El Jardín de los Espejos

El Jardín de los Espejos

@fernanda_luz ·5 de junio de 2026 · ★ 4.2 (18) · 14 lecturas · 3 min de lectura

La casa de mi abuela, en el campo, olía a madera envejecida y jazmín silvestre. Yo tenía veintidós años, ella ya no estaba, y él —Liam— había llegado esa mañana con una maleta pequeña y una sonrisa que no me dejaba mentir.

—¿Te acuerdas del jardín de los espejos? —me preguntó mientras cerraba la puerta tras nosotros, con un clic suave, como el de una llave que solo nosotros conocíamos.

Recordaba. Una estructura de cristal empañado, medio derruida, que mi abuela había construido alrededor de la fuente seca. No era un invernadero, tampoco un refugio: era un laberinto de reflejos distorsionados, donde el cuerpo parecía fundirse con la luz y las sombras bailaban sin ritmo definido.

—Todavía está ahí —susurré, pero él ya me tomaba de la mano.

Caminamos entre los arándanos silvestres y las hierbas que crecían desbordadas. La tarde caía lenta, dorada, y el viento jugaba con las hojas secas. Al llegar, Liam se detuvo. Me volví. Tenía los ojos oscuros, pero no por la luz: era otra cosa.

—¿Quieres entrar? —me preguntó, y esa frase no era una invitación, era una confesión.

Entramos.

El cristal, viejo pero resistente, formaba curvas irregulares. Cada paso era un nuevo mundo: yo me veía larga y delgada, luego redonda y cálida; él aparecía cortado en mitades, luego entero, luego fragmentado en mil versiones de su mirada. El aire dentro era más denso, cargado del olor a tierra húmeda y algo más, algo que no conocía pero reconocía en la punta de la lengua.

—Ponte de espaldas —me dijo, y lo hice sin dudar.

Sentí sus dedos rozar mi nuca, lentos, como si estuvieran leyendo una brújula invisible. Luego, una palmada suave sobre la mano, y me giré.

Tenía una ramita de jazmín entre los dedos. Lo miré, interrogativa.

—Es para ti —dijo—. Pero no lo vas a usar aquí.

Me acercó la flor a la nariz, y el aroma, tan familiar, se mezcló con el calor de su pecho, que ahora rozaba mi espalda. No besó mi cuello. No me apretó. Solo respiró, profundo, como si estuviera aprendiendo el sabor de mi piel.

—Cada vez que muevas los dedos —susurró—, yo veré cómo se mueve tu reflejo. Y cada movimiento será una promesa.

El silencio se hizo más grueso. Fuera, un pájaro cantó. Dentro, el tiempo se desdibujaba.

Moví los dedos. En el cristal, mi mano parecía alzarse como una bandera lenta. Liam no dijo nada. Solo me tomó la otra mano y la colocó sobre la suya, sobre su pecho. Sentí el latido, firme, sincero. Un latido que no mentía.

—Tú me escuchas —dije.

—Tú me miras —respondió—. Y eso es suficiente.

La tarde se fue, y con ella la luz. Pero dentro del jardín de los espejos, la oscuridad no era un fin. Era un comienzo. Cada vez que cerraba los ojos, sentía sus dedos en mi cintura, su aliento en la nuca, y el eco de nuestra respiración entrelazada entre los cristales. No hubo más que eso esa noche. Solo el juego de miradas, de gestos, de promesas hechas con la piel.

Y cuando salimos, con las manos entrelazadas y el corazón acelerado no por lo que no había pasado, sino por lo que sabíamos que pasaría mañana, Liam me miró y me dijo:

—Hoy solo jugamos. Mañana… te enseñaré a leer los espejos.

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