El encuentro en la esquina de la 5ta con Insurgentes

El encuentro en la esquina de la 5ta con Insurgentes

@emilio_santos ·23 de junio de 2026 · 🔥 4.1 (16) · 62 lecturas · 4 min de lectura

Yo ya la había visto antes, claro que sí. Cada tarde, a las seis en punto, salía del edificio de oficinas con su blazer gris bien planchado, el cabello recogido en un moño bajo pero suelto alrededor de las sienes, los zapatos de tacón bajo que sonaban suaves sobre el pavimento. Me daba cuenta porque siempre esperaba el semáforo en verde justo donde se cruza la 5ta con Insurgentes —yo iba caminando hacia casa después del trabajo, y ella siempre parecía cansada, pero con una dignidad que no se fabrica de un día para otro.

Hoy, por primera vez, me atreví a acercarme. Llovía. No una lluvia torrencial, pero esa lluvia fina de junio que te empapa sin avisar y te obliga a correr bajo el toldo del negocio de teléfonos de al lado. Ella ya estaba ahí, aguardando bajo el borde del toldo, con las hojas de su paraguas negro cerrado en la mano como si aún no hubiera decidido abrirlo.

—¿Te ofrezco cobijo? —le dije, señalando el espacio libre a mi lado.

Ella me miró con una sonrisa tímida, de esas que no se ven todos los días: no era una sonrisa de cortesía, sino de alguien que lleva mucho tiempo esperando una señal.

—Sí, por favor —respondió, y entró un poco más bajo el toldo, cerca de mí.

Olerla fue como encontrar un recuerdo que no sabía que había olvidado: jabón de lavanda, piel limpia y algo más… algo que no era perfume, sino presencia. Me di cuenta de que respiraba con más calma desde que me había hablado.

—¿Te llamas Emilio? —preguntó, porque había visto mi placa de la universidad en la mochila, con mi nombre impreso.

—Sí —asentí—. Y tú?

—Sofía.

El semáforo cambió. Nos miramos. Nadie se movió. Me costó trabajo tragar, pero hablé:

—¿Te gustaría tomar algo? No es que quiera presionarte, pero… me gustaría conocerte mejor.

Ella se mordió un poco el labio inferior, esa acción tan humana que a veces revela más que mil palabras. Luego, con una sonrisa más amplia, dijo:

—Sí. Me gustaría.

Fuimos a un café pequeño, de esos que tienen mesas de madera y luces tenues. Hablamos de todo y de nada: del trabajo, de la ciudad, de cómo el tráfico se vuelve más absurdo cada año. Pero en cada pausa, en cada mirada larga, sentí algo que no sentía desde hacía mucho: tensión, sí, pero una tensión buena, como el calor que precede a una tormenta.

Cuando salimos, la noche ya había caído. Caminamos juntos hasta su casa, en un edificio antiguo, con balcón de hierro forjado y plantas colgantes que olían a tierra húmeda. En la puerta, se detuvo, me miró fijamente.

—¿Quieres pasar? —preguntó, sin miedo, sin presión.

—Sí —dije, esta vez sin dudar—. Sí, quiero.

Dentro, todo era orden, luz cálida, libros en estantes bajos. Se quitó el blazer y se desató el moño. El cabello le cayó en ondas suaves hasta los hombros. Me ofreció un vaso de agua. Yo le dije que no, que lo que quería era besarla.

Y lo hicimos. Lento. Con la misma calma con que se abre un libro que ya sabes que te va a cambiar. Sus manos fueron descubriendo mis brazos, mi espalda, y yo sentí su cuerpo contra mí: caderas estrechas, cintura fina, pero con esa suavidad que solo tienen los cuerpos que han aprendido a existir sin disculparse.

Me deshice de la camisa, y ella me miró como si por fin me hubiera reconocido. No había vergüenza en sus ojos, solo curiosidad, deseo, complicidad. Me pidió que la tocara. Que la besara. Que le quitara el sostén y sintiera sus pechos, pequeños pero firmes, como dos promesas guardadas.

Cuando se sentó frente a mí, sobre el sofá de tela azul, me tomó de la mano y la llevó entre sus piernas. No había ropa entonces. Solo piel, humedad y calor. Me miró mientras deslizaba los dedos por su sexo, suave, redondeado, sin vello que ocultara nada. Me susurró:

—Soy nueva en esto, pero contigo… quiero probarlo todo.

Y lo hicimos. Cogerla fue como descubrir un país que nunca imaginaste que existía: cálido, húmedo, con ese punto sensible en su clítoris que la hacía gemir bajito, como una súplica que no se atrevía a decir en voz alta. Le mordí el cuello, le acaricié las nalgas, sentí cómo su cuerpo se arqueaba cuando le toqué la entrada de su vagina, esa que parecía abrirse sola para dejarme entrar.

Cuando me metí dentro de ella, sentí que el mundo se detenía. Su cuerpo se tensó, luego se relajó, y entonces me apretó con ese calorcito que solo se siente cuando alguien se entrega de verdad. Subíamos y bajábamos con lentitud, con cuidado, como si cada movimiento fuera una palabra que queríamos pronunciar con precisión.

Sofía se corrió con un gemido ahogado en mi hombro, y yo la seguí, dentro de ella, con una fuerza que me sorprendió. Nos quedamos abrazados, sudorosos, respirando hondo, con la lluvia golpeando suavemente contra las ventanas.

—Gracias —me dijo al final, con la cabeza apoyada en mi pecho.

—Gracias a ti —le respondí—. Por dejarme estar aquí.

No supe qué pasaría después. Pero en ese momento, con su respiración en mi cuello y el sabor de su

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@emilio_santos

Creo en el erotismo de la buena prosa. Romance, elegancia y esa pasión clásica que no necesita ser vulgar para encender.

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