El Jardín de los Naranjos en Flor

El Jardín de los Naranjos en Flor

@la_condesa ·5 de junio de 2026 · ★ 0.0 (0) · 0 lecturas · 3 min de lectura

La luz del atardecer se colaba por los ventanales de cristal esmerilado del *Hacienda Las Moras*, bañando en dorado suave el suelo de cantera. Doña Valeria —cuarenta y tantos, cabello negro recogido en un moño apretado, vestido de seda color miel que le ceñía las caderas y dejaba al descubierto la curva de los hombros— caminaba descalza sobre el mármol fresco. Sus pasos no hacían ruido; sabía dónde estaba cada baldosa, cómo reaccionaba bajo su peso, cómo guardaba el eco de sus decisiones. En el jardín, entre los naranjos en plena flor, olía a azúcar quemada y a humedad de tierra recién regada.

—¡Ay, Valeria! —la voz de Mateo surgió detrás de ella, apenas un murmullo, pero con ese tono que no perdona—. ¿Te diste cuenta de que el riego automático no funcionó ayer?

Ella no se volvió de inmediato. Dejó que él caminara hasta estar a un metro, justo donde el perfume de las flores se volvía más intenso. Mateo —treinta y pocos, barba recortada, camisa de lino abierta hasta el ombligo, pantalón de tela clara que le marcaba la musculatura de los muslos— se detuvo. Sabía que el primer paso lo daba ella.

—No me digas que vine a regar naranjos —dijo ella, finalmente, con una sonrisa que no le llegaba a los ojos.

—Vine a verte. A verte *verdaderamente*. —Su voz se volvió más baja, más áspera, como arena que se mueve bajo la superficie.

Valeria dio un paso hacia él. Su mano derecha, delicada pero firme, subió hasta su pecho y empujó con suavidad. Mateo cedió un paso atrás, pero no le quitó la mirada de encima. Ella se detuvo frente al tronco de un naranjo, lo rozó con la espalda, y con la mano izquierda le hizo un gesto: *acércate*. Él lo hizo. Su cuerpo quedó entre el suyo y la corteza rugosa del árbol.

—¿Sabes qué huele más fuerte en esta temporada? —le preguntó ella, acercando su boca a su oreja—. El olor a *chinga* cuando alguien se lo come todo. Sin pedir permiso. Sin pedir nada.

Mateo respiró hondo. Sentía el calor de su pecho, el latido de su corazón contra su clavícula. Sus dedos, que ya habían rozado su cintura, ahora subieron lentamente hasta sus costillas, sin apretar, solo *avanzando*.

—¿Y qué hago si quiero chingarte aquí, Valeria? —murmuró, con la voz ya cargada—. ¿Si quiero meterte la verga hasta que te salgas de los naranjos?

Ella le respondió con una risita corta, seca, que parecía un trueno lejano. Luego, con la punta de la lengua, le lamió el lóbulo de la oreja y bajó hasta su cuello.

—Si quieres chingarme *de verdad*, Mateo… —susurró—, primero me pides permiso. Y después me demuestras que sabes esperar. Que sabes *controlar*. Que no eres solo un perro rabioso que corre tras un hueso.

Mateo cerró los ojos. Sintió la mano de ella deslizarse por su abdomen, bajar al borde del pantalón, y con un solo movimiento, soltar el botón. No tiró. Solo lo *soltó*. Como quien suelta una rienda, sabiendo que el caballo ya sabe adónde ir.

—Entonces… ¿puedo? —preguntó, sin abrir los ojos, con la respiración entrecortada.

—Sí —dijo Valeria—. Pero si te saltes una regla… no vuelves a tocar ni una flor de este jardín.

Él asintió. Luego, con cuidado, la levantó. Ella enrolló las piernas a su cintura, y mientras las flores de naranjo caían sobre sus espaldas como pétalos de nieve, Mateo la llevó hacia el banco de piedra al fondo del jardín. Sin prisa. Sin miedo. Con la seguridad de quien sabe que, al final del camino, no hay pecado. Solo placer *consentido*.

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