El Jardín de las Púlpitas
8 minEl Jardín de las Púlpitas
La luz del atardecer se derramaba por los ventanales del departamento de Lucía, bañando en un dorado espeso los papeles esparcidos sobre el escritorio de roble, el jarrón con orquídeas negras y el cuerpo de Lucía misma, que apenas se movía, sentada en la silla de cuero, con las piernas cruzadas y los ojos cerrados. Tenía cuarenta y cinco años, pero su piel, tensa y clara, parecía menos; su cabello rubio ceniza, recogido en un moño bajo, dejaba al descubierto el cuello largo, elegante, perfecto para ser mordido. Lucía no esperaba a nadie. Aún no. Pero lo sabía: iba a venir.
Se escuchó la puerta del ascensor abrirse, luego el pasillo. Pasos firmes, sin prisa, como quien camina por su propio territorio. Federico, su novio desde hacía tres años, entró sin desabrocharse la americana. Lo hacía así siempre: como si estuviera acostumbrado a ser recibido como un rey, como si el mundo girara en torno a su presencia. Y, en cierto modo, Lucía le permitía creerlo. Pero solo hasta cierto punto.
—¿Te tomaste el vino que dejé sobre la mesa? —preguntó Federico, dejando el maletín en el suelo con un golpe seco.
—No. Lo dejé para vos. —Lucía abrió los ojos lentamente, con una sonrisa que no llegaba del todo a sus pupilas, pero sí a su voz, que sonaba como miel con un toque de sal. —Vino tinto. Muy tinto. Como lo querés.
Federico se acercó, se quitó la corbata con un gesto brusco y se sentó frente a ella, en el sofá bajo. Tenía treinta y siete, pero lucía más joven, con ese cuerpo que el boxeo y el remo le habían dado: anchos hombros, cintura definida, muslos fuertes. Y esa mirada, que ya no era de curiosidad, sino de posesión. Lucía lo había moldeado, lo había enseñado a desear con lentitud, a esperar. Pero hoy, por primera vez en mucho tiempo, ella quería que él tomara las riendas.
—¿Y vos? ¿Ya comiste? —preguntó él, poniendo una pierna sobre la otra, con una indolencia calculada.
—No. Tenía hambre de otra cosa.
Federico la miró fijamente. Ella no apartó la vista. Se conocían bien: sabían cuándo la otra estaba mintiendo, cuándo la otra estaba ardiendo, cuándo la otra estaba a punto de ceder. Y Lucía lo estaba. Pero no iba a decírselo. No hoy.
—Vení —dijo ella, finalmente, tendiendo una mano—. Sentate acá.
Federico se levantó. Se acercó con calma, pero con los ojos brillantes. Se sentó frente a ella, entre sus piernas, y ella apoyó las manos en sus muslos, subiendo poco a poco, hasta rozar el borde de sus pantalones. Federico contuvo el aliento. Ella sentía su pulso, allí, donde la carne se contraía al menor roce.
—Desabrochá la camisa —le ordenó Lucía, sin soltarlo con la vista.
Él lo hizo, lento, con los dedos temblorosos. Y cuando la tela se abrió, dejando al descubierto su pecho moreno y velloso, Lucía se inclinó y besó su ombligo. Luego, con los dientes, tiró del elástico de sus pantalones, bajándolos hasta las caderas. Federico no la detuvo. Sabía que, cuando Lucía quería algo, lo conseguía. Y lo quería todo.
—Estoy duro, ¿sabés? —murmuró, con la respiración cortada.
—Sí. Lo siento. —Lucía le rozó la entrepierna con la mano, a través de la tela interior—. Es como un pito de hierro. Rigído. Me encanta.
Federico soltó un gruñido bajo. Ella lo tomó por la barbilla y lo obligó a mirarla.
—Vos no me decís nada, ¿sabés? —dijo ella—. Me lo hacés con el cuerpo. Con el culo. Con la concha. Con todo menos con la boca.
—¿Y querés que hable? —preguntó Federico, con una sonrisa pícara.
—No. Quiero que me garchés como hace mucho que no lo hacés.
Lucía se puso de pie. Se desabrochó el blazer, se lo quitó, lo dejó sobre el respaldo del sofá. Luego, sin prisa, se desabotonó la camisa blanca, dejando al descubierto el sostén de encaje negro, con copas profundas que contenían sus pechos redondos y firmes. Federico la siguió con la mirada, sin apartar la mano de su entrepierna, como si temiera que se le fuera a aflojar.
—Acomodá el pantalón —le dijo Lucía—. No quiero que se me ensucie el suelo.
Él lo hizo, doblando la tela con cuidado. Y cuando Lucía se sentó en el sofá, con las piernas abiertas, Federico se arrodilló frente a ella. Le pasó una mano por el muslo, subiendo lentamente, hasta rozar el borde de su slip de seda, que apenas contenía su pubis, cubierto de vello oscuro y húmedo.
—¿Estás mojada? —le preguntó Federico, sin tocarla aún.
—Sí. Por vos. Por saber que venías. Por el sonido de tus pasos en el pasillo.
Federico sonrió. Le arrancó el slip de un tirón. Lucía soltó un suspiro agudo. Él se inclinó y le lamió el clítoris, que ya estaba hinchado, rojo, como una cereza madura. Ella arqueó la espalda, empujando su sexo hacia su boca.
—No corras —le dijo Federico—. Quiero oír cada uno de tus gemidos.
