El encuentro en el barrio chino

El encuentro en el barrio chino

@tomas_leon ·5 de junio de 2026 · ★ 0.0 (0) · 0 lecturas · 7 min de lectura

La luz del barrio chino brillaba tenue entre las luces de neón y los reflejos mojados del pavimento por la lluvia reciente. Tomás entró con la camiseta empapada por la humedad, el pelo pegado a la frente, y se detuvo frente al mostrador del *La Perla Negra*, un antro de madera oscura y espejos rotos donde la música de fondo era un baile de sintetizadores viejos y voces distorsionadas. Buscó con la vista a quien le había mandado un mensaje a las 22:47: *“Estoy en la esquina, camiseta negra, pantalón deJean. No me falles.”* Y no le faltó: a los tres minutos, una mano le tocó el hombro.

—Viste, ¿eh? —dijo el tipo, con una sonrisa que le partía la cara en dos y los ojos brillantes como si hubiera tomado más de lo que decía.

Era alto, moreno, con brazos finos pero definidos, y una barba bien recortada que le marcaba la mandíbula. Llevaba una remera negra ajustada que mostraba la curva de los bíceps y el borde de una tatuaje que decía *“noche”* en la muñeca. Se llamaba Leandro, y cuando le tendió la mano para estrecharla, Tomás sintió el calor de su piel antes de que los dedos se tocaran.

—Vos sos el de la foto —dijo Leandro, sin soltarle la mano del todo, dejándola un segundo más de lo necesario en su palma—. Tenés los ojos más verdes en persona.

Tomás asintió, levemente incómodo, pero con el corazón palpitando en la sien. No era nuevo en esto: ya había cogido en baños de boliches, en camionetas estacionadas, hasta en duchas de pileta pública. Pero algo en la mirada de Leandro lo ponía tenso, como si lo estuviera despojando de todo pretexto antes de que empezara siquiera.

—Vamos a un lugar más tranquilo —dijo Leandro, ya casi pegado a él, con el aliento tibio en su oreja—. Me moro de ganas de ver cómo te mueves.

El departamento era pequeño, en el segundo piso de un edificio de los 80, con paredes amarillentas, una cama king-size sin sábana y una ventana que daba al callejón. No había luces encendidas, solo el brillo de las farolas de afuera que se colaban por la rendija de las cortinas. Leandro cerró la puerta con llave, lentamente, y se volteó. No se apuró. Se dejó mirar.

—Después de tanto tiempo, me alegra que no seas un gordo pelado —dijo, desabotonándose la remera—. Me dijeron que estabas bien, pero no sabía si era true o si te estabas cagando encima.

—Sos el que va a tener que aguantar —respondió Tomás, ya sin miedo, con la lengua más larga por la adrenalina—. Vamos, que no me cago en nada si vos no te cagás en mí.

Leandro soltó una risa baja, profunda, y se sacó la remera de un tirón. Tenía el pecho plano pero marcado, con pezones oscuros y una línea de vello que bajaba hasta el ombligo y seguía hacia abajo, desapareciendo en la cintura de sus jeans. Se desabrochó el cierre sin mirar, bajó la bragueta y sacó el pene. Estaba medio duro, flácido pero prometedor: 17 centímetros de carne rosada, la punta húmeda, con una vena que palpitaba a cada latido.

—Viste cómo me pone la idea de que me toques sin pedir permiso —dijo, agarrándose la base del pene con la mano derecha y el testículo izquierdo con la izquierda, masajeando suavemente—. Ya lo siento en el culo.

Tomás se acercó. No se apuró. Lo miró con atención: la curva del pene hacia arriba, los folículos pilosos en los testículos, el preseminal que se le salía por la punta. Le palmeó la nalgada derecha con fuerza, dejando una marca roja.

—Y vos ya estás listo para que te garche —dijo, y le metió la mano dentro del pantalón, agarrándole el pene con una sola mano, apretando la base y subiendo hasta la cabeza, frotando con la palma—. Me lo siento duro, pija.

Leandro jadeó, arqueó el cuello, y se dejó llevar. Tomás lo empujó contra la pared, le metió la lengua en la boca, y mientras lo chupaba, le acariciaba la espalda con las uñas cortas. Leandro respondió mordiéndole el labio inferior, tirando de su pelo, empujando el pene hacia adentro de la boca de Tomás como si quisiera hacerlo tragárselo entero.

—Gacho… vos querés que te muerda, ¿no? —dijo Leandro, soltándolo con un *pop* y bajándose los jeans y la bermuda hasta las rodillas—. Querés que te agarre del pelo y te joda hasta que no puedas más.

Tomás no respondió. Se sacó la camiseta, se desabrochó el cierre, y se bajó el pantalón con un movimiento seco. Su pene ya estaba duro, 16 centímetros de carne morena, con la cabeza hinchada y brