El Jardín de las Horas Perdidas
7 minEl Jardín de las Horas Perdidas
La lluvia golpeaba suavemente contra las ventanas del invernadero, un ritmo constante que marcaba el paso del tiempo mientras el mundo exterior se volvía borroso tras el cristal empañado. En el centro del espacio, entre filas de orquídeas negras y helechos que exhalaban un perfume terroso y ligeramente dulce, estaba Clara. Con los pies descalzos sobre el suelo de madera calentado por las lámparas de tierra, vestía un camisón de seda gris oscuro que le rozaba las rodillas y se pegaba ligeramente a sus muslos al moverse. El algodón estaba húmedo por el vapor del riego reciente, y cada vez que inclinaba el cuerpo para ajustar un soporte de bambú para una clivia, el tejido se adhería al contorno de sus nalgas, sugerente como una promesa no cumplida.
—¿Necesitas ayuda con eso?
La voz llegó desde la puerta lateral, baja y cálida, como el giro de una llave que encaja por fin en su cerradura. Elias apareció entre las sombras, llevando una bandeja con dos tazas de té humeante y una servilleta de lino doblada con precisión quirúrgica. Tenía las manos anchas, los nudillos marcados por años de tocar madera y metal, pero el gesto con el que sostuvo la bandeja era de una delicadeza inesperada.
Clara se enderezó lentamente, dejando que la seda se despegara de su piel con un susurro casi imperceptible. No lo miró de inmediato. En cambio, recorrió con la yema de los dedos el borde de una hoja de monstera, observando cómo el agua se deslizaba por su superficie en gotas que se fundían entre sí, creciendo hasta caer con un *plin* en el suelo.
—Si me ayudas —respondió, por fin—, el té se enfría antes de que llegue a mis manos.
Elias sonrió. No fue una sonrisa amplia, pero sí lo suficientemente profunda como para arrastrar una sombra de risa en sus ojos, oscuros como el café recién hecho. Se acercó, y el olor a papel viejo, a tabaco frío y a su colonia —madera de cedro y pimienta negra— lo precedió como un anuncio silencioso.
—Tú siempre me recuerdas que el tiempo es un lujo —dijo mientras colocaba la bandeja sobre una mesa baja de caoba—. Pero hoy, parece que incluso el reloj se ha rendido.
Clara tomó una de las tazas, los dedos rozaron los suyos por un instante: apenas una fracción de segundo, pero suficiente para que ambos sintieran el calor que no provenía de la cerámica. Bajó la vista hacia la infusión, donde las hojas de manzanilla y melisa giraban en remolino lento, como si también ellas esperaran algo.
—¿Lo sientes? —preguntó, sin levantar la cabeza.
—¿El tiempo?
—No. La espera.
Él asintió, tomó su propia taza, pero no bebió. En cambio, la sostuvo entre las palmas, dejando que el calor se le impregnara en los huesos.
—Sí —confesó—. La espero desde que llegaste esta mañana.
Clara alzó la mirada. Por primera vez, lo miró fijamente. Elias no parpadeó. Entre sus cejas había una leve contracción, no de impaciencia, sino de contención: como quien sostiene un aliento dentro de sí mismo, sabiendo que si lo suelta, todo cambiará.
Ella dio un paso hacia él. El camisón le rozó el muslo izquierdo, y él notó cómo su piel se erizaba, aunque la temperatura del invernadero era cálida, casi húmeda.
—¿Por qué no te has ido ya? —preguntó ella, voz suave pero con un filo que había aprendido a manejar con precisión.
—Porque cada vez que intento salir por esa puerta —respondió, apuntando con la barbilla hacia el pasillo—, recuerdo que hoy es el cumpleaños de mi hermana. Y tú me dijiste que si alguna vez necesitaba un lugar a salvo, aquí estarías.
Clara no movió un músculo. Pero su respiración se hizo más profunda. Elias lo notó. El leve abombamiento de su pecho bajo la seda, la manera en que su cuello se inclinaba ligeramente hacia adelante, como si el aire entre ellos se volviera denso, palpable, como una cuerda tensa que apenas resistía el peso de una sola palabra más.
—Tú no eres un lugar —dijo ella—. Eres una tentación caminante.
Él soltó una risa baja, contenida, pero sincera.
