El espejo del balcón

@nocturna ·5 de junio de 2026 · ★ 0.0 (0) · 0 lecturas

La ciudad dormía bajo una bruma tibia, el tipo de neblina que se enreda en los balcones y se cuela por las rendijas como un intruso silencioso. En el piso diecisiete de un edificio de fachada antigua, con balcones de hierro forjado y cristales empañados por la humedad nocturna, Elena encendió un cigarrillo sin filtro. La luz del salón se derramaba apenas sobre su hombro desnudo, dejando el resto del cuerpo en penumbra, como si el vestido hubiera decidido deslizarse por su cuenta, rendido al calor del verano y a la incomodidad del silencio compartido.

Javier estaba sentado en el sofá, con la camisa desabrochada y una copa de vino tinto en la mano. No hablaban. No hacía falta. Hacía tres semanas que se veían así, sin nombres, sin promesas, sin preguntas. Solo encuentros breves, entre puertas que se cerraban con doble vuelta y mensajes borrados al amanecer. Él era el marido de su vecina del quinto. Ella, la profesora de literatura que daba clases a media cuadra de allí. Nunca se habrían cruzado si no fuera por una lluvia torrencial, un paraguas olvidado y una mirada que se detuvo demasiado en el pasillo del edificio.

Ahora, Javier dejó la copa sobre la mesa de vidrio y se acercó. No caminó, más bien se deslizó, como si el tiempo se hubiera espesado a su alrededor. Elena no se movió. Sabía que vendría. Lo supo desde que lo vio subir en el ascensor con ese aire de hombre que carga algo que no quiere nombrar. Él se detuvo a un palmo de su espalda. El humo del cigarrillo se enredó entre los dos, como una cuerda invisible.

—Tus manos —dijo él, sin alzar la voz—, siempre están frías.

Elena exhaló lentamente. El humo dibujó una espiral que se quebró contra el vidrio del balcón.

—Solo cuando no las tocas.

Javier alargó los dedos. No fue un gesto brusco. Fue como si recordara el camino. Le tomó la muñeca, no con fuerza, sino con una firmeza que no admitía respuesta. Luego, con el pulgar, rozó la vena que latía bajo la piel. Elena cerró los ojos. No por placer, sino por el miedo de reconocer lo que eso le hacía. No era solo deseo. Era reconocimiento. Como si su cuerpo supiera de él antes que su mente.

—No deberíamos —dijo ella, sin convicción.

—Ya no importa.

Y no importaba. Hacía tiempo que la culpa había dejado de ser una barrera. Ahora era parte del juego. El riesgo, el engaño, el roce de una prenda olvidada en el baño, la mirada cómplice entre dos extraños que se conocen demasiado bien. Ella se giró lentamente. El vestido resbaló más, quedó colgando de un hombro. Javier no miró el cuerpo desnudo. Miró sus ojos. Eso era lo que más temía: no el sexo, sino la intimidad.

Se acercó. La besó en la comisura de los labios, no en la boca. Fue un roce seco, casi casto. Pero Elena sintió como si le hubieran desatado algo dentro del pecho.

—¿Por qué viniste esta vez? —preguntó, con la voz baja, casi rota.

—Porque hoy no pude mirarla sin pensar en ti.

Esa frase los detuvo a ambos. No era una confesión de amor. Era peor. Era verdad. Y la verdad, en esos encuentros, era el arma más peligrosa.

Elena dejó el cigarrillo en el cenicero. Aún ardía. Como ellos. Javier le quitó el vestido con lentitud, como si deshojara una flor que ya conoce. No hubo prisa. No hubo jadeos. Solo el sonido de la tela cayendo al suelo y el crujido sordo del cuerpo al encontrarse. Él la tomó en brazos, no con pasión, sino con cuidado, como si temiera romperla. La llevó al dormitorio, donde el espejo del balcón reflejaba la ciudad entera, pero solo captaba la silueta de dos cuerpos que se buscan como si llevaran años perdidos.

Cuando la dejó sobre la cama, el reflejo los mostró un instante: dos figuras desnudas, inmóviles, respirando al mismo ritmo. No se movieron. No hablaron. Solo se miraron, sabiendo que aquello no era sexo. Era un ritual. Una ceremonia íntima que se repetiría hasta que el engaño pesara más que el deseo.

Y fuera, en el quinto piso, la mujer que dormía con Javier soñaba con un viaje a la costa. Sin saber que, a solo unos metros de allí, su marido estaba aprendiendo el nombre de otra piel.

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