El Fuego del Silencio
8 minEl Fuego del Silencio
Diego se deslizó dentro del baño, cerró la puerta con un clic seco, y se apoyó contra ella como si el mundo entero le estuviera pegando tiros. El aire acondicionado zumbaba débilmente, pero su piel ya le ardia. El sol de mediodía le había quemado los hombros en el estacionamiento del super, y ahora, con la camiseta mojada de transpiración y el pantalón corto pegado al culo, sentía esa punzada familiar: una mezcla de cansancio, calor y deseo que le apretaba las tripas como una mano cerrada. No era por ninguna chica. No era por nadie. Era él. Solo él. Y la verga, que ya empezaba a picarle contra el algodón.
Se desabrochó el cinturón sin prisa, dejó que el sonido del metal chocando con la tira de metal fuera el primer acorde. Se desabotonó el pantalón, bajó la cremallera con un chirrido lento, y se metió la mano dentro. La piel de su pene, blando aún, se contrajo al contacto con el aire frío del baño. No era delicado. No quería serlo. Se agarró con firmeza, desde la base, pasando por el glande húmedo que ya empezaba a destilar, hasta el corona que le temblaba como si le hubieran clavado un clavo. Lo apretó. Una vez. Dos. La piel se estiró, el pene se alzó, grueso y rojo, como una vena que iba latiendo en su propia mano.
—Mierda… —susurró, pero no fue una queja. Fue un reconocimiento. Un “ya empezamos”.
Se puso frente al espejo del baño, ese espejo empañado por el vapor de la ducha de hace una hora, pero ya seco y claro como un vidrio de catedral. Se miró. El pecho plano, los pezones oscuros y duros, el ombligo hundido como una cueva pequeña. Bajó la mano, deslizó los pantalones y la ropa interior por las caderas, y los dejó caer al suelo. Quedó de pie, solo con las calcetines y los zapatos, la verga colgando pesada entre sus piernas, la piel tensa en el escroto como dos naranjas pequeñas y llenas.
Se agarró otra vez. Esta vez con más sazón. Apretó, jaló, movió la mano hacia arriba, luego hacia abajo, y otra vez hacia arriba. El glande se hinchó más, brillante de presemen, y cuando lo rozó con el pulgar, un chorro fino le salió, salpicando el espejo como una gota de agua en una sartén caliente.
—Joder… —exhaló, y esta vez su voz sonó más áspera. Más mexicana. Más suya.
Se puso de cuclillas frente al espejo, como si fuera a rezar. El suelo de losa fría le entró por las plantas de los pies, pero no le importó. Se agarró las nalgas con ambas manos, las apretó, las separó, y se inclinó hacia adelante, exponiéndose: la base de su verga, los pelos rizados en el monte de Venus, el ano apretado como un puñito chiquito que se abrió apenas cuando presionó con un dedo.
Se lubricó con el propio jugo que le chorreaba. Se metió el índice hasta la primera falange. Se estremeció. Lo sacó. Lo volvió a meter, más hondo. La punta del dedo rozó algo que le hizo abrir los ojos y soltar un gruñido bajo.
—Ahí está… —masculló, y movió el dedo, arriba y abajo, rotando con cuidado, como si estuviera abriendo una cerradura vieja que ya sabía cómo tocar.
Metió el medio. La piel del ano se expandió, se estiró, se relajó. Diez mil agujas le recorrieron la columna. Se metió los dos dedos, los abrió, los movió en círculos, y cuando sintió que el corcho del recto se aflojaba como una tapa de botella mal cerrada, se metió el pulgar y lo rotó contra la próstata. El chorro de aire que soltó no fue un suspiro. Fue un grito ahogado, como si le hubieran arrancado un pedazo del alma.
—¡Ah, mierda! —gritó, pero se mordió el puño para no despertar a nadie. Se mordió el puño y siguió moviendo los dedos. Se sacudió la verga con la otra mano, con la misma mano que ahora le metía dos dedos al culo. Arriba, abajo, arriba, abajo. El pene se le endureció más, la cabeza se le oscureció, se le puso morada, y el presemen ya no chorreaba: salía a chorros, empapándole el estómago.
Bajó la cabeza, se puso de pie con lentitud, y se agarró la verga con ambas manos. La apretó. La jaló. La movió con un movimiento circular, como si estuviera enrollando una cuerda. Su respiración se volvió corta, entrecortada. La cabeza se le empezó a temblar. Las rodillas le temblaban. El cuerpo le temblaba. Y el culo… el culo le palpitaba con cada latido de su corazón, como si ya estuviera listo para recibir algo más que dedos.
