El Juego del Árbol Genealógico

El Juego del Árbol Genealógico

@joaquin_noche ·6 de junio de 2026 · ★ 4.4 (18) · 10 lecturas · 7 min de lectura

La casa de campo en Chapultepec tenía ese olor a madera vieja y polvo de sol que siempre recordaba Joaquín. No era una casa cualquiera: era el refugio donde su tío Raúl —el hermano menor de su madre— lo había criado tras la muerte de sus padres, cuando él apenas tenía catorce años. Ahora, diez años después, Joaquín regresaba como adulto, con el pecho lleno de gratitud y la espalda cargada de secretos que no sabía aún si podría nombrar.

La puerta se abrió con un crujido suave, y allí estaba ella: Mariana, su prima mayor, de pie en el umbral, con un vestido de algodón verde menta que le ceñía la cintura y dejaba al descubierto los hombros pálidos. Su cabello rubio estaba recogido en un nudo torcido, con algunas hebras sueltas que le rozaban la nuca.

—Ya llegaste —dijo ella, sin sonreír del todo, pero con una sonrisa que sí, apenas, le tembló en los ojos.

—Sí. Llegué.

No se abrazaron. No desde hacía años. No después de que él se fuera a estudiar a Guadalajara y ella se quedara a cuidar del rancho, de Raúl y de la memoria de su padre. Pero el silencio entre ellos no era frío: era cargado, como el aire antes de una tormenta veraniega, cuando el cielo se vuelve gris y pesado y todo parece suspendido en espera de algo inevitable.

Joaquín dejó su maleta en el suelo y cerró la puerta. El eco de la cerradura resonó como un disparo en el corredor. Mariana no se movió. Lo observaba con esa mirada que antes solía usar cuando él le robaba sus galletas de vainilla y ella lo pillaría de los pelos, jalándolo para que se disculpara. Pero ahora no había reprimenda en sus ojos, solo una curiosidad aguda, una pregunta sin voz.

—¿Tú y el tío Raúl… están bien? —preguntó él, incómodo con el silencio que crecía entre ambos como una enredadera.

—Él duerme ya temprano. Dice que la edad le pesa más que la mula en el cerro —respondió Mariana, y por fin se acercó. Sus pasos eran lentos, deliberados, como si supiera que cada uno los acercaba más a un precipicio—. Pero tú… tú pareces más pesado que la mula.

—¿Yo?

—Sí. Tienes los hombros tensos. Como si cargaras algo que no sabes dónde soltar.

Joaquín tragó saliva. Ella tenía razón. Llevaba meses cargando con un peso invisible: un deseo que no sabía cómo nombrar, que no quería nombrar, pero que no dejaba de moverse dentro de él como una serpiente en el agua.

—¿Quieres algo de beber? —preguntó Mariana, ya a solo un metro de él. El perfume que usaba era el mismo de su juventud: jazmín y miel, con un fondo ligeramente amargo, como un recuerdo que no quieres olvidar del todo.

—Sí. Agua. Gracias.

Ella asintió y se giró hacia la cocina. Joaquín la siguió con la vista. El vestido le pegaba a las nalgas redondeadas, y el movimiento de sus caderas al caminar era como un baile lento, casi imperceptible, pero que le hizo recordar la primera vez que notó que su prima ya no era una niña: tenía diecisiete, él veinte, y ella se había sentado a su lado en el sofá a ver una peli. Él había sentido el calor de su cuerpo, el leve roce del muslo contra su pierna, y se había quedado paralizado, como si el tiempo se hubiera atascado en su pecho.

—Aquí —dijo Mariana, poniendo un vaso de agua frente a él. El hielo derretido dejaba anillos en la mesa.

—Gracias.

Ella no se sentó. Se quedó de pie, con las manos sobre la mesa, los dedos ligeramente separados, como si estuviera midiendo algo invisible.

—¿Te acuerdas del árbol genealógico? —preguntó, y por primera vez, una sonrisa verdadera le iluminó el rostro.

—¿El qué?

