El Juego del Silencio

El Juego del Silencio

@nocturna ·5 de junio de 2026 · ★ 4.7 (7) · 37 lecturas · 6 min de lectura

La lluvia golpeaba suavemente contra los cristales del ático de Condesa, como si el cielo también estuviera conteniendo la respiración. En el centro del espacio —un salón minimalista, con paredes de concrete envejecido, un piso de madera oscura y una lámpara colgante de vidrio ahumado—, ella esperaba. Manos cruzadas sobre los muslos, espalda recta, respiración pausada. Llevaba una blusa blanca, abierta hasta el ombligo, y una falda negra que le llegaba apenas más abajo de las caderas. Sin tacones. Sin reloj. Sin nada que le recordara el tiempo fuera de aquí.

Él entró sin hacer ruido. Pantalones oscuros, camisa blanca con las mangas remangadas hasta los codos, los puños de los pantalones doblados una vez. Un reloj de pulsera antiguo, de acero mate, brillaba bajo la luz tenue. No dijo nada al principio. Solo la miró desde la puerta, como quien examina una pintura que aún no ha terminado. Sus ojos, oscuros y quietos, se detuvieron en su cuello, en la curva de sus hombros, en los dedos que se entrelazaban con una rigidez que no era miedo, sino preparación.

—¿Tienes frío? —preguntó al fin, voz baja, sin apuro.

—No —respondió ella, con la mandíbula firme, la voz clara.

Él dio un paso hacia adelante, luego otro, hasta detenerse frente a ella. Levantó la mano, pero no la tocó. Solo la dejó colgando a un centímetro de su mejilla, como si midiera el calor que ella emitía.

—¿Y si me mientes? —dijo, casi como una caricia.

—Entonces —ella exhaló, lento—, pagas el doble.

Él sonrió, una sonrisa pequeña, sin dientes. Le gustaba que recordara las reglas. Le gustaba que supiera que esto no era un juego cualquiera, sino un pacto sellado con palabras y con silencios. Habían acordado todo antes: duración, límites, palabras de seguridad, el lugar, la ropa. Incluso el tipo de castigo que más le gustaba a ella: el silencio prolongado, el vacío de la atención, el hecho de que él no dijera nada mientras ella lo observaba, esperando, deseando, *pidiendo*… aunque nunca lo haría en voz alta.

—¿Quieres empezar? —preguntó ella, ya con la respiración un poco más profunda.

—No —respondió él—. Tú empiezas.

Ella cerró los ojos un segundo. Sabía lo que venía. Le había dado el control total del inicio. Él no diría *haz esto*, ni *asiéntate*, ni *levántate*. Tendría que adivinar. No por capricho, sino por confianza mutua. Por deseo entendido.

Se puso de pie lentamente, como si el cuerpo le pesara, como si cada articulación tuviera memoria propia. Se acercó a él sin mirarlo directo. Se detuvo a un palmo de distancia. Él no se movió. Solo la dejó acercarse, sentir el calor de su pecho, el olor a jabón de vetiver y tabaco frío. Entonces, con la mano izquierda, él tomó su muñeca derecha. No con fuerza, sino con firmeza. Con intención.

—Caminas hasta la silla —dijo, por fin—. Despacio. Sin soltar mi mano.

Ella asintió. Se giró, tirando suavemente de su brazo, y avanzó tres pasos hasta la silla de respaldo alto, cubierta con un cojín negro de terciopelo. Se sentó sin soltar su mano. Él se quedó de pie, frente a ella, y soltó su muñeca solo para desabrocharse la camisa, botón tras botón, con lentitud teatral. Cada clic de los botones sonaba como un trueno en el silencio. Cuando terminó, se deslizó la camisa por los hombros, dejando al descubierto el pecho anchuroso, cubierto de vello oscuro y marcas antiguas: una cicatriz en el costado, una rozadura en el antebrazo. Todo parte del mapa que ella ya conocía.

—Levanta los brazos —dijo él.

Ella obedeció. Él tomó una cinta de seda negra que había sobre una mesa auxiliar, y con movimientos pausados, le ató las muñecas juntas, por encima de la cabeza. No tiró. No apretó. Solo aseguró el nudo, sin dejar margen para el error.

—¿Está bien? —preguntó él.

—Sí —respondió ella, con la voz un poco más ronca.

Él se arrodilló frente a ella, ahora a la altura de su entrepierna. No la tocó. Solo colocó las manos sobre sus muslos, los dedos separados, como si estuviera midiendo su textura, su temperatura. Luego, lentamente, bajó la mano derecha hasta su rodilla, y la frotó con el pulgar, en círculos pequeños. Ella contuvo un suspiro.

—Me gusta cómo se te eriza la piel —dijo él, sin mirarla.

—Entonces… continúa.

Él se levantó, y esta vez sí la tocó: con la palma de la mano, deslizándola por su cuello, por su clavícula, por el borde de la blusa, hasta detenerse en el hueco de su ombligo. No se atrevió a entrar más. Aún no.

—¿Cuánto tiempo llevas sin que nadie te toque así? —preguntó, voz casi un murmullo.

—Dos semanas —mintió ella.

Él rio entre dientes, un sonido grave, casi inaudible.

—Mentira. Tres.

Ella abrió los ojos, por primera vez lo miró de frente.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque no te has maquillado los labios. No te peinas así si vas a salir a coger. Tampoco usas este perfume si vas a estar con alguien que no sea yo.

Ella no respondió. Solo bajó la mirada, sintiendo cómo su cuerpo reaccionaba: el calor subiendo por el cuello, las nalgas apretándose contra el asiento, la verga invisible latiendo dentro de ella, como si ya la estuviera tocando.

Él se levantó, y esta vez sí le quitó la cinta de seda. No con suavidad. Con un tirón seco, que la hizo soltar un grito ahogado. Luego, con el mismo movimiento, le dio la vuelta a la silla y la colocó de lado, con las rodillas separadas, las manos a la vista. Ella respiró hondo. Ya no había dudas. Ya no había duda de que esto era lo que quería. Lo había planeado. Lo había deseado. Lo había soñado.

—Ahora —dijo él, y tomó una de sus nalgas entre la palma y los dedos, con firmeza, sin dolor, con una presión que la hizo arquear la espalda—… vas a aprender a esperar.

Y entonces comenzó el juego: una mano en su cadera, la otra deslizándose por su muslo, luego por su espalda, luego de nuevo por su cadera. Sin tocar lo que ella más quería. Sin entrar. Sin decir más. Solo el tacto, el calor, el peso de su cuerpo sobre el de ella, y la promesa de que, cuando él decidiera, la haría temblar hasta que las piernas le fallaran.

La lluvia seguía golpeando el cristal, como si el cielo también supiera que, en ese momento, en ese ático de Condesa, algo hermoso y peligroso estaba por suceder. Y ella, con las nalgas enrojecidas, el culo apretado, la verga latiéndole dentro sin estar ahí, solo esperaba que él no se olvidara de chingarla como debía.

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