El Juego de las Lluvias
7 minEl Juego de las Lluvias
La primera vez que noté el cambio fue en la cocina, mientras le servía café a mi esposo, Luis, y él me miraba la espalda con los ojos un poco más oscuros de lo normal. Me había puesto esa playera de algodón ceñida, la de los mangos flojos, y él me había visto reflejado en el vidrio del horno microondas. No dijo nada, pero su mano se detuvo en el borde de la taza, y ese instante se me clavó en la nuca como una advertencia dulce.
Luis y yo llevábamos siete años juntos. Ya no nos mirábamos como novios nuevos, pero tampoco como compañeros de cuarto. Había una ternura estable, cómoda, y esa comodidad, a veces, se volvía un velo demasiado grueso. Hasta que decidimos jugar.
Todo empezó con una fiesta. Una amiga común, Mariana, nos invitó a su casa un viernes de junio, con ese aire de “algo diferente, pero nada serio”. Nosotras, las mujeres, habíamos hablado por WhatsApp días antes: *“¿Ustedes vienen?… sí, con su perrito, claro… pero también vienen los nuevos, los de la fiesta del lago…”*. Y ahí, en el grupo, sin dar detalles, sin forzar nada, había esa chispa.
Luis y yo no habíamos platicado aún. Pero al ver que Mariana me había escrito *“ven con confianza, y con ganas”*, sentí que algo en mí se aflojaba, como si mi cuerpo me adelantara una confesión que mi mente aún no tenía lista.
Llegamos a las ocho. La casa de Mariana estaba llena de luces tenues, música suave —nada de reggaetón, ni nada estridente— y una barra con cocteles que olían a limón, ron y canela. Ella, con su cabello rizado suelto y una sonrisa que sabía demasiado, nos abrazó a ambos y susurró: *“Ustedes son los últimos. Ellos ya están ahí, en el patio trasero”*.
Y entonces lo vi.
No al inicio. Al principio, solo percibí su presencia como una brisa distinta: el silencio que se rompió cuando alguien se acercó al grupo donde estábamos nosotras, las mujeres, con vino en mano, risas cortas y miradas que se cruzaban como pestañeos rápidos. Cuando giré, él ya estaba frente a mí, con una botella de tequila artesanal en la mano, una sonrisa tranquila y ojos que me reconocieron aunque no nos habíamos visto antes.
Se llamaba Daniel. Alto, de hombros anchos pero no exagerados, piel morena oscura, barba bien cuidada, y una cicatriz pequeña, casi invisible, en el sobaco izquierdo. Me tendió el vaso con tequila, no el vino que yo tenía, y dijo: *“Marina me dijo que te gusta el tequila. Que lo tomas puro, sin hielo”*. Y sí, lo tomo puro, sin hielo, y me extrañó que lo supiera.
—¿Y tú sabes quién soy? —le pregunté, con una sonrisa que más que coquetería era curiosidad.
—No. Pero quiero aprender.
No fue una línea. Fue una invitación. Clara, directa, sin presión. Me gustó.
Daniel se unió a nuestro grupo, y pronto Luis y él empezaron a hablar de fútbol, de coches viejos, de viajes que habían hecho por el norte. Mientras tanto, Mariana y yo nos mirábamos de reojo, compartiendo sonrisas que decían más que las palabras. Porque sí, todos sabíamos por qué estábamos ahí. No era una fiesta cualquiera. Era un juego, y ya habíamos dado el primer paso al cruzar la puerta.
Al rato, Mariana nos invitó a pasar al jardín trasero. Había luces de fairy, un par de cojines en el suelo, y una fogata pequeña que olía a madera de encino. El aire se volvió más denso, más cálido, y yo sentí que mi piel se ponía sensible al roce de la brisa.
Daniel se sentó frente a mí, no muy cerca, pero sí lo suficiente para que cada vez que me movía, su mirada me alcanzara. Luis, entre tanto, ya estaba conversando con otro hombre, y Mariana se acercó a él con una copa en mano, y ambos se alejaron un poco, como si nos dejaran solos por primera vez.
—¿Tienes miedo? —me preguntó Daniel, bajo, casi una sombra entre las risas lejanas.
—No —dije, y luego, más suave:—. Solo curiosidad.
—¿Y si te digo que ya pienso en ti desde que entraste?
