El Encuentro en la Sala de los Espejos

El Encuentro en la Sala de los Espejos

@joaquin_noche ·5 de junio de 2026 · ★ 0.0 (0) · 0 lecturas · 6 min de lectura

La lluvia golpeaba suavemente contra los ventanales del *Club de la Lluvia*, un espacio oculto tras una puerta sin señalización en el corazón de la ciudad, accesible solo por invitación. Las luces eran bajas, doradas, casi cálidas, pero no amigables: iluminaban sin revelar. Entre los invitados, apenas se distinguían rostros, solo siluetas que se movían con intención, como si cada gesto estuviera calculado.

En una esquina, sentado en un banco de terciopelo carmesí, estaba Elias. No vestía como quien espera algo, sino como quien lo posee todo mientras espera. Camisa blanca desabotonada hasta el ombligo, pantalón negro ajustado, pelo oscuro recogido en una coleta baja, con algunas hebras sueltas que le rozaban la nuca. Tenía los pies descalzos, apoyados en un cojín de seda, y los ojos cerrados. No dormía. Solo respiraba. Lento. Profundo.

A su derecha, una puerta de madera oscura con un pomo de bronce en forma de garra. No se escuchó el clic de abrirla, pero de pronto, Allán estaba allí.

No entró. Se materializó. Alto, erguido, con los hombros anchos bajo una chaqueta de lana negra sin forro, abierta. Camiseta gris clara, pantalón negro, cuello descubierto. No llevaba reloj. Ni alianza. Nada que hiciera de él un hombre cualquiera. Sus ojos, grises como el cielo antes de una tormenta, se fijaron en Elias sin parpadear.

—Llegaste temprano —dijo Elias, sin abrir los ojos.

—Tú también.

—¿Es una excusa para quedarte más tiempo?

Allán no sonrió. No necesitaba hacerlo. El gesto ya era suficiente: la comisura de su labio izquierdo se levantó un milímetro, apenas perceptible, como una sombra que se mueve sobre la pared.

—No vine por eso.

—Entonces, ¿por qué?

Elias abrió los ojos por fin. Verdes. Claros. Como el jade bajo la luz tenue. Miró a Allán directamente, sin desafío, sin seducción. Solo con claridad. Como si ya supiera todo lo que Allán guardaba.

Allán dio un paso hacia adelante. No rápido. No urgente. Cada movimiento era deliberado, como si estuviera desplegando un mapa invisible en el aire. Se detuvo frente al banco, a un metro de Elias. El aire entre ellos se volvió denso, cargado de lo no dicho, de lo que no se había tocado.

—Me dijiste que hoy hablaríamos.

—Sí.

—Y lo haremos.

Elias inclinó la cabeza, levemente. Un gesto de confirmación. De aceptación. De entrega anticipada.

—Pero primero, quieres verme temblar.

Allán no negó. No afirmó. Simplemente se arrodilló frente a él, sin romper el contacto visual. Las rodillas hundidas en el felpudo de pelo largo, los dedos de las manos apoyados en los muslos, los pulgares rozando el borde de los pantalones. No era humillación. Era elección.

—Tienes los pies fríos —dijo Allán.

—Sí.

—¿Te gusta que te toque?

—No me gusta.

—¿Entonces por qué los dejas descubiertos?

Elias sonrió por fin. Pequeño. Frío.

—Porque me gusta que preguntes.

Allán extendió una mano. Lenta. Palma hacia arriba, dedos abiertos. Elias no se movió. Solo dejó que la sombra de la mano de Allán se posara sobre su empeine, sin presión. Sin presión. Solo calor.

—¿Así? —preguntó Allán.

—Así… está bien.

—¿Y si subo un poco?

—Sube.

La mano de Allán avanzó, lentamente, hasta rozar el empeine, luego el tobillo, luego la pantorrilla. Elias respiró más profundo. Sus dedos se cerraron ligeramente sobre el cojín. Pero no se retiró. No apartó la mirada.

—¿Te acuerdas de la última vez? —preguntó Allán, sin quitar la mano.

—Claro que sí.

—¿Te dije que volvería?

—Dijiste que vendría cuando yo estuviera listo.

—Y ahora lo estás.

Elias cerró los ojos otra vez. Esta vez, no por placer. Por concentración. Por observación interna. Porque el toque de Allán no era solo piel. Era una pregunta. Una promesa. Una orden disfrazada de caricia.

