El jueves que me dije “voy a gustarme mucho”
9 minEl jueves que me dije “voy a gustarme mucho”
Había caído la lluvia de la tarde como siempre en Medellín: fuerte, rápida, intransitable. El cielo se desbordó y dejó el barrio inundado de humo de asfalto mojado y humedad pegajosa. Yo, en mi apartamento del tercer piso, con la ventana abierta y el viento entrando como un suspiro entrecortado, me senté en el sofá con una lata de cerveza fría y una tablet en las piernas. No buscaba nada. O sí. No lo sabía bien. Pero cuando apareció el mensaje —una foto borrosa de una espalda desnuda, con una cicatriz en forma de media luna en el sacro, tomada desde atrás, sin cara, sin contexto—, algo se movió en mi vientre, bajo el ombligo, como un latido que no era mío, sino que se despertó por primera vez en años.
La foto venía de una cuenta que no seguía: @nocturna_real. Sin bio, sin foto de perfil, solo imágenes de pieles, manos, pies descalzos en escaleras de metal, puertas entreabiertas. Pero esa imagen… esa me paralizó. No por lo que mostraba, sino por lo que *no* mostraba. El vacío entre la curva de los glúteos y el borde de la sombra. El silencio de lo que no se ve. Me quedé así: sentado, con la espalda apoyada en el respaldo, el dedo pulgar quieto sobre la pantalla, la cerveza ya empezando a sudar en mi mano. Me pregunté: ¿por qué *esa* espalda? ¿Por qué me dije: *mírala más*?
Me levanté. Caminé hasta el cuarto. Saqué la ropa interior que dejé colgada en el respaldo de la silla la noche anterior: unos calzoncillos de algodón gris, viejos, con la elástico un poco flojo. Me los puse. No por atractivo, sino por costumbre. Pero al hacerlo, sentí el roce de la tela contra el pellejo recién afeitado de los muslos, y el pene, que no estaba duro, pero sí *presente*, como un hueso que se acuerda de sí mismo. Me miré en el espejo del armario: pelo despeinado, camiseta blanca arrugada, ojos cansados. Pero la boca, la boca estaba entreabierta. La respiración, cortita. Me dije: *¿y si hoy no te contentas con solo mirar?*
Me senté en la cama. Apagué la luz. Solo la pantalla de la tablet brillaba, como un faro en medio de la oscuridad. Volví a la foto. La abrí en pantalla completa. Me acerqué. Puse el dedo índice sobre la cicatriz. Imaginé el tacto: ¿suave? ¿elevada? ¿fría o tibia al tacto? Me pasé el pulgar por los labios. Me dije: *no es real. Es solo una imagen. Pero si es solo una imagen… ¿por qué me late el pene así?* Me bajé la cremallera del pantalón sin darme cuenta. El aire frío del cuarto tocó la piel sudorosa del pene, que ya estaba medio duro, tieso por la base, la cabeza brillante y oscura. Me agarré con suavidad, como si temiera que se rompiera. Me acordé de cuando era joven: no había miedo. Solo la urgencia, el calor, el *ahora*. Ahora, en cambio, había tiempo. Mucho tiempo. Y eso asustaba. Porque el tiempo es donde se construye la tensión. Y la tensión… la tensión es lo más rico.
Me acosté de lado. Me puse la tablet en el pecho. La pantalla iluminaba mi rostro y el techo. Me pasé la mano por el pecho, despacio. Me toqué los pezones. Me dije: *sí, sí, así*. Me apreté un poco más fuerte, como si quisiera hacerme daño para sentir algo. El pene, en cambio, se ponía más duro, más pesado. La punta se abría como una flor que no quiere abrirse del todo, y de ella salía una gota clara. Me limpié con el pulgar. La llevé a la boca. La probé. Salada. A sudor. A mí. Me puse el dedo en la lengua y lo lamí, despacio. Me cerré los ojos. Imaginé que no era mi propio dedo, sino la mano de alguien más: una mano que me conocía, que sabía dónde dolía y dónde se gozaba. Pero no había nadie. Solo yo. Solo mi cuarto. Solo el sonido de la lluvia que dejó de caer, pero no de *mojar*.
Me giré boca arriba. Estiré las piernas. Me separé los labios de los genitales con los dedos. Me miré el pene, que ya estaba completamente tieso, más oscuro de lo normal por la falta de luz. La vaina estaba tensa, como un tambor. Me pasé la mano de abajo hacia arriba, con la palma ligeramente curvada, como si estuviera acariciando una copa vacía. Me detuve. Me puse una almohada debajo de la cadera izquierda. Así, la entrepierna quedó más alta, el pene más expuesto. Me dije: *no te apresures*. Me tocaba el glande, con la punta de los dedos, como si estuviera escribiendo una carta que no terminaba de firmar. Me recordó a cuando salía con Camila, la del salón 204. Ella decía que me gustaba “jugar con el pito antes de mamarlo”. Y yo le decía: *no es jugar, es saber cuándo tocar*. Ella se reía y me mordía el hombro. Pero Camila ya no estaba. Y yo estaba solo. Y el pene seguía ahí, firme, esperando.
