? —preguntó, con la voz tan baja que parecía formarse más en el silencio que en sus labios.
Ella asintió, y siguió sus movimientos mientras él colocaba el reloj sobre un soporte de madera, desenroscaba la tapa trasera con una herramienta de punta fina, y empezó a ajustar el tornillo que regulaba la tensión del muelle principal. Cada gesto era preciso, pero no mecánico. Había en él una calma sensual, como si cada tornillo ajustado fuera una consonante colocada con cuidado en una frase que aún no se había pronunciado.
Clara se acercó aún más. Pudo ver la fina línea de sudor que bajaba por su sien, el leve temblor en su mano izquierda, el modo en que su cuello se inclinaba cuando concentrado, como si escuchara un latido distante.
—¿Escuchas? —susurró él, sin apartar la vista del mecanismo—. Ahora late más fuerte. Como si supiera que va a ser escuchado.
ella no oyó nada más que el zumbido del transformador del viejo fluorescente, pero sí sintió el calor de su cuerpo, la forma en que su propia respiración se había vuelto lenta, consciente. Sentó la palma de la mano sobre la mesa, cerca de la de él. No la tocó. Pero ambas sabían que la distancia entre ellas era menor que la separación entre dos engranajes en contacto.
—¿Y si vuelvo a escucharlo? —preguntó Clara, sin moverse, pero con la voz cargada de algo nuevo, algo que no era solo curiosidad—. ¿Podré reconocerlo?
Rafael dejó caer la herramienta sobre el trapo, lentamente, como si temiera que un movimiento brusco interrumpiera un encanto. Entonces, con la punta del dedo índice, trazó una línea invisible sobre el dorso de su mano, sin llegar a tocarla.
—No —dijo—. No lo escucharás con los oídos. Lo escucharás con el pecho.
El reloj, ahora en reposo sobre la mesa, parecía respirar. Clara inhaló, y esta vez sí sintió la primera vibración: leve, como una promesa hecha con alambre de cobre y paciencia.
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