—El que hicimos cuando era niños. El que pegamos en el cuarto de Raúl, con las fotos amarillentas y las flechas que dibujábamos con lápiz rojo.

—Claro. Lo guardaste.

—Lo guardé. Y lo actualicé.

Joaquín la miró fijamente. Ella se inclinó un poco, y entonces, por fin, lo tocó: con la yema del índice, trazó una línea imaginaria desde su mandíbula hasta su cuello, como si estuviera marcando un nombre en la familia.

—¿Sabes qué descubrí hace poco? —susurró, sin bajar la mano.

—¿Qué?

—Que no somos tan distintos. Tú y yo. Que somos los únicos que quedamos. Que todos los demás se fueron, se casaron, se fueron lejos… y solo quedamos aquí, los dos, como dos ramas que se cruzan sin saber si van a romperse o a abrazarse.

Joaquín no dijo nada. Su garganta estaba seca. Su corazón latía fuerte, como si quisiera salir por la punta de las costillas. Ella retiró la mano, pero el calor de su dedo seguía marcado en su piel.

—¿Te gusta esto? —preguntó Mariana, y su voz ya no era una pregunta, era una confesión envuelta en seda.

—¿De qué hablas?

—De esto —dijo ella, y se acercó más, hasta que su aliento rozó su oreja—. De que me pongo nerviosa cuando me miras. De que he soñado con tus manos en mi cintura. De que cada vez que entras a una habitación, mi cuerpo se adelgaza un poco más, como si te estuviera esperando.

—Mariana…

—No digas nada. Solo respóndeme: ¿te gusta esto? ¿Te gusta que te mire así? ¿Te gusta que sepa qué haces cuando crees que no te veo?

Joaquín la miró a los ojos. Y vio que no había vergüenza en ellos, solo fuego. Y un fuego que él ya no quería apagar.

—Sí —dijo, y su voz salió ronca, como si la hubiera tenido guardada toda la vida.

Ella sonrió, y esta vez fue una sonrisa de victoria. Se dio media vuelta y se sentó en la mesa, con las piernas separadas a propósito, como si la comida aún estuviera encima y ella estuviera esperando a que él la ayudara a recoger. Pero no había nadie más en la casa.

—Entonces ven —dijo—. No con miedo. Con hambre.

Él se levantó. Y caminó hacia ella como quien camina hacia un altar: con respeto, con miedo, pero sin retroceder.

Se detuvo frente a ella. Las manos le temblaban. Ella no le pidió permiso. Solo puso una mano en su nuca, lo atrajo hacia abajo, y besó su boca con una ternura que lo hizo temblar más.

—¿Tú crees que Raúl nos oye? —preguntó ella, rozando sus labios con los dientes.

—No —mintió Joaquín, porque sabía que Raúl dormía con los oídos malos, pero también sabía que esa noche no escucharía nada, porque el mundo se había reducido a ese beso, a esa boca, a ese sabor a miel y jazmín que ahora era suyo.

Se levantó, y él la siguió. Subieron las escaleras de madera, cada paso un suspiro, cada giro una promesa. En el cuarto de Raúl, Mariana se quitó el vestido sin mirarlo. Solo le dijo:

—Tú ya sabes lo que haces.

Él no lo sabía. Pero lo hacía. Con lentitud. Con cuidado. Como si estuviera reescribiendo un texto que siempre supo que debía existir.

Y cuando por fin estuvieron juntos, cuando su cuerpo se hundió en el suyo como el río en la tierra seca, cuando sintió su culo apretado contra su vientre y su verge hundida en su interior, no hubo arrepentimiento, solo una certeza antigua: que algunos árboles genealógicos no se rompen. Se doblan. Se curvan. Y se convierten en algo nuevo. Algo que duele, que quema, pero que es imposible de olvidar.

—Joaquín… —murmuró Mariana, con los dientes apretados, con las uñas clavadas en su espalda—. No pares. No pares nunca.

Y él no paró. Porque en esa habitación, con el calor de la noche pegado a sus pieles, sabía que ya no había vuelta atrás. Solo el juego. Solo el árbol. Solo ellos.

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