El Jardín de los Cuatro Vientos

El Jardín de los Cuatro Vientos

@tomas_leon ·5 de junio de 2026 · ★ 0.0 (0) · 0 lecturas · 6 min de lectura

La lluvia golpeaba el techo de la casa de campo como si el cielo quisiera entrar por la fuerza. Yo estaba allí, sentado en el sofá de cuero, con las botas empapadas y el corazón acelerado por algo más que la tormenta. Ella había llamado tres días antes: «Vendré con dos amigas. Quiero que estés presente. Todo será consensuado. Todo será mío». Su nombre era Lucía, y tenía esa voz que no pedía permiso, pero sí lo solicitaba con una ternura que derretía los límites.

Llegaron poco después de las ocho. Lucía entró primero, envuelta en un impermeable negro que se le ceñía al cuerpo como segunda piel. Detrás, dos mujeres que no conocía: Martina, alta, morena, con los hombros anchos y los muslos que ya advertí serían una tentación caminando; y Sofía, baja, rubia, con ojos verdes que parecían leer mis pensamientos mientras se quitaba el abrigo, dejando ver una blusa ajustada que apenas conteniendo su pecho, hacía temblar el aire a su alrededor.

—Bienvenidos —dije, sin moverme del sofá—. ¿Quieren algo antes de que comience lo interesante?

Lucía se acercó, se sentó a mi lado, y con una sonrisa que prometía desastre, me susurró: —Solo tu boca por ahora. Y tus manos.

No tuve que esperar más. Se inclinó y me besó, no en la mejilla ni en los labios, sino en el cuello, mordiendo suavemente la arteria mientras su lengua trazaba un camino húmedo hacia mi oreja. Me tembló la mano cuando pasó los dedos por mi entrepierna, palpando la protuberancia ya dura bajo el pantalón.

—Tú no vienes a jugar —dijo, apartándose apenas—. Vienes a rendirte.

Me levanté. La seguí hasta el jardín, donde una fogata se mecía bajo la lluvia ligera que aún caía. Las velas se apoyaban en el suelo, formando un círculo imperfecto, y el suelo estaba cubierto por una manta gruesa y oscura. Lucía se quitó el impermeable sin prisa, dejando al descubierto un body de encaje negro que dejaba ver la curva de sus caderas y el hueco entre sus muslos. Se sentó a horcajadas sobre una almohada y me pidió que me arrodillara frente a ella.

—Desvísteme. Pero no con las manos. Usa la lengua.

Me incliné. Primero la lengua rozó el borde de su clítoris, ya hinchado y brillante bajo la luz tenue. Ella jadeó, tiró de su pelo, y yo la seguí con la boca, lamiendo la costura de sus muslos, saboreando su sal, su olor a mujer madura, a deseo controlado. Me metí entre sus piernas, abriéndolas con las rodillas, y hundí la cara en su sexo. Ella gritó mi nombre cuando le toqué con la lengua el punto más sensible, cuando le lamí con fuerza y la empujé contra el suelo húmedo.

—Ahora —dijo, jadeando—. Llévala.

Martina se acercó. No se quitó la blusa. Solo se arrodilló frente a mí, me desabrochó el pantalón y sacó mi pene, ya tieso, con la punta húmeda de presemilla. Lo sostuvo con ambas manos y me lo acercó a la boca.

—Límpialo —ordenó.

Lo lamí, subiendo desde la base hasta la cabeza, rozando el frenillo con la punta de la lengua. Su pecho se movía con rapidez. Entonces, Sofía se arrodilló a mi izquierda, me tomó el testículo derecho entre los dedos, y con la otra mano me acarició la corona, masajeando el glande con una suavidad que dolía de buena manera. Lucía, aún tumbada, me miraba con ojos brillantes y me indicó que me levantara.

—Ven —dijo—. Tú y yo. Martina y Sofía, a sus espaldas.

Me acerqué, tomé la mano de Lucía, y la guié hacia su vagina, ya mojada, abierta, esperando. Me despojé de la camisa, y mientras me colocaba tras ella, con sus caderas hundidas en la manta, Martina me sujetó las muñecas y Sofía me besó el cuello, mordiéndome suavemente cuando sentí el calor de su pecho contra mi espalda.

—Abre la boca —le dije a Lucía—. Quiero que me tomes la lengua.

Lo hizo, con confianza, con sed. Me apreté contra su trasero, deslizando la punta del pene entre sus labios, rozando su clítoris ya sensible, y luego, con un movimiento lento pero firme, empujé hacia adentro. Se arqueó, gritó, y sus dedos se clavaron en la manta.

—Más —rogó—. Quiero sentirte hasta el fondo.

La penetré hasta la raíz. Su cuerpo se estremeció. Me encerró con sus piernas, y yo empecé a moverme, con golpes cortos y profundos, con el ritmo de quien sabe que tiene tiempo, pero no quiere perderlo. Lucía gimió, se dejó llevar, y cuando sentí que se acercaba, le dije:

—Toma el pene de Martina. Quiero ver cómo te la chupas mientras te muevo.

Ella obedeció. Se volvió, tomó el pene de Martina, que ya estaba tieso y brillante de presemilla, y lo metió en su boca. Lo lamía, lo chupaba, lo hacía vibrar con cada uno de mis golpes. Y entonces, Sofía me besó el cuello otra vez, y con una mano me acarició los testículos, mientras con la otra me guiaba hacia su cuerpo.

—Toma lo que quieras —susurró.

La penetré con un solo impulso. Ella gritó, pero no de dolor, sino de sorpresa y placer. Su vagina era más estrecha que la de Lucía, más cálida, y se contraía con cada movimiento. Yo volví a Lucía, la tomé del pelo y la obligué a chupar más fuerte, mientras con la otra mano le acariciaba el clítoris, apretando con los dedos hasta que ella se deshizo en sollozos.

—Ahora —dije—. Tú y yo juntos.

Me puse de pie. Lucía se giró y me agarró del pene, me lo orientó hacia su boca mientras Sofía me sujetaba las caderas. Martina se acercó, me tomó los testículos entre los dedos, y me los apretó con fuerza. Entonces, Lucía me miró, con los ojos vidriosos, y me dijo:

—Dame todo. No me guardes nada.

La penetré de nuevo, con fuerza, con desesperación. Mis caderas chocaban contra su trasero con un ritmo que se volvía incontrolable. Ella me lamía el pecho, me mordía el hombro, me besaba el cuello. Y entonces, con un grito agudo, se derritió. Su vagina se contrajo, apretando mi pene como un puño húmedo. Yo sentí que se acercaba el clímax, y le susurré a Sofía:

—Dame la mano. Toca el clítoris de Lucía.

Ella lo hizo. Sus dedos se unieron a los míos, masajeando el clítoris hinchado mientras Martina me chupaba el pene con más fuerza. El orgasmo llegó como una explosión. Sentí el calor subir, los músculos tensarse, y cuando exploté dentro de Lucía, también eyacularon en mi boca Sofía y Martina. No hubo palabras. Solo respiraciones entrecortadas, manos que se aferraban, labios que se buscaban en la oscuridad.

Me dejé caer entre ellas, con el pene aún dentro de Lucía, la lengua de Sofía en mi cuello y los dedos de Martina jugando con mi pezón. La lluvia seguía cayendo, suave ahora, como si el mundo hubiera vuelto a respirar. No era pecado. No era tabú. Era simplemente carne, calor, deseo sin máscaras.

Y en ese momento, con los cuerpos entrelazados, con la sal aún en mis labios y el olor a sexo denso en el aire, supe que no volvería a ser el mismo.

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