El Farol de la Bahía
7 minEl Farol de la Bahía
El sol se hundía en el horizonte como una moneda de cobre ardiendo, y el puerto de Cartagena exhala el olor a sal, a pescado fresco y a madera vieja que no se seca del todo. En el muelle de la Manga, donde las embarcaciones de pesca se balancean con el vaivén lento de la marea, un barco de vela llamado *La Estrella del Sur* atracó sin hacer ruido. En su cubierta, una mujer de piel morena clara, cabello rizado hasta los hombros y ojos verdes como el mar en calma, bajaba con paso firme. Se llamaba Valeria, pero los pescadores la conocían como *La Culebra* —por lo ágil que era subiéndose a los mástiles con el viento en la cara y el sol en la espalda.
Esa noche, en la terraza del *Café del Muelle*, donde las luces de neón de los bares vecinos se reflejaban en los vasos de ron, Valeria lo vio por primera vez: un hombre alto, de pelo canoso recogido en una coleta suelta, camisa blanca abierta hasta el ombligo y brazos marcados por cicatrices que contaban historias que él nunca contaba. Se llamaba Esteban —o así lo decía el tatuaje en su antebrazo—, y venía de Buenaventura, donde dijo, “donde el mar es más oscuro y el tiempo más lento”.
—¿Te ofrezco un aguardiente? —le dijo Valeria, acercándose sin vergüenza, con una sonrisa que le temblaba en las comisuras—. Aunque aquí en Cartagena, el ron no se bebe, se *canta*.
Él la miró sin prisa, con la mano aún sobre el vaso medio lleno. Tenía una voz grave, pausada, como si cada palabra pesara lo suyo.
—Siempre que me digas el nombre de la canción.
—*Guacharaca*, si te gustan los sabores fuertes. O *Cumbia de la Luna*, si prefieres que el cuerpo te lo diga antes que la boca.
Valeria se sentó frente a él, las piernas cruzadas con naturalidad, dejando que el viento levantara una hebra de su cabello. Entre sorbo y sorbo de ron, hablaron de puertos, de vientos contrarios, de barcos que se quedan varados por falta de coraje —y de corazones que se quedan sin rumbo—. Él no era de palabras largas, pero cuando hablaba, Valeria escuchaba como si cada frase fuera un nudo que él mismo deshacía, lento, con cuidado.
—¿Por qué me miras así? —le preguntó ella, inclinándose un poco, dejando que el escote profundo de su blusa blanca se mostrara bajo la luz amarillenta de la lámpara.
—Porque no me ofreces nada gratis —respondió él, con una sonrisa que le arrugó los ojos—. Y eso me gusta.
Fue entonces cuando él le tendió una mano, palma arriba, como si ofreciera un pacto. Ella la tomó, sin apuro, sintiendo el calor de su piel, la粗ura de sus dedos, la seguridad de su pulso. Y se levantaron juntos, sin más palabras que las que el silencio ya había empezado a escribir.
Subieron al *La Estrella del Sur*, donde las velas estaban bien guardadas y la brisa entraba por las escotillas como un suspiro. Él encendió una vela de cera de abeja —una antigua tradición que aprendió en las islas Gorgona— y la dejó sobre la mesa baja del camarote. La luz tembló, pero no se apagó.
—Aquí no hay cronómetro —dijo él, desabrochando el primer botón de su camisa—. Solo el vaivén del barco y lo que el cuerpo decida hacer.
Valeria se quitó las sandalias, dejando que sus pies tocaran la madera tibia. Se acercó a él, sin apresurar nada, y con los dedos le acarició el pecho, sintiendo cómo latía su corazón —fuerte, regular, como el motor de un barco que sabe a dónde va.
—¿Te gusta que te mire? —le preguntó ella, bajando la mano hasta la bragueta de sus pantalones, sintiendo el bulto que allí se formaba—. O prefieres que no te vea… solo que me lo digas.
Él no respondió con palabras. En vez de eso, la tomó por la cintura y la llevó contra su cuerpo, pegándola con fuerza, suficiente para hacerla sonreír.
—A mí me gusta que me veas… pero me gusta más que me digas lo que haces.