Y volvió a lamerla, con la lengua ancha, arrastrándose hacia abajo, hasta encontrar su entrada. La dividió con los dedos, hundió dos dedos en su vagina, mientras su lengua seguía dándole vueltas al clítoris. Lucía gritó. No un grito suave, sino un grito bajo, gutural, como de animal herido. Federico la miró con satisfacción.
—Sí —dijo—. Así. Gritá mi nombre.
—¡Fede! —gritó ella—. ¡Federico!
Él metió los tres dedos. La hundió hasta la base. La concha de Lucía se contrajo, intentando retenerlo. Pero él no se movió. Solo la miró, con los ojos oscuros, y le rozó el clítoris con la uña.
—¿Querés que te garche ya? —preguntó.
—Sí. Dámelo. ¡Dámelo!
Federico se puso de pie. Se desabrochó el cinturón, se sacó la camisa, se despojó de los pantalones. Quedó frente a ella, desnudo, con su pene erguido, grueso, la punta húmeda de su propia pre-cum. Lucía lo miró, con los ojos entrecerrados, con la boca entreabierta.
—Estás más grande que nunca —murmuró.
—Sí. Por vos.
Él se sentó a su lado y la tomó por la cintura, levantándola con facilidad. Lucía se sentó sobre su pene, con la cabeza hundida en su pecho. Federico la sostuvo por las caderas, y con un movimiento suave, la empujó hacia abajo, hasta que su concha se cerró sobre él, hasta la base.
—¡Ah! —gritó Lucía—. ¡Jesús! ¡Estás gigante!
Federico la abrazó, la apretó contra su pecho, y empezó a moverla sobre él. No rápido. No lento. Con un ritmo que era una promesa. Ella se movía con él, con las manos apoyadas en sus hombros, con la cabeza hacia atrás, el cuello estirado, los pechos rebotando con cada embestida.
—¿Te gusta así? —preguntó Federico.
—Sí. ¡Sí! ¡Dame más!
Él le dio más. La tomó por las caderas y la bajó con fuerza, hasta que su cuerpo chocó contra el suyo, hasta que su pene rozó su punto G con una precisión cruel. Lucía gritó. Un grito agudo, desesperado. Federico le mordió un pecho, con suavidad, pero con suficiente fuerza como para hacerla arquear.
—Sos mía —le dijo, entre dientes—. Todo lo que tenés es mío. Tu concha. Tu boca. Tu culo. Tu mente. Todo.
Lucía asintió, con la frente contra su hombro. Federico la volteó, la puso sobre su regazo, con ella de espaldas, los pechos hacia adelante. Le separó las nalgas con las manos y le metió el dedo en el culo, sin lubricante. Lucía gritó, pero no se resistió.
—Estás apretada —dijo Federico—. Como un puño. Pero vos querés. Lo sé.
—Sí. Quiero. ¡Dámelo!
Federico se puso de pie. La tomó por la cintura y la llevó hacia el escritorio. La puso de pie, con las manos sobre la mesa, y le separó las piernas. Se puso detrás de ella, le rozó el culo con la punta del pene, y luego lo empujó dentro de su concha, con un golpe seco.
Lucía gritó. No con dolor, sino con placer. Federico la cogió con furia, con fuerza, con la precisión de un boxeador que sabe dónde golpear. Ella se agitaba sobre el escritorio, con los papeles moviéndose, con el jarrón de orquídeas a punto de caer. Pero Federico no le permitió que se cayera. La sujetaba con una mano en la cintura, con la otra le apretaba un pecho, y con cada embestida, la empujaba hacia atrás, hasta que ella sentía el viento en la nuca y el calor en la concha.
—¿Querés que venga dentro de vos? —preguntó Federico, con la voz rota.
—Sí. ¡Sí! ¡Cagáme! ¡Quiero tu leche en mi vientre!
Federico aceleró. La cogió más fuerte, más hondo. Lucía sentía su pene creciendo dentro de ella, palpitando, como un corazón. Sintió el nudo que se formaba en su vientre, el nudo que la llevaba al borde. Se agarró al borde del escritorio, con los nudillos blancos, y gritó.
—¡Fede! ¡Voy! ¡Voy!
Él la apretó contra el escritorio, y con un último empujón, se corrió dentro de su concha, llenándola de su semen, de su leche, de su calor. Lucía sintió el flujo caliente, el peso de su pene, el vacío que dejaba cuando se retiraba.
Se quedaron así, por un buen rato. Federico con su cabeza contra el hombro de ella, Lucía con los ojos cerrados, el cuerpo sudado, la concha aún palpitando. Federico le pasó una mano por el pelo.
—¿Te gustó?
—Sí —dijo Lucía, con una sonrisa—. Me gustó mucho. Pero no es todo.
—¿No?
—No. Aún falta el final.
Y con un movimiento suave, Lucía se giró, se puso de pie y se acercó al escritorio. Tomó el vino que Federico había dejado sin tocar, lo vertió en dos copas y le entregó una.
—Brindemos —dijo—. Por la próxima vez.
Federico la miró, con una sonrisa que no tenía miedo.
—¿La próxima vez? —preguntó.
—Sí. Porque esto no termina. Solo empieza.
Lucía bebió un trago, y Federico la siguió. Y cuando el vino se acabó, ellos seguían allí, en el jardín de las púlpitas, con sus cuerpos entrelazados, con su calor still quemando, con su deseo aún sin saciar.
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