—Entonces —susurró, avanzando medio paso más—, ¿por qué no me dejas quitarte eso?
Clara no respondió con palabras. En lugar de eso, soltó con la mano izquierda la taza de té sobre la mesa —sin derramar ni una gota— y con la derecha, deshizo el nudo que sujetaba su camisón a la cintura. El algodón se abrió como una flor al amanecer, dejando al descubierto la curva de sus pechos, pequeños y firmes, con areolas del color del café con leche. No cubiertos por nada más que por la sombra suave que proyectaba la luz del exterior al filtrarse por el techo de cristal.
Elias no se precipitó. No se lanzó. Se quedó quieto, con las manos a los lados, los dedos ligeramente curvados, como si estuviera a punto de tocar una escultura frágil.
—¿Estás segura? —preguntó, voz ronca, pero sin urgencia.
Ella asintió, y por primera vez, sus ojos no evitaban los suyos.
—Hace semanas que espero que preguntes.
Él se acercó, lentamente, como si cada paso fuera una decisión reevaluada. Cuando estuvo lo suficientemente cerca, levantó la mano derecha, pero no la posó sobre su piel aún. En cambio, rozó con el pulgar la línea de su hombro, donde la seda se deslizaba hacia abajo, dejando expuesta una porción de clavícula.
—Tus hombros siempre están tensos —observó.
—Porque cargo mucho.
—¿Qué?
—Los nombres. Las fechas. Las promesas rotas.
Clara inclinó el rostro hacia él, lo suficiente para que su aliento se encontrara con el de él: cálido, húmedo, lleno de humo de manzanilla.
—¿Y si te dijera que hoy no cargo nada?
—Entonces —susurró Elias, por fin dejando que su mano descendiera hasta el seno derecho—, te dejaría que lo creyeras… si no sintiera tu corazón latiendo contra mi palma.
Ella exhaló un gemido apenas audible, una nota musical que no sabía que podía emitir. Elias, en respuesta, cerró los dedos con suavidad, sin apretar, como si acunara algo vivo y precioso. Su pulgar se deslizó sobre la areola, ya endurecida, y Clara arqueó la espalda, como si su cuerpo la estuviera llevando a él, contra toda voluntad.
—Hace mucho que no me tocas así —dijo ella, con la voz rota.
—Hace mucho que no me permites.
—Hoy te permito todo.
Él besó su cuello, justo debajo de la mandíbula, donde su piel era más delicada. Su lengua rozó la base de su oreja, y ella tembló, una sacudida sutil que recorrió su columna hasta desvanecerse en los pies. Elias bajó la mano con lentitud, deslizando la seda por sus brazos hasta que cayó al suelo como una marea callada.
—Tú eres el jardín que siempre quise cultivar —murmuró contra su piel—. Pero hoy, no voy a podarte. Hoy voy a dejarte crecer.
Clara lo tomó por la nuca y lo atrajo hacia ella, sellando su boca con la suya. No fue un beso apresurado, ni frenético. Fue un encuentro lento, casi ritual: dientes, labios, lengua, como si estuvieran aprendiendo el mapa de otro cuerpo que nunca antes habían explorado. Elias la empujó con suavidad contra el banco de madera que separaba las plantas, y ella se abrió automáticamente, permitiéndole colocarse entre sus muslos.
Allí, con las rodillas separadas y el cuerpo inclinado hacia atrás, apoyada en los codos, Clara lo miró mientras él se desabrochaba los pantalones con movimientos seguros. Elias, con la bragueta abierta, sacó su pene con cuidado: grueso, ligeramente curvado hacia arriba, la cabeza ya húmeda por el deseo. No lo mostró con vanidad, sino como una ofrenda.
Clara lo miró sin vergüenza, con la curiosidad de quien reconoce algo sagrado.
—Tienes las venas más hermosas —dijo, pasando el dedo por la base, sintiendo el latido fuerte bajo la piel.
Elias soltó un suspiro que no fue del todo contenido.
—Tú tienes las manos que saben dónde detener el tiempo.
Ella sonrió, y esta vez, su sonrisa fue un puñal de luz entre la penumbra. Con un movimiento suave, lo guió hacia su entrada. Ya estaba abierta, ya lo esperaba, húmeda y tibia
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Directo y físico. Me interesa el cuerpo, el deseo que no necesita explicación. Mis relatos van al grano.