El Jardín de los Días Puestos en Marcha

El Jardín de los Días Puestos en Marcha

@fernanda_luz ·20 de junio de 2026 · 🔥 4.0 (7) · 354 lecturas · 7 min de lectura

La lluvia golpeaba suavemente contra los cristales del invernadero, ese rincón de la casa de campo que Ana y Leo habían rehabilitado juntos. No era un lugar de luces brillantes ni de plantas exóticas, sino de geranios, orquídeas y una higuera que, cada verano, cargaba de frutos oscuros y dulces. Ana tenía los pies descalzos sobre el suelo de piedra, las piernas ligeramente separadas, y el cabello suelto, mojado por las últimas gotas que still caían del techo de vidrio. Leo la observaba desde la puerta, sin atreverse a acercarse de inmediato. Ella lo sintió antes de voltear, como siempre—como si su cuerpo recordara el suyo incluso cuando la mente estaba distraída.

—¿Viste cómo se abrió la higuera esta mañana? —dijo Ana, con una sonrisa que le temblaba en los labios, y con una mano levantó una rama baja donde colgaba una fruta hendida, jugosa, lista para caer al primer viento.

Leo asintió, con la camisa húmeda por la espalda y la respiración un poco más profunda. No era la primera vez que estaban allí, pero hoy había algo distinto en el aire: la humedad, el aroma a tierra mojada, y la forma en que Ana lo miraba, no con urgencia, sino con calma, como quien hojea un libro querido y sabe que puede volver al capítulo favorito cuando quiera.

—Sí la tocas, se cae —advirtió él, acercándose despacio, con las manos en los bolsillos, como si contuviera algo más que el deseo.

—¿Y si la dejo? —preguntó ella, soltando la rama, dejando que el fruto se quedara colgando, a punto de rendirse.

Leo ya estaba detrás de ella, las palmas sobre sus hombros, los pulgares rozando el escote del blusón de algodón que llevaba puesto. La tela era fina, y con el sudor y la humedad, se pegaba un poco a los pezones, que se tensaron apenas su contacto.

—Se cae sola… pero tú no —susurró él, inclinándose para besarle el cuello, donde la piel estaba húmeda y salada—. Tú te dejas tocar, ¿verdad?

Ana exhaló, una risa corta, nerviosa, y se inclinó hacia atrás, apoyando la cabeza en su hombro.

—Sí —dijo, con la voz que solo usaba con él—. Me dejo. Pero que quede entre nosotros que fui yo la que se dejó.

Leo le dio la vuelta, y esta vez no dudó: pasó las manos por su cintura, por las curvas de sus caderas, por las nalgas que tanto le gustaban, redondas y firmes, como si fueran hechas a propósito para que él las sostuviera. Y las sostuvo, con las uñas apenas rozando la piel, hasta que ella soltó un gemido bajo, apenas un murmullo entre dientes.

—¿Todavía huele a tierra cuando te toco? —le preguntó él, desabotonándole la camisa con lentitud, con dedicación, como si cada botón fuera una promesa que cumplir.

—Sí —respondió Ana, mientras él bajaba los hombros de la camisa y dejaba al descubierto el sostén de encaje, negro, con un lazo que parecía un nudillo—. Pero también huele a ti. A cuero viejo y café sin azúcar.

Leo se arrodilló sin pausa. Con los dedos, deslazó los tirantes y bajó el sostén, dejando al descubierto los pechos redondos, los pezones oscuros, hinchados ya por la espera. Los besó uno por uno, primero el izquierdo, luego el derecho, con la lengua tibia y los dientes apenas asomando, sin morder, pero con intención. Ana puso las manos en su cabello, no para empujar, sino para sostenerlo, como si temiera que se fuera.

—¿Recuerdas la primera vez que vine aquí? —le dijo ella, con la cabeza ligeramente arqueada, los ojos cerrados—. Te dije que el jardín era un lugar sagrado. Que no se entraba con los zapatos.

—Y tú dijiste otra cosa —respondió Leo, mientras subía las manos por sus costillas, hasta alcanzar el borde de los pantalones—. Dijiste que si algún día me atrevía a quitarte los pantalones ahí mismo, sin pedir permiso, me lo ibas a hacer pagar.

