El encuentro en el puerto de Cartagena

El encuentro en el puerto de Cartagena

@el_marinero ·6 de junio de 2026 · ★ 4.2 (5) · 109 lecturas · 7 min de lectura

Yo ya tenía el traje puesto: camisa abierta hasta el ombligo, pantalón corto de lino, sandalias de cuero. El sol de Cartagena me golpeaba en la nuca mientras caminaba por el muelle de La Bodeguita, con el puñado de fotos en el bolsillo trasero —las que había tomado esa mañana en el castillo de San Felipe, con el mar de fondo y el viento jugando con mis rastas. Venía de Medellín, donde trabajo como fotógrafo freelance, y Cartagena me había llamado como un imán: historia, colores, calor humano. No sabía que también me llamaría una piel que brillaba como el bronce bajo el sol del Caribe.

La vi desde lejos, sentada en un banco de madera, los pies descalzos entre las sombras que dejaban los barcos. Llevaba un vestido de algodón color miel, ceñido en la cintura pero suelto en las piernas, y el pelo enrollado en una tortilla alta, con mechones sueltos que le acariciaban el cuello. Tenía la piel morena oscura, de ese tono que parece hecho para el sol y el mar, y los ojos grandes, claros, casi dorados cuando el sol le daba de frente. Me pareció reconocerla: había estado tomando fotos de una pareja que hacía cerámica en Getsemaní, y ella —ella, no el hombre— era la que moldeaba las piezas con una paciencia que parecía infinita. Me había fijado en sus manos: anchas, fuertes, con los nudillos marcados, pero los dedos tan delicados al mover el barro.

Me acerqué con la cámara colgada del cuello, como siempre lo hago, sin pretensiones. Solo quería saludar, comentarle lo de las fotos. Pero ella me vio antes que yo pudiera abrir la boca, y me sonrió —una sonrisa que no era de cortesía, sino de reconocimiento. Como si ya me hubiera visto antes, en otro tiempo, en otra vida.

—¿Usted es el que tomó las fotos del castillo? —me preguntó, con una voz suave, como una brisa que se cuela por una ventana entreabierta.

—Sí, señora —le dije, con esa forma de hablar que usamos los paisas cuando queremos sonar respetuosos, aunque dentro ya estemos temblando—. Yo soy el que anda con la cámara.

Ella se rió, un poco, como si le hubiera gustado la palabra “señora” dicha así, con respeto, pero sin solemnidad.

—Soy Amara. Amara Díaz. Y vos sos el que se tardó media hora en sacar una foto porque el viento le movía las rastas.

Me reí yo también. Porque era cierto. Porque ella había estado ahí, mirando, sin que yo me diera cuenta.

—Ese viento es un enemigo personal —le contesté, y me senté en el banco, no muy lejos, pero suficiente para que el calor de su cuerpo me llegara como una advertencia.

Nos quedamos ahí, hablando de cosas simples: de cómo el mar cambia de color según la hora, de cómo el humo del pescado frito en la plaza llega hasta la puerta de la casa, de cómo Cartagena se siente cuando te quedas más de lo que planeabas. Ella me contó que era hija de una costurera de Santa Marta y un pescador de San Andrés, que había crecido entre olas y agujas, y que ahora vivía en Cartagena porque el corazón le decía que era ahí donde debía estar. Yo le hablé de Medellín, de las montañas que abrazan la ciudad, de cómo el aire huele a flores y a humo de carbón, y de por qué me había ido —porque el silencio del invierno me pesaba en los huesos.

El sol empezó a bajar, y el puerto se volvió dorado, como si alguien hubiera derramado miel sobre el agua. Amara se levantó, sacudió el polvo del vestido, y me dijo:

—¿Te animás a tomar una foto más? No del castillo. No de la ciudad. Una foto de algo que nadie más ve.

Me levanté. No con prisa. Con cuidado. Como si el suelo pudiera moverse.

—¿Dónde?

—En mi casa. Está cerca. Si no tenés miedo.

No respondí con palabras. Le dije con la mirada. Con la forma en que mi pecho se expandió, con el latido que me subió por la garganta. Ella lo sintió. Se le humedecieron los labios, y por un instante, la sonrisa se le convirtió en algo más íntimo, más peligroso.