Se movió hasta la ducha, se quitó los zapatos y las calcetines, se puso bajo el chorro frío. Se lavó con jabón de piso, con la esponja áspera, frotándose el pene como si quisiera quitarse la vergüenza. Se frotó los pezones hasta que le dolieron. Se frotó el ano con el pulgar y el índice, como si estuviera puliendo una joya. Y cuando se enjuagó, el agua le resbaló por el pene, por el escroto, por las nalgas, y se convirtió en una especie de lubricante natural.
Se salió de la ducha, se secó con la toalla, pero no del todo. Dejó que el agua le empapara el pene, el escroto, el culo. Se sentó en el borde de la bañera, las piernas abiertas, y se puso la toalla debajo de la nalgas derecha, inclinándose hacia un lado, como si fuera a cogerse desde atrás. Se lubricó otra vez, con más agua, más jabón, más saliva que se llevó con el pulgar desde la boca hasta el ano.
Se metió los dedos otra vez. Esta vez con más fuerza. Con más deseo. Con más necesidad. Se metió tres dedos. El ano se abrió como una boca hambrienta, y los acogió. Los movió. Los rotó. Los apretó contra la próstata, y cuando sintió esa descarga que le hacía cerrar los ojos y soltar un gemido que sonaba como un perro ladrando si supiera hablar, supo que estaba listo.
Se levantó. Se puso de pie. Se puso una mano en la pared, la otra en la cadera. Se inclinó hacia adelante. Se puso la verga entre las nalgas, apretada contra el hueco que separa el culo del cuerpo, y la movió con lentitud, como si estuviera marcando el ritmo. Arriba. Abajo. Arriba. Abajo. El glande se le rozaba contra la piel sensible, y cada roce era como una descarga eléctrica.
—Joder… joder… joder… —se repetía, como un mantra.
Y entonces, sin pensarlo, sin planearlo, sin pedir permiso… se metió la verga en el culo.
No fue suave. No fue delicado. Fue brutal. Fue la primera punta, la primera presión, el primer empuje, y su cuerpo se arqueó como un arco, como si le hubieran clavado una espada en el estómago. El anal se cerró, luchó, se defendió. Pero Diego no se rindió. Empujó. Otra vez. Y otra vez. Hasta que la base de su verga tocó sus nalgas, y el culo se le abrió como una flor que ya sabía que iba a florecer.
Estaba dentro.
Hasta la raíz.
Con el pene entero, con el escroto pegado al ano, con el cuerpo temblando y la cabeza echada hacia atrás, con los ojos cerrados y la boca entreabierta, con el aliento saliendo como si hubiera corrido una milla.
Se quedó quieto.
Apenas movió la cadera.
Y cuando lo hizo, fue como si le hubieran prendido fuego a la médula.
Subió. Con lentitud. Con cuidado. Con deseo. La punta de su verga rozó la próstata, y un chorro de placer le recorrió la espina dorsal como un trueno.
Bajó. Con más fuerza. Con más ganas. Con más necesidad. La punta de su verga rozó la próstata otra vez, y esta vez no fue un chorro. Fue una explosión. Una erupción. Un grito que le salió de las entrañas y que ni siquiera él reconoció como suyo.
—¡Aaaah! —gritó, y esta vez no se mordió el puño. Se mordió el labio. Lo sangró. Y siguió moviéndose.
Subía. Bajaba. Arriba. Abajo. El culo se le abría y se cerraba como un latido, como un corazón que había decidido latir por él. El pene se le ponía más duro, más grueso, más vivo. El presemen ya no salía. Salía leche. Leche de pene. Leche de deseo. Leche de placer.
Y entonces, cuando sintió que no podía más, cuando sintió que sus piernas iban a flaquear, cuando sintió que su cabeza iba a explotar, apretó el culo con todas sus fuerzas, clavó los dedos en la pared, y se corrió.
No fue un chorro. Fue una inundación. Fue un volcán que había estado dormido por años y que decidió despertar. Le salió a chorros, le salió a remolinos, le salió con fuerza, con vida, con fuego. Le salió desde lo más profundo de su vientre, desde lo más oscuro de su alma, desde lo más puro de su deseo.
Y cuando terminó, se desplomó contra la pared. Se deslizó hasta el suelo. Se quedó ahí, con la verga aún dentro de su culo, con el pene palpitando, con el cuerpo sudado, con el alma agotada.
Se quedó ahí, con los ojos cerrados, con una sonrisa en los labios, con una pregunta en la cabeza:
¿Quién dios te creyó que necesitabas a alguien más?
Sólo necesitabas a ti.
Sólo necesitabas este fuego.
Sólo necesitabas este silencio.
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