Y entonces Valeria lo besó. No con urgencia, sino con lentitud, como si estuviera desglosando una canción que sabía de memoria. Su lengua entró con dulzura, buscando la suya, y él respondió con una mano en su nuca, hundiéndola un poco más, con un gemido bajo que le vibró en la garganta.
La camisa de él cayó al suelo. Ella le quitó las botas y los pantalones con movimientos seguros, y cuando lo vio desnudo, no titubeó: lo agarró por el pito con la palma, sintiendo su tamaño, su calor, la vena que le subía como una serpiente viva.
—Estás bien rico, ¿sabías? —le dijo, y lo lamio desde la base hasta la punta, lento, saboreándolo como si fuera el último trago de ron en la isla.
Esteban cerró los ojos, soltó un gruñido que no parecía suyo, y la tomó por la cintura.
—Ahora es mi turno —murmuró.
La levantó con facilidad, la llevó hasta el catre estrecho que olía a sal y a madera vieja, y la tendió con cuidado. Se arrodilló entre sus piernas, y con las uñas bien cortas, le subió la falda hasta la cadera. Valeria usaba una braga de encaje negro, ajustada, que dejaba ver la curva de su vulva hinchada por el deseo.
—Qué culo más lindo tienes —dijo él, pasando los dedos por la curva de sus nalgas—. Pero lo que me tiene loco es esto… —se inclinó y le lamió el clítoris, sin prisa, saboreando su sabor—. Como a mi abuela le gustaba el ajiaco… con mucho aji y poco caldo.
Valeria gimió, arqueando la espalda, las uñas clavándose en sus hombros.
—Más… porfa… que ya no aguanto.
Él no se apresuró. Le separó los labios con los dedos, lamío el interior de sus muslos, luego volvió al clítoris, esta vez con presión, con ritmo, y mientras le metía dos dedos en la vagina, simulando la entrada de un pito, la miró a los ojos.
—Dime quién manda aquí.
—Tú —susurró ella, con los ojos cerrados, la respiración entrecortada—. Tú mamas… tú mamas bien rico.
Y entonces él se quitó la braga, se lubró con su propia humedad y se posicionó entre sus piernas. La entró lento, con cuidado, hasta el fondo, sintiendo cómo ella lo rodeaba todo, cómo su cuerpo se adaptaba al suyo.
—Tú mamas… —repitió ella, ahora con los ojos abiertos, fijos en los de él—. Tú mamas como si no hubiera mañana.
Y él empezó a moverse, con ritmo firme, con fuerza, sin agresividad, pero con autoridad. Cada embestida la hacía saltar un poco sobre el colchón, y Valeria le devolvía los gemidos con palabras sueltas, con meneos de cadera, con besos en el cuello que dejaban marcas de dientes.
—Eres una buena muchacha… —le dijo él, agarrándole las nalgas con fuerza—. Y sabes escuchar.
—Solo contigo… —gimió ella—. Solo cuando me dejas ser tuya… un ratito.
Él la tomó por la cara, la besó con dureza, pero con ternura, y luego le metió los dedos en la boca.
—Chéchala, Valeria… chéchala bien.
Ella chupó sus dedos, uno por uno, con lujuria, y él soltó un gruñido.
—Y ahora… ven tú —dijo ella, lo jaló por los hombros y lo puso de espaldas—. Hoy te mamo yo.
Se sentó sobre su pito, lo guió con cuidado, y se hundió hasta el fondo. Lo miró a los ojos mientras se movía, con las manos en sus pechos, y él le tomó los muslos, empujando hacia arriba, haciendo que ella soltara un grito agudo.
—Sí… así… muerde el palo… muerde bien rico.
Valeria se inclinó, lo besó en la boca mientras se movía, y cuando sintió que venía, que la tensión le subía por la espalda como una ola, lo abrazó fuerte y se dejó llevar.
Él la siguió segundos después, con un gemido que le tembló en la garganta, su pito latiendo dentro de ella mientras le inyectaba el calor de su cuerpo.
Se quedaron quietos, abrazados, con el vaivén del barco marcando su ritmo. Valeria le acarició el pecho, y él le besó la frente.
—¿Volverás? —le preguntó él, como si ya sup
¿Qué tanto te calentó?
De puerto en puerto, de cama en cama. Mis relatos saben a sal, a noches ajenas y a encuentros que duran lo que tienen que durar.