Su casa era pequeña, de paredes blanqueadas, con puertas de madera vieja que crujían como si fueran parte de su historia. El jardín estaba lleno de plantas: albahaca, romero, una higuera que colgaba del techo. El aire olía a tierra mojada y a jabón de aloe vera. Amara me pidió que esperara un momento, y desapareció dentro. Volvió con una toalla de algodón grueso, que me tendió.

—Wepa, que el suelo está fresco —me dijo, y se quitó el vestido como si fuera una hoja que se despliega.

Estaba desnuda sin pretensión. Sin teatralidad. Solo como quien se quita una capa después de un día caluroso. Tenía el cuerpo de una mujer que ha dado a luz, aunque no me dijo si tenía hijos. Sus caderas eran anchas, su vientre suave, con una línea oscura que bajaba hacia su pubis, donde el vello era rizado, oscuro como el café recién hecho. Sus pechos eran firmes, redondos, con pezones grandes, oscuros, que se erguían apenas el viento entró por la ventana. Se sentó frente a mí, en el suelo, con las piernas cruzadas, y me miró sin vergüenza, con curiosidad, como si también estuviera tomando una foto —una foto que solo ella podía ver.

—¿Ves algo que te guste? —me preguntó.

Le dije la verdad: —Todo. Pero especialmente tus manos.

Porque estaban ahí, apoyadas en sus rodillas, las uñas limpias, los nudillos marcados, pero la piel suave. Las manos de una mujer que construye, que ama, que cuida.

Ella se acercó, y con una de esas manos me tomó la muñeca, y me guió hasta su cuerpo. Me pidió que me quitara la camisa. Lo hice lentamente, como si cada botón fuera una promesa. Cuando ya no llevaba nada encima, ella me acarició el pecho, y luego el estómago, y luego bajó, más abajo, hasta tocar la tela del pantalón.

—¿Estás nervioso? —me preguntó, con la voz baja.

—Sí —le dije—. Pero no por miedo. Porque esto es rico.

Ella sonrió, y me ayudó a quitarme el pantalón y las sandalias. Cuando quedé desnudo, ella no se apresuró. Se puso de pie, me tomó del pene —que ya estaba duro, por el calor y por su presencia— y lo frotó contra su vientre, una y otra vez, hasta que el líquido preseminal me humedeció los dedos. Luego, con su otra mano, me guió hacia su entrada. Estaba húmeda, caliente, como si ya me estuviera esperando desde antes de que yo llegara.

Me metí dentro, poco a poco, sintiendo cómo su cuerpo se expandía para mí, cómo su vagina se cerraba alrededor de mi pito, suave y firme a la vez. Ella soltó un suspiro largo, como si estuviera exhalando todo lo que había guardado. Me miró a los ojos mientras me empujaba hacia adentro, y yo comencé a moverme, con calma, con respeto, como si estuviera entrando a un templo.

Sus gemidos no eran fuertes, pero sí hondos. Venían de su vientre, de su pecho, de su alma. Me agarre de sus caderas, y le dije, en voz baja: —Estás rico, Amara. Estás bien rico.

Ella me besó entonces. No con urgencia, sino con ternura. Con reconocimiento. Me mordió el labio, y luego me susurró al oído: —Mámame, marinero. Que esta noche soy tuya.

Lo hice. Con cuidado, con hambre. Le chupé los pechos, uno y luego el otro, hasta que ella se arqueó, con los ojos cerrados, y me dijo: —Ahí. Ahí mismo.

Fue rápido, después. Ella se puso encima de mí, con las manos en mis muslos, y subió y bajó, con un ritmo que se volvió inevitable, como la marea. Su culo se mecía sobre mi pene, y yo le toqué los pechos, le apreté los glúteos, le susurré al oído que estaba hermosa, que era lo más rico que había sentido en mucho tiempo. Cuando ella vino, gritó mi nombre —o tal vez solo dijo “ahora”, no sé—, y su vagina se contrajo, apretando mi pene como un puño, y yo sentí que me iba dentro de ella, que mi cuerpo se deshacía en oleadas, que el semen me salía como si fuera la marea alta.

Nos quedamos así, abrazados, sudados, con el olor del jardín alrededor. Amara se recostó sobre mi pecho, y me acarició el brazo con la mano que antes moldeaba el barro.

—¿Vas a volver? —me preguntó

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