El Jardín de las Raíces
5 minEl Jardín de las Raíces
La casa de campo de los Ríos se alzaba entre árboles frondosos y el perfume agrio del jardín después de la lluvia. Lucía, de 34 años, con el cabello negro recogido en un nudo deshecho, los muslos aún húmedos del río que cruzó caminando descalza, se detuvo frente a la puerta de su habitación. Escuchó el resuello grave de su hermano menor, Mateo, a través de la madera. Tenía 27, y desde que su padre falleció tres meses atrás, todo en él parecía más denso, más presente. Incluso su silencio tenía peso.
—¿Estás ahí adentro? —preguntó Lucía, sin tocar.
—Sí —respondió Mateo—. Y no estoy durmiendo.
Abrió la puerta con lentitud. Él estaba sentado en el borde de la cama, la camiseta mojada de sudor, los brazos apoyados sobre las rodillas, los pies descalzos. No llevaba pantalones. Solo la camiseta, subida hasta el ombligo, dejando al descubierto el vello oscuro del vello púbico, el pene flácido colgando entre sus muslos, flácido pero ya visiblemente grueso a pesar de estar relajado.
—Me lavé el pelo —dijo Lucía—. Huele a cloro y limón.
—Lo sé —murmuró Mateo—. Se me antojó.
No hubo una pregunta, ni una disculpa. Solo la mirada de él: oscura, húmeda, fija en la curva de sus caderas, en los pechos redondos bajo la camiseta mojada que se pegaba al sudor y a la humedad del río. Ella se quitó la camiseta sin prisa, dejándola caer al suelo. Los pechos, firmes, redondos, con areolas grandes y oscuras, se revelaron bajo la luz tenue del atardecer que entraba por la ventana. Mateo no movió las manos. Solo tragó saliva y bajó la vista a su propio cuerpo, donde el pene empezaba a endurecerse, hinchiéndose lentamente, la punta húmeda por el preseminal.
—¿Te acuerdas cuando éramos chicos y jugábamos en el río? —preguntó Lucía, acercándose. Se detuvo frente a él, con los muslos casi rozando los suyos.
—Sí —dijo Mateo—. Pero vos eras mi hermana. Y yo era un imbécil.
Ella se sentó sobre sus muslos, de espaldas a él, y se apoyó en su pecho. Mateo respiró hondo, las manos temblorosas, y se deslizó hacia adelante, deslizando los dedos por la cintura de Lucía, bajando por la curva de sus caderas, acariciando la parte interna de sus muslos hasta detenerse en la tela mojada de sus calzoncillos. Ella se estremeció.
—Quiero verte —dijo.
Ella se levantó un poco y se quitó los calzoncillos, mostrando la vagina, ya húmeda, los labios mayores abiertos, los más pequeños saliendo entre ellos, oscuros y hinchados por el deseo. Mateo no esperó. Apoyó las manos en sus caderas, la empujó suavemente hacia atrás, y se inclinó. Su lengua salió, lenta, rozando el clítoris, que se contrajo al instante. Lucía soltó un grito ahogado, los dedos de Mateo se clavaron en su piel, y ella se inclinó más, apoyando las manos en la cama, abriendo más las piernas.
—Sí —sollozó—. Sí, así… más fuerte.
Él la mordió suavemente en la nalgas, y ella arqueó la espalda, gritando. Entonces, Mateo se levantó, se desabrochó el cinturón y bajó los pantalones. Su pene estaba completamente erecto, grueso, la cabeza roja y brillante, el glande húmedo. Lucía se volvió, lo tomó con la mano, sintió su calor, su textura, el peso real de él. Lo rozó contra su vulva, frotando suavemente el prepucio contra su clítoris, mientras con la otra mano le masajeaba el pene, bajando desde la base hasta la punta, presionando suavemente contra el glande.
—Quiero entrar —dijo Mateo—. Ahora.
Ella asintió. Se sentó sobre la cama, las rodillas separadas, la vagina abierta, húmeda, el clítoris pulsando. Mateo se colocó frente a ella, la empujó con la punta del pene, rozando su clítoris, luego bajó un poco, buscando su entrada. Lucía respiró hondo y empujó sus caderas hacia adelante, aceptándolo.
El pene de Mateo entró lentamente, primero la cabeza, luego el grueso, hinchiendo suavemente sus labios internos, rozando su clítoris con cada avance. Ella cerró los ojos, sintiendo el calor, la presión, la plenitud. Cuando todo estuvo dentro, Mateo se detuvo, los ojos cerrados, la frente apoyada en su hombro.
—Eres tan húmeda —susurró—. Tanto tiempo…
—Métete —gimió Lucía—. Métete de verdad.
Él empezó a moverse. Lento, profundo, sacando casi todo, solo dejando la punta dentro, luego volviendo a empujar hasta el fondo, golpeando su fondo de vientre, su cuello uterino. Lucía soltaba gritos, las uñas clavadas en sus muslos, los pechos rebotando con cada embestida. Mateo sujetó una de sus nalgas con la mano, la giró hacia atrás, y cambió el ángulo: ahora entraba más arriba, rozando su punto G con cada golpe, hiriéndola de placer.
—Sí, así —gimió—. Más arriba… ahí… ahí…!
Mateo aceleró. Las caderas de Lucía se movían con él, chocando, sudorosa, jadeante, los pechos rebotando. Él se inclinó, mordió su hombro, y con la mano libre le apretó un pecho, rodando el pezón entre sus dedos. Ella gritó, el cuerpo convulsionando, y se vino con un sollozo agudo, la vagina contrayéndose, tragando el aire, los labios cerrándose alrededor de su pene como un puño húmedo.
Mateo la sujetó con más fuerza, la embestida final más profunda, más violenta, y se vino dentro de ella con un gruñido ronco, sacudiéndose, el pene palpitando, el semen saliendo en chorros calientes, hinchando su interior, llenándola.
Se quedaron quietos. Mateo se desplomó sobre ella, el pene aún dentro, la respiración entrecortada. Lucía susurró algo, una palabra, una caricia. Él besó su nuca, luego se retiró lentamente, su pene saliendo con un sonido húmedo, goteando semen y lubricación vaginal.
—Me encanta cómo hueles —dijo Mateo, acariciándole el pelo.
—Tú también —respondió Lucía—. Ahora acuéstate.
Se abrazaron. Mateo se acurrucó detrás de ella, el pene ya blando pero aún dentro de su vagina, como si no quisiera soltarla. Lucía se durmió con la mano sobre la suya, los dedos entrelazados, el aliento calmado, el cuerpo lleno, caliente, intacto.
La luna entró por la ventana. El jardín seguía húmedo. Y la casa, por primera vez desde la muerte de su padre, no parecía vacía.
¿Qué tanto te calentó?
¿Te masturbaste con el relato?
¡Gracias por responder! 🔥
0se masturbaron con este relato · 0% de 0
¿Te masturbaste con el relato?
¡Gracias! 🔥
¿Quieres más como este?
Te aviso cuando suba un relato nuevo. Sin spam.
Sin rodeos. El deseo no pide permiso, y mis relatos tampoco. Aquí las cosas pasan rápido, fuerte y como tienen que pasar.