—Entonces te diré que yo ya noté cómo me miraste desde la cocina.
Se rió, y fue una risa seria, sin exageraciones, como si también estuviera descubriendo algo en mí.
—¿Te gustaría que te tocase? —preguntó, y me miró a los ojos sin titubear.
No dudé.
—Sí.
Fue entonces cuando me tomó la mano. No con fuerza, pero sí con seguridad. Me levantó suavemente y me condujo hacia una hamaca al fondo del jardín, donde las luces eran más tenues y el silencio más profundo. Nos sentamos, lado a lado, y él me pasó un brazo por los hombros. No me besó. Solo me acarició el cabello con la punta de los dedos, como si estuviera aprendiendo el contorno de mi cuerpo con las yemas.
—¿Te gusta cuando me tocas a mí? —le pregunté, casi en un susurro.
—Sí —dijo—. Pero me gusta más cuando tú te dejas tocar.
Me giré un poco, lo miré a la boca, y le acerqué mi mano a la cara. Me tomó la muñeca y me llevó su aliento al cuello. Me estremecí. Sentí su verga blanda contra mi muslo cuando se movió un poco para acomodarse, y me gustó más que cualquier palabras.
—¿Luis sabe lo que siento ahora? —le pregunté.
—Sí —dijo—. Y tú también lo sabes.
Fue entonces cuando volvió. Luis se acercó, con una botella de agua en mano, y se sentó a mi otro lado. No dijo nada al principio. Solo me pasó el agua, me dio un beso en la sien, y luego miró a Daniel.
—¿Le estabas contando historias de tu infancia? —le preguntó, y su voz sonó cómplice.
—Solo le contaba que me encanta tu casa —dijo Daniel, y me sonrió.
Luis asintió y me tomó la mano libre. Los tres sentados en la hamaca, con las piernas extendidas, los pies casi rozando el suelo, y el jardín lleno de sombras y luces que se movían con el viento.
Fue Daniel quien se levantó primero.
—¿Me dejan llevarla un rato? —preguntó, y se agachó hasta mis ojos—. Solo un paseo. Por el jardín. Como si fuéramos nuevos.
Luis me miró. Y yo le sonreí, y le dije:
—¿Te importa?
—No —dijo—. Solo recuerda que tú eres mía.
—Y tú eres mío —respondí—. Pero esta noche, también somos de él.
Daniel me tomó de la mano y me llevó a caminar. No hablamos mucho. Solo escuchamos los grillos, el murmullo de la casa, y el sonido de nuestras pisadas sobre el césped mojado por el riego automático que acababa de terminar. Mis nalgas still mojadas por el rocío, y la tela de mi falda se pegaba un poco a la piel.
Al llegar a una banca de madera, debajo de un árbol de limón, Daniel se detuvo. Me dio la espalda, se quitó su camisa, y entonces supe que no iba a ser una prueba, ni un juego. Iba a ser real. Me giré y le toqué la espalda, con las yemas de los dedos, sintiendo la textura de su piel, los músculos tensos y relajados a la vez.
—¿Quieres que te quites todo? —me preguntó.
—Sí —dije—. Pero primero… déjame verte.
Me arrodillé frente a él, no por sumisión, sino por curiosidad, por deseo. Le desabroché el pantalón lentamente, y cuando su verga salió, blanda al principio, pero ya firme por el calor, por el contacto, por la expectativa, la toqué con una sola mano, como si fuera una promesa.
—Eres hermosa —me dijo, y me besó la frente.
Y entonces, entre el olor a limón y a tierra mojada, entre las risas de fondo y el eco de los pasos lejanos, él me metió dentro, suave, con cuidado, y yo sentí que mi cuerpo se abría como una flor que sabe que ha llegado su hora.
No fue rápido. Fue profundo. Fue lento. Fue mío. Y aunque Luis no estaba físicamente ahí, lo sentí presente en cada respiro, en cada movimiento, como un testigo silencioso que también se estaba dejando llevar por la corriente.
Cuando terminamos, Daniel me besó la frente otra vez, y me dijo:
—Gracias por dejarme verte.
Y yo le sonreí, y le dije:
—Gracias por dejarme sentir que puedo.
Al regresar, Luis me esperaba, sentado en la hamaca, con una manta en las piernas. No dijo nada. Solo me abrazó, y yo me dejé llevar,
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