—Me atreví —dijo Ana, y se inclinó, besándolo en la comisura de los labios—. Pero hoy no. Hoy te lo pido.

Leo soltó una risa baja, se levantó, y le desabrochó el cinturón con una sola mano, mientras la otra le acariciaba la nuca. Deslizó la cremallera, y luego, con cuidado, bajó los pantalones y la ropa interior hasta las rodillas. Ana dio un paso atrás, permitiéndole verla toda: las piernas estilizadas, el vello púbico rubio y bien recortado, la vulva húmeda ya, entreabierta, como una flor que no espera más que la luz.

—¡Chingada! —exclamó Leo, en voz baja, con la verga que ya le palpitaba dentro del pantalón, dura y pesada.

Ana sonrió, y se quitó las sandalias, los calcetines, y se acercó a él. Le desabotonó la camisa por completo, la sacó de los pantalones, y con una sola mano le desabrochó la hebilla y bajó la cremallera. Le metió la mano dentro, sintió el calor, el peso, la curva de su verga, y la envolvió toda, con la palma y los dedos, con la suavidad de quien sabe que eso no se apresura.

—¿Te acuerdas cuánto te dije que me gustaba? —le preguntó, estirando el pene hacia afuera, frotando la punta con el pulgar, recogiendo la humedad que ya se le formaba.

—Sí —dijo Leo, con los ojos cerrados, la cabeza apoyada en el hombro de la higuera—. Que parecía una rama vieja, pero que si la tocabas bien, se ponía dura como el caucho.

—Ahí está —dijo Ana, acercándose, y con la otra mano le apartó el pelo del cuello—. El caucho está listo.

Leo la tomó de la cintura, la levantó como si fuera ligera, y la sentó sobre el banco de madera, el que estaba bajo la higuera, donde solían descansar con el té y los panecillos. Ana separó las piernas, y Leo se puso entre ellas, con la verga apoyada ya en su entrada, húmeda y tibia. La rozó con la punta, una, dos veces, hasta que ella gimió, bajó la cabeza, y le pidió con un susurro:

—Entrame, cariño. Que te meta hasta el fondo, que sienta tu verga en el fondo de mi vientre.

Leo empujó, lento, cada centímetro, hasta que sus caderas se tocaron, hasta que sintió el cuerpo de Ana cerrarse a su alrededor, apretando, chupando, acogiendo. Ella soltó un grito ahogado, con los ojos cerrados, las uñas clavadas en sus brazos, y lo atrajo hacia sí, para que él también sintiera el calor, el peso, la ternura que había en ese momento.

—Eres mía —le dijo Ana, con la voz rota—. Cada vez que me coges, siento que eres mío más de ayer.

—Y tú eres mi jardín —respondió Leo, moviéndose despacio, con las caderas hundidas, con la cabeza apoyada en su hombro—. Donde todo florece cuando te toco.

Ana comenzó a mover las caderas también, subiendo, bajando, con la misma cadencia, con la misma seguridad. Leo la miraba, la luz filtrada por el vidrio le daba en la piel, en los pechos, en el vello púbico, en la forma en que sudaba por las sienes. Y la besó, por primera vez en todo ese rato, con los labios húmedos, con la lengua que se entrelazaba con la suya, como si el sexo no fuera suficiente, como si necesitara también el sabor de su boca.

—Sí, así —dijo Ana, al sentirlo más adentro, más hondo—. Cógeme que me voy a caer.

Y se cayó, sí, pero no al suelo. Se cayó sobre sus labios, sobre su pecho, sobre el calor que él le daba con cada empuje, con cada movimiento, con cada palabra que le decía al oído: “Tú eres la única que me hace esto. Tú eres la única que me haces sentir que puedo más.”

Cuando ella vino, vino con un grito contenido, con los ojos abiertos, con la mirada clavada en la suya, y con las manos aferradas a su camisa. Leo la siguió apenas un instante después, empujando fuerte, hasta que su verga palpitó dentro de ella, vaciándose con un gemido que no pudo contener.

Se quedaron así, abrazados, sobre el banco, con la lluvia ya cesando y el sol asomando por el techo de vidrio. Ana se recostó sobre su pecho

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