El Juego del Tiempo
La luz del atardecer se deslizaba por las rendijas de las persianas de madera, cortando la habitación en tiras doradas y sombras alargadas. En el centro del círculo de luz, Lucía y Mateo estaban sentados frente a frente sobre un colchón bajo, las piernas cruzadas, las manos descansando sobre los muslos como si fuera un ritual. Entre ellos, una caja de madera oscura—antigua, sin cerradura—descansaba sobre una mesa baja de caoba. No había joyas ni billetes dentro, solo pequeños objetos cotidianos: una llave inglesa, una cucharita de plata, una pluma de cuervo, un reloj de arena vacío.
—¿Recuerdas lo que dijiste la otra noche? —preguntó Mateo, voz baja, sin prisa, con ese tono que siempre precedía a algo más.
Lucía no movió los ojos de su cara. El tiempo se había vuelto denso, pegajoso. Sabía qué venía.
—Dije que me gustaría que me tomaras con calma —respondió—. Pero no especificaste cuánta.
—Calma es relativo —dijo él, inclinándose ligeramente hacia adelante—. Hoy no hay prisa. Tú decides cuándo termina.
Sacó el reloj de arena y lo puso boca abajo. El polvo fino, invisible en la penumbra, comenzó a caer en un hilo constante. No era arena, pero funcionaba igual: marcaba el paso del tiempo con una precisión silenciosa.
Lucía exhaló, lento, y se desabrochó el primer botón de la camisa blanca. No apresuró el movimiento. Cada gesto era deliberado, como si despojarse de la tela fuera un acto de rendición consciente. Mateo no tocaba nada aún. Solo observaba, con los dedos entrelazados sobre las rodillas, la mandíbula ligeramente apretada. Su silencio era más denso que cualquier palabra.
La camisa se deslizó por sus hombros y quedó sobre sus muslos. Debajo, llevaba un sujetador de encaje negro, sin alambres ni forro, solo tejido ligero que dejaba entrever la curva de su pecho al respirar. Mateo no extendió la mano. En lugar de eso, tomó la cucharita de plata y la pasó lentamente por el borde de la caja, produciendo un sonido metálico, sutil, como un arpa mal afinada.
—Tú decides cuándo se detiene el tiempo —repitió.
Ella cerró los ojos. Sintió el calor en la piel, no por la luz, sino por la expectación. Sabía que, cuando el último grano cayera, él podría hacer cualquier cosa: tocarla, morderla, obligarla a hablar, callarla con un beso. Pero también sabía que podría detener el juego en cualquier momento, solo con una palabra. Esa era la regla más importante: el consentimiento no era una línea, era un río que fluía y cambiaba con cada ola.
Abrió los ojos. Mateo había tomado la pluma de cuervo. La sostuvo frente a su pecho, sin tocarla, dejando que la punta apenas rozara el aire justo encima de su pezón.
—¿Te gustaría que lo hiciera ahora? —susurró.
Ella no respondió con palabras. En lugar de eso, inclinó la cabeza hacia atrás, exponiendo el cuello, y dejó que su respiración se hiciera más profunda. El reloj de arena seguía corriendo. Las tiras de luz dorada se acortaban. La habitación se volvía más cálida. Y la pluma, lenta, descendió hasta rozar la piel húmeda ya, sin necesidad de más anticipación.
Fue entonces cuando ella susurró—por primera vez—la única palabra que valía la pena pronunciar en ese instante:
—Sí.
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