El juego del reloj

El juego del reloj

@paula_invierno ·18 de junio de 2026 · 🔥 4.8 (38) · 306 lecturas · 7 min de lectura

La lluvia golpeaba suave contra los cristales del balcón del apartamento de los Mora, en el cerro de las Tres Cruces. No era una tormenta de mediodía, esa que desborda calles y arrastra hojas secas; era esa llovizna persistente, de junio, que empapa el aire y lo hace pesado, cargado de humedad y de recuerdos. Dentro, el calor era otro: el que se genera cuando el silencio se vuelve denso, cuando dos miradas se entrelazan y no se sueltan, cuando el tiempo se detiene y se mide en latidos, no en minutos.

Carlos y Laura habían invitado a Daniel y a Silvana a compartir la noche. No era la primera vez, pero sí la primera que lo hacían en su propio hogar, en ese rincón de la ciudad donde el viento traía ecos de la ciudad antigua y el café recién hecho olía a promesa. Los cuatro se conocían desde hacía años: Carlos y Laura, casados quince, con dos hijos pequeños que那 noche estaban con la abuela en Medellín; Daniel y Silvana, amigos desde la universidad, más ligeros, más sueltos, con esa chispa de complicidad que a veces se convierte en algo más —o en algo distinto, igual de intenso.

—¿Te parece si dejamos los teléfonos en la cocina? —preguntó Daniel, mientras colgaba su chaqueta en el perchero del hall—. Que esta noche no haya notificaciones, ni alerts, ni *¡oye, checa esto!* que nos saque de aquí.

Laura sonrió, tomando su vaso de vino tinto. El rubor no le venía de la bebida, sino del hecho de ver a Silvana caminar hacia el sofá con esa postura suya de quien no se disculpa por existir: espaldas rectas, caderas marcadas, pies descalzos sobre el piso de madera. La llovizna había manchado sus calcetines de algodón, pero no parecía importarle. Tenía los brazos descubiertos, con tatuajes pequeños de constelaciones en los antebrazos, y una sonrisa que parecía saber de antemano qué dirías si hablaras.

—Claro —respondió Carlos, sentándose en el borde del sillón, las manos entrelazadas, los codos apoyados en los muslos—. Aquí no hay nada que comprobar. Solo hay que estar.

Silvana se dejó caer en el sofá, cruzó las piernas con naturalidad, y sacudió los pies como quitando el agua de la calle. Se volvió hacia Laura.

—¿Y si jugamos algo? —dijo, con ese tono pausado que usaba cuando quería que las palabras se quedaran flotando un rato antes de caer.

—¿Algo? —preguntó Laura, acercándose con el vaso vacío—. ¿Qué clase de algo?

—Algo de tiempo. —Silvana señaló el reloj de pared, un antiguo despertador suizo que Carlos había heredado de su abuelo—. Cada quien elige una hora. Pero no es la hora del día. Es la hora *del cuerpo*. El momento en que algo empieza. El primer latido. El primer roce. El primer *ahh*.

Carlos frunció los labios, como si evaluara la idea. Daniel se inclinó hacia adelante, con las manos en las rodillas, los ojos brillantes.

—¿Y cómo se juega eso?

—Cada quien escribe su hora en una servilleta. Las ponemos en una taza. Sacamos una por una. Y cuando toca, el que la sacó tiene que hacer algo. No necesariamente sexual. Pero sí… íntimo. Algo que nadie más haya hecho con él/a antes. Algo que *solo* se le ocurra a quien lo elige.

Laura se sentó frente a Silvana, con las piernas juntas, la espalda erguida. Miró el reloj. Las manecillas marcaban las diez y veinte.

—¿Y si alguien se niega?

—No hay negación —dijo Daniel, ya con una sonrisa de oreja a oreja—. Solo hay que haber aceptado jugar.

—Solo hay que haber *querido* —corrigió Silvana, y le lanzó una servilleta doblada.

Carlos se puso de pie. Fue hasta la cocina, regresó con una taza de cristal antigua, con el borde dorado y las grietas que el tiempo no logró esconder. Puso las cuatro servilletas dentro. Las movió con el dedo índice, como quien baraja cartas de la suerte.

—Entonces… —dijo—. La primera.

Laura levantó la mano.

—Yo la saco.

Tomó la primera servilleta. La abrió despacio. En la parte interna, escrita con tinta negra, decía: **10:47**.

—Es hora de moverse —dijo Silvana.

Laura se levantó. No con precipitación, sino con intención. Se acercó a Carlos, que seguía de pie, con la taza en la mano. Ella puso sus dedos en la camisa de él, sobre el botón del cuello. Lo desabotonó, lento. El resto de los botones resistieron. Solo uno cedió.

—¿Esto es lo que elegiste? —preguntó él.

—No —respondió Laura—. Esto es lo que me elegí a mí misma.

Sus dedos bajaron más. El pulgar rozó el pecho de él, por debajo de la tela. Carlos inhaló, pero no se movió. Dejó que ella hiciera su juego.

Silvana, sentada, no quitaba los ojos de Laura. Sus dedos se entrelazaban en el regazo, con fuerza. Daniel se inclinó hacia atrás, cruzando los brazos, pero sus ojos seguían el movimiento de las manos de Laura, el descenso de sus nudillos, el modo en que su cuello se estiraba hacia adelante cuando Laura se acercó más.

—¿Qué pasa cuando alguien elige otra hora? —preguntó Carlos, con la voz un poco ronca.

—Entonces… —dijo Silvana, y la llovizna golpeó más fuerte el cristal—… esperas. Y mientras esperas, miras. Oyes. Sientes.

Laura desabotonó los dos primeros botones de abajo. Ya no le tocaba al pantalón. Pero sí al cuerpo. Al calor que subía desde adentro, que no venía del vino, ni de la calefacción, ni del calor del cuerpo del otro. Venía de la elección. Del hecho de saber que, en ese instante, el otro la estaba viendo, no como esposa, no como amiga, sino como quien mira una pintura que no esperaba encontrar en su propio muro.

Carlos le tomó la mano derecha. No la apretó. Solo la sostuvo, con los pulgares rozándose. Ella no retiró la mano. Daniel, desde el sofá, soltó un suspiro que no fue palabra, ni queja, ni aprobación. Solo respiración.

Silvana se puso de pie. Caminó hasta la cocina, volvió con dos vasos de agua. Le ofreció uno a Carlos. Él lo tomó, pero no bebió. Se lo entregó a Laura. Ella lo tomó con ambas manos, lo apoyó contra el pecho, y cerró los ojos.

—¿Te gusta? —preguntó Silvana, con la voz baja.

—No sé —respondió Laura—. Pero quiero saberlo.

—Entonces date tiempo —dijo Silvana, y le acercó el vaso hasta los labios—. No es la hora que elegiste. Es la hora que te das.

La lluvia se volvió más suave. Como si también estuviera esperando. Como si también supiera que algo aún no había empezado.

Daniel se puso de pie. Caminó hasta el balcón, dejó la puerta entreabierta. El aire entró, húmedo, con olor a tierra y a flores que no se veían. Volvió con una manta de lana. No era una invitación. Era un ofrecimiento. Laura la tomó, la desdobló, y se la pasó a Carlos. Él la abrazó, con cuidado, como si fuera una tela que podría romperse si se la daba con fuerza.

—¿Te acuerdas de esa noche en el Cerro del Peñol? —preguntó Carlos—. Cuando llovía igual. Y nos sentamos a esperar que pasara.

—Claro que me acuerdo —dijo Laura—. Pero aquella vez no teníamos reloj.

—Esta vez sí —dijo Silvana—. Y el reloj no miente.

Daniel se acercó a Silvana. No la tocó. Solo se detuvo frente a ella, con las manos en los bolsillos. Ella levantó la vista, y por primera vez, hubo algo más que un juego en sus ojos. Algo que no era miedo. Tampoco era entrega. Era *confianza*.

—¿Y si la hora que elegí es la que tú me das? —preguntó.

Daniel asintió. No dijo nada. Solo se inclinó y le rozó la frente con los labios. Fue tan breve que casi no lo notaron. Pero Silvana cerró los ojos. Y se inclinó hacia atrás, como si el peso de la noche se hubiera vuelto más liviano.

Laura se levantó. Volvió a sentarse en el sofá, entre los dos hombres. No había vergüenza en su postura. Solo presencia. Daniel se sentó a su izquierda, Carlos a su derecha. Silvana se sentó en el suelo, con la espalda apoyada en la pernera del sofá, los pies entre las piernas cruzadas.

No hubo besos. No hubo manos que se perdieran. Solo el roce de una rodilla con otra. El pulgar de Daniel pasando por el dorso de la mano de Silvana. El dedo índice de Carlos recorriendo la

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Hay un deseo que arde mejor cuando se contiene. Escribo desde la melancolía y la noche, esas ganas que no se dicen pero se sienten.

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