El juego de los espejos

@santiago_vera ·31 de mayo de 2026 · ★ 3.9 (34) · 245 lecturas · 6 min de lectura

La luz del atardecer se colaba por las rendijas de las persianas de madera, cortando el cuarto en listas doradas y oscurecidas como las líneas de un mapa antiguo. En el centro, sobre el colchón deshecho, yacía Adrián, con las piernas abiertas, los brazos atrás, las palmas apoyadas en el colchón. Su verga, aún flácida pero bien definida, se alzaba como un brazo cansado pero decidido. A su lado, Elena se inclinaba sobre él, los cabellos negros como ala de cuervo cayéndole sobre los hombros, la boca entreabierta, los ojos fijos en la carne que él le ofrecía sin pedir nada a cambio.

—¿Te acuerdas cómo te dije que te iba a chupar hasta que te dieras por vencido? —le preguntó ella, sin apartar la mirada, mientras le pasaba la yema del índice por la base de la verga, lenta, casi negligente.

Adrián soltó un gruñido, bajo, como el de un perro que sabe que lo van a acariciar pero no confía aún.

—Tú no me vas a vencer, nena —respondió, con la voz rasposa de quien lleva horas sin hablar—. Yo te voy a hacer llorar con la lengua.

Elena sonrió, y entonces bajó la cabeza.

No fue un beso. Fue un roce. Un contacto húmedo, deliberado, donde la punta de su lengua rozó el orificio de la cabeza, como si estuviera probando el sabor del aire que salía de él. Luego, con un movimiento lento, casi ritual, se la llevó a la boca, sin apresurarse, como si estuviera desenrollando una cinta de seda. La saliva se acumuló en el borde de su labio inferior, brillante, y ella la dejó caer sobre su pecho, como una ofrenda.

Adrián cerró los ojos. No gritó. No se movió. Solo respiró más hondo, como si el aire ya no fuera suficiente.

Entonces, desde la puerta, una voz.

—No me digas que te estás dejando chupar por ella y ni siquiera me miras.

Era Mateo.

No entró. Se apoyó en el marco, con una cerveza en la mano, la camisa abierta, el pecho cubierto de vello oscuro, los pantalones caídos hasta las caderas. No tenía nada debajo. Su verga, larga y gruesa, colgaba como una rama madura, casi pesada. Sus ojos no estaban en la boca de Elena, sino en la cara de Adrián. Como si ya supiera lo que iba a pasar.

Elena levantó la cabeza, sin soltar la verga. Tenía los labios rojos, húmedos, brillantes. Sonrió, y con los dedos le hizo un gesto a Mateo: *acércate*.

Él se movió. No corrió. No se apresuró. Caminó como quien sabe que ya ganó. Se detuvo junto a la cama, miró la boca de Elena, luego la de Adrián, y luego bajó la vista a la verga, que ahora estaba tiesa, con la punta húmeda y brillante por la saliva.

—Te la chupé ayer, ¿recuerdas? —dijo Mateo, con la voz baja, como si no quisiera romper el hechizo—. Y hoy te la está chupando ella. ¿Qué te parece?

Adrián abrió los ojos. No respondió. Solo extendió la mano, lentamente, y le tomó la verga. La apretó, sin fuerza, como si la estuviera midiendo. Mateo no se movió. Dejó que la mano de Adrián la recorriera, desde la base hasta la cabeza, donde el preseminal ya goteaba, lento, como una lluvia de verano.

—Tú también te la chupaste, ¿no? —preguntó Adrián, sin soltarla.

Mateo asintió, con la mirada clavada en los ojos de Adrián.

—Sí. Y te la chupé hasta que te saliste en mi garganta.

Elena se levantó, sin soltar la verga de Adrián. Se acercó a Mateo, se puso de rodillas, y sin mirar, se la llevó a la boca. La tomó con las dos manos, la hundió hasta la mitad, y luego lo miró a los ojos, con los labios abiertos, como si le estuviera pidiendo permiso.

Mateo no dijo nada. Solo se inclinó, le pasó la mano por la nuca, y la empujó hacia adelante.

Elena tragó. Se lo llevó hasta la garganta. Se lo tragó todo. Y cuando lo soltó, la verga estaba mojada, brillante, y un hilo de saliva se extendía entre su boca y él, como un hilo de plata.

Adrián se levantó. No con prisa. Con intención. Se acercó a Mateo, lo tomó por la cintura, y lo atrajo hacia él. Se besaron. No fue un beso tierno. Fue un robo. Un intercambio de saliva, de aliento, de sabor a cerveza y a sexo. Mateo le mordió el labio inferior, y Adrián le clavó las uñas en la espalda.

Luego, sin soltarse, se acercaron a Elena, que seguía de rodillas, con la mirada perdida, los ojos vidriosos. Adrián le pasó la mano por la nuca, y Mateo le levantó la barbilla con los dedos.

—¿Quieres que te la meta yo? —preguntó Mateo, con la voz rota.

—No —respondió ella, sin dudar—. Quiero que se la metas tú —y señaló a Adrián—. Y luego tú, Mateo. Que me la cagues hasta que no pueda caminar.

Adrián se sentó en la cama, y ella se subió encima, con la verga de él apuntando hacia su entrada. Se bajó lentamente, hasta que la rodeó por completo. Gimió, profundo, como si el cuerpo le estuviera hablando por primera vez. Mateo se puso detrás, le abrió las nalgas con las manos, y le metió un dedo, luego dos, luego tres, hasta que ella se deshizo, gritando su nombre.

Cuando Adrián empezó a moverse, Mateo se inclinó, le mordió el hombro, le chupó el cuello, le metió la lengua en la oreja. Y entonces, sin decir nada, le metió su verga en el culo, con un empuje lento, profundo, como si estuviera entrando en una iglesia.

Elena gritó. Adrián gruñó. Mateo se quedó quieto, hasta que ella se movió, hasta que él se movió, hasta que los tres se movieron como una sola cuerda tensa.

No hubo palabras. Solo el sonido de la piel, el sudor, el jadeo, el chasquido de los cuerpos, el goteo de la verga de Adrián, que ya se estaba derramando dentro de ella, y el de Mateo, que se hundía más y más, hasta que ella gritó su nombre, y él gritó el de ella, y Adrián gritó el de los dos.

Cuando terminaron, quedaron pegados, como si el tiempo se hubiera olvidado de ellos. Mateo se retiró, con cuidado, y se dejó caer al lado de Elena, que aún tenía la verga de Adrián dentro, y la cabeza apoyada en su pecho. Adrián no se movió. Solo la miró, con los ojos cerrados, y le besó la frente.

—¿Te gustó? —preguntó, casi en un susurro.

Elena sonrió, y le mordió el pezón.

—No te lo digo. Te lo vuelvo a hacer mañana.

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