El Juego del Espejo
La primera vez que lo vi con ese traje de seda azul marino, supe que el verano no iba a ser igual. Era mi cumpleaños, y él —mi viejo, el que me conoce hasta cuando me olvido de mí misma— me entregó una cajita negra sin decir palabra. Solo me sonrió con esa sonrisa que me hace sentir que aún puedo hacerlo ruborizarse.
—Abrila —susurró, con ese tono que usa cuando sabe que algo va a salir bien.
Dentro, entre pluma de seda, había un espejo pequeño, redondo, con un marco de plata antigua y una inscripción grabada en la parte trasera: *“Lo que ves, lo que quieres. Lo que quieres, lo que tocas.”*
—¿Un espejo? —pregunté, jugueteando con el borde frío.
—Sí —dijo, acercándose detrás de mí, con las manos ya sobre mis caderas—. Pero no es solo eso. Es el juego que vamos a jugar esta noche. Tú me miras. Yo te miro. Y lo que suceda entre medio… ya lo decidimos en el momento.
No usé ropa interior esa noche. Me puse un vestido largo de gasa blanca, con hendidura hasta la mitad del muslo y una espalda descubierta que dejaba ver la curva de mis omopatos. Cuando salí del baño, él ya estaba sentado en el sofá, con las piernas cruzadas y los ojos fijos en la puerta. No dijo nada. Solo me señaló el espejo, que había colocado sobre la mesa baja, entre nosotros.
—Siéntate aquí —dijo, tapando con la palma el cristal—. Pero antes, prométeme algo.
—¿Qué?
—Que no usarás las manos. Nada de tocarte. Solo mirar. Solo sentir.
Asentí. Me senté. Y entonces él, lentamente, destapó el espejo.
Lo que vi no fue mi reflejo normal. El espejo distorsionaba suavemente, como si el cristal estuviera vivo, como si respirara conmigo. Mi imagen aparecía más suave, más oscura en los bordes, con los ojos brillantes. Y detrás de mí —sí, detrás, aunque no había nadie—, se veía su silueta, clara como un sueño.
—Mírame —susurró él.
Le obedecí. Mis ojos bajaron por su reflejo: los pantalones ajustados, la camisa abierta hasta el pecho, las manos sobre sus muslos, con los nudillos ligeramente blancos. Luego, lentamente, movió una pierna. Cruzó la derecha sobre la izquierda, y el gesto fue tan natural, tan suyo, que sentí un cosquilleo en la base del vientre.
—¿Me ves? —preguntó.
—Sí —respondí, con la voz más baja de lo esperado.
—Entonces, quédate quieta. Déjame ver lo que haces cuando me miras.
Y así empezó. Él no me tocó ni una vez esa noche. Solo movimientos pequeños: ajustándose el cuello de la camisa, inclinándose hacia adelante un centímetro, soltando una de las botas con un movimiento deliberado, como si fuera un juego entre nosotros. Y yo, sentada frente al espejo, sentía cómo el calor subía por mis muslos, cómo mis dedos se apretaban contra los brazos del sofá, cómo mi respiración se hacía más lenta, más profunda.
Al final, cuando el reloj marcó las dos de la mañana, él se levantó. Caminó hasta mí, se arrodilló frente al espejo, y puso su mano sobre la mía, sobre el cristal.
—¿Te gustó? —preguntó.
—Sí —dije, sin dudar—. Pero… ¿por qué no me tocaste?
Me giró la cara hacia él, con los ojos oscuros, sonriendo.
—Porque a veces lo más caliente no es lo que se hace, sino lo que se *deja* hacer.
Y entonces, por primera vez, le toqué yo. Le pasé los dedos por el cuello, por la mandíbula, por los labios. Y él, al fin, me besó. Con calma, con ese sabor a café y sal que solo tiene cuando ha estado callado mucho rato.
Desde entonces, el espejo vive en mi cuarto. Y cada vez que lo uso, recuerdo aquella noche: cuando aprendí que el deseo no es un estallido, sino una llama que se alimenta con la mirada, con la espera, con la confianza de que el otro también está jugando.
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