—¿Por qué yo? —preguntó, con voz más suave.

—Porque no te rindes.

—¿Y eso te atrae?

—No. Porque no me atrae lo fácil.

—Entonces, ¿qué te atrae?

Allán bajó la mano. Se puso de pie. Se acercó hasta la pared opuesta, donde un espejo antiguo, enmarcado en madera tallada, reflejaba la sala entera… menos a ellos. Elias no se volteó. Sabía que Allán estaba detrás de él, a menos de medio metro.

—Te atrae que sepas que puedo romperte.

—No me romperás.

—No. —Allán apoyó una mano en el respaldo del banco, a un lado de la cabeza de Elias. Su aliento rozó la oreja del otro.— Yo no rompo. Solo despliego.

Elias giró la cabeza, lentamente. Lo suficiente para que su frente rozara la de Allán. Para que sus labios quedaran a menos de dos dedos de distancia. Para que sus respiraciones se entrelazaran, húmedas, cálidas, sincronizadas.

—Entonces, ¿qué quieres desplegar?

—Tú.

—¿Cómo?

Allán no respondió con palabras. Respondió con los ojos. Con la postura. Con la tensión que ya corría por sus venas como un río subterráneo.

—Levántate —dijo.

Elias no dudó. Se puso de pie con la misma calma con la que Allán se había arrodillado. Y cuando lo hizo, no hubo desequilibrio. No hubo urgencia. Solo un cambio de plano, una nueva disposición del espacio.

—Quítate la camisa —ordenó Allán.

Elias no se desabrochó. No. Tiró suavemente de los bordes, y la tela se deslizó por sus brazos, cayendo al suelo como una hoja seca. Su pecho era terso, sin exceso de músculo, pero definido. Las costillas se marcaban con cada respiración. Las pezones, oscuros, se erizaron al contacto con el aire frío del salón.

—Y los pantalones.

Elias se inclinó, desabrochó la bragueta con lentitud, bajó la cremallera. Luego, con ambas manos, tiró de los pantalones hacia abajo, dejando que cayeran hasta sus tobillos. Se los quitó. Se puso de nuevo en pie. Sin ropa. Sin defensas. Sin excusas.

—Ahora, camina hacia el espejo —dijo Allán.

Elias dio dos pasos. Se detuvo frente al cristal. Se vio en él: cuerpo desnudo, espalda recta, hombros ligeramente caídos, caderas estrechas, muslos tensos. Y detrás de él, Allán, con las manos en los bolsillos, mirando. No con deseo. Con atención.

—Mírate.

Elias alzó la vista. Sus ojos verdes se encontraron con los de Allán en el reflejo.

—¿Qué ves?

—A un hombre que me pertenece.

—¿Y tú qué eres?

—Su dueño.

Elias no respondió. Solo sonrió. Pequeño. Frío.

—Ahora, agáchate.

Elias se arrodilló frente al espejo, con las rodillas firmes sobre el felpudo. La espalda baja curvada, los glúteos ligeramente separados, las manos apoyadas en las muslos. No era sumisión. Era teatro. Un acto de confianza disfrazado de rendición.

—Toca —ordenó Allán.

Elias no dudó. Deslizó una mano hacia adelante, rozando su pene flácido con el dorso de los dedos, luego con la palma. No lo acarició. Solo lo tocó. Como si estuviera midiendo su temperatura.

—Más.

Elias cerró los dedos. Lentamente. Con firmeza. Se apretó, sin presión, sin urgencia. Se gozó. Se miró en el espejo mientras lo hacía, y sus ojos no se cerraron. No se perdieron. Se mantuvieron firmes. Fijos en los de Allán.

—¿Así te gusta? —preguntó Allán.

—No.

—¿Entonces?

—Quiero que lo hagas tú.

Allán dio un paso adelante. Se puso detrás de él. Sus manos rodearon la cintura de Elias, lo sujetaron con fuerza, sin dolor. Con certeza.

—Entonces, deja que lo haga.

Allán apretó. Elias exhaló. Lento. Profundo.

—Más —dijo Elias.

Allán no respondió con palabras. Respondió con la mano. Con el pulgar rozando la cabeza, con los dedos apretando con el ritmo exacto que Elias

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