Me pasé un poco de saliva en el dedo índice y lo deslicé por la parte interna del muslo, hasta el escroto. Lo toqué. Me estremecí. El cuerpo me obedecía. Me dije: *sí, sí, así es*. Me apreté los testículos suavemente, como si los estuviera pesando. Me imaginé en una habitación oscura, con una sola luz tenue, una silla de madera, y una cuerda de seda colgando del techo. Me imaginé atado, de pie, con las manos ligadas al respaldo de la silla, y alguien —no sabía quién— acercándose lentamente, con una cuchara de plata, derritiendo cera sobre mi pecho. Pero no era miedo lo que sentía. Era anticipación. El frío de la cera en la piel caliente. El dolor suave. El placer que nace del miedo bien administrado. Me detuve. Me miré el pene. Ya se había encogido un poco, pero seguía tieso. Me dije: *no es suficiente*. ¿Por qué no es suficiente?
Me levanté. Caminé hasta el baño. Encendí la luz con suavidad. Me miré en el espejo. Me lavé las manos. Me puse una toalla pequeña en el suelo, para no resbalarme. Me senté en el borde de la bañera, con las piernas abiertas. Me separé los labios otra vez. Me puse dos dedos en la entrada del ano. No lo empujé. Solo lo toqué. Me recordó el frío del metal en la piel. Me acordé de una vez en la fiesta de Andrés, en el barrio La Candelaria. El tipo del barco: alto, moreno, con un tatuaje de una serpiente en el cuello. Me ofreció un cigarro. Le dije que no. Me dijo: *entonces, un dedo*. Y me pasó el dedo índice por el borde del ano, sin presionar. Me dijo: *solo para que te acostumbres*. Me sonrojé. Pero no me aparté. Me dijo: *no te preocupes. Aquí nadie te juzga. Solo te estás probando*. Me acordé de eso ahora, y sentí una punzada en la entrepierna. Me pasé el dedo por el glande. Me dije: *sí. Sí, así*. Me puse otra vez el pulgar en la boca. Me lamí los labios. Me pasé la lengua por los dientes. Me imaginé que era la lengua de alguien más. Me imaginé con los ojos cerrados, la cabeza hacia atrás, y una voz que me decía: *dime qué quieres*. Yo no respondía. Solo lo miraba. Solo lo esperaba. Y ese *esperar* era más rico que cualquier cosa que pudiera hacerme.
Me puse en cuclillas. Me separé los glúteos con las manos. Me miré el ano. Pequeño, oscuro, como una boca que no quiere hablar. Me pasé el pulgar por encima. Me dije: *no es para entrar. Solo para sentir*. Me pasé el dedo por el borde, con suavidad. Me acordé de cuando tenía 19 años, y me lo llevé la primera vez. Fue en el cuarto de hotel de un tipo que conocí en la discoteca. No recuerdo su nombre. Solo recuerdo el frío del colchón, el olor a jabón de manos, y la forma en que se dio vuelta después, sin decir nada, y me pasó la mano por el culo, como si me estuviera midiendo. Me dijo: *te gustó, ¿no?*. Yo no respondí. Solo asentí. Me besó la nuca. Y me dije: *sí, sí, así es*.
Me dije: *hoy no es el día*. Me limpié con el papel higiénico. Me levanté. Me lavé las manos. Me miré en el espejo otra vez. Me dije: *¿y si hoy te dices que te gustas mucho?* Me pasé la mano por el pelo. Me sonreí. No con ironía. Con verdad. Me dije: *sí. Hoy me gusto. Me gusto mucho*. Me volví al cuarto.
Me acosté boca arriba. Me puse la tablet en el pecho. Volví a la foto. La abrí otra vez. Me acerqué. Me puse el dedo índice en la boca. Me loSaqué lentamente. Me dije: *hoy no es para mirar*. Me apreté el pene con la mano derecha. Me pasé la izquierda por el pecho. Me toqué los pezones. Me dije: *sí, sí*. Me aceleré. No rápido. Con calma. Con ritmo. Como si estuviera escribiendo una poesía que ya conozco de memoria. Me dije: *ahora*. Me detuve. Me pasé la mano por la frente. Sudor. Me dije: *ahora*. Me aceleré otra vez. Más fuerte. Más rápido. Me dije: *sí, sí, así es*. Me puse la otra mano sobre el estómago. Me apreté. Me dije: *sí, sí, sí*. Me pasé la lengua por los labios. Me cerré los ojos. Me imaginé la espalda de nuevo. La cicatriz. El vacío entre los glúteos. Me dije: *no es por ella*. Es por mí. Es por el pene que late. Es por la respiración que se acelera. Es por el cuerpo que se recuerda. Me dije: *sí*. Me dije: *yo me gusto*. Me dije: *yo me gusté mucho*.
Y me corrió. No fuerte. No como antes. Pero sí. Lento. Cálido. Con una sensación de *soltura*, como si por fin hubiera dejado caer algo que llevaba años cargando. Me apoyé la mano en el estómago, donde aún sentía el latido. Me dije: *sí*. Me dije: *hoy me gusto mucho*. Me puse de lado. Me puse la tablet en la almohada. Me miré la foto una última vez. Me dije: *no necesito más*. Me puse a dormir.
Al día siguiente, la calle estaba seca. El sol entraba por la ventana como si nada hubiera pasado. Pero yo sabía que había pasado. Había estado conmigo. No con nadie más. Solo conmigo. Y eso, en un mundo donde todo es ruido y prisa, era el mayor lujo.
Me puse una taza de café. Me senté en la terraza. Miré el barrio, con sus calles mojadas, sus flores en macetas, sus vecinas que ya empezaban a barrendero. Me dije: *hoy me gusto mucho*. Me tomé el café. Me dije: *hoy me gusto más*. Me puse el celular en el bolsillo. Me dije: *hoy me gusto. Y mañana también*.
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Escribo el deseo como quien escribe un poema: con metáforas, sombras y una elegancia que no le quita nada al fuego.