El juego del espejo
Ayer, después de que el sol se metió tras el cerro y la ciudad empezó a respirar con más calma, me puse esa camiseta vieja de algodón que me queda suelta pero que, cuando me pongo frente al espejo del baño, se sube sola cuando me agacho. No fue planeado. Fue como cuando te acuerdas de algo que ya sabías pero no lo admitías: yo me estaba tocando sin siquiera darme cuenta, con la respiración perrona que se te pone cuando te acuestas boca arriba y miras el techo, pensando en cómo se siente el aire frío en la piel después de un baño caliente.
Me llamé Fernanda. Tengo treinta y tantos, casada, dos perritos, y mi esposo, que ahora duerme en la cama del otro lado de la pared, no sabe que me he vuelto experta en hacerme cosquillas en los lugares que solo yo conozco. No por vergüenza, sino porque es distinto: es como tener una conversación en voz baja conmigo misma, donde no hay juzgamientos ni prisa, solo el sonido del agua que still gotea del grifo y el frío del piso de mármol bajo los pies descalzos.
Hoy me levanté con ganas de jugar. Me puse un vestido negro ajustado, no para salir, sino para ver cómo se me marcaba la cintura, cómo se me redondeaban las nalgas al caminar frente al espejo del baño. Me maquillé con lentitud, como si me preparara para una cita, pero con una diferencia: nadie me esperaba. Solo yo. Solo mis manos, mi respiración, mi voz, que ahora suena más suave cuando hablo sola.
Me senté en el borde de la tina, con las piernas abiertas, y me puse a observar. No me toqué de entrada. Solo me toqué el cabello, luego la nuca, el cuello, hasta que mis dedos se deslizaron hasta la clavícula y luego bajaron más, hasta donde el vestido empezaba a apretar. Me arrodillé, no por sumisión, sino porque así se ve mejor. El espejo lo reflejaba todo: mis ojos, que se ponen oscuros cuando me acaricio demasiado rápido; mis labios, que se abren sin querer cuando siento que algo está a punto de explotar.
Me bajé el vestido hasta las caderas, sin apuro, dejando que el algodón se enredara en las rodillas. Me toqué el ombligo, luego los costados, luego la zona que ya sabía que estaba sensible: dos dedos abajo, un poco a la izquierda, donde la piel se pone más suave y tierna. Me puse de pie, me separé con las manos, y me vi. Me vi tal cual soy: sudorosa, sonrojada, con las pupilas dilatadas y el aliento cortado. Me toqué la punta del pecho con la yema del índice, presioné un poco, y luego más. Me mordí el labio. Me llamé por mi nombre, como si fuera otra persona que me conociera bien. “Fernanda”, dije. “Aquí. Estoy aquí.”
Me deslicé lentamente hasta sentarme en el borde de la tina, con las piernas más abiertas ahora, los muslos temblando un poco. Me toqué abajo, con dos dedos, buscando el punto que ya conocía, el que se ponía más duro, más vivo, cuando lo acariciaba con un ritmo lento, de arriba abajo, de abajo arriba, como si estuviera escribiendo una carta que solo yo podía leer. Me incliné hacia adelante, apoyando las manos en las rodillas, y me miré en el espejo mientras me tocaba. Me vi sudar, me vi gemir sin decir palabra, me vi llegar al borde, sin dejar de respirar, sin forzar, solo dejándome llevar.
Fue rápido, sí. Pero no por prisas, sino porque el cuerpo sabe cuándo está listo. Me derrumbé contra el espejo, con la frente apoyada, los dedos aún dentro de mí, y solté un suspiro que sonó como un llanto de alivio. Me limpié con la camiseta, me levanté, me lavé las manos, me miré al espejo una vez más. No sonreí. Solo asentí. Porque hoy, yo misma me satisfice. Y no hubo vergüenza, ni miedo, ni prisa. Solo el placer puro, como cuando te acuerdas de que eres dueña de tu propio cuerpo, y nadie más puede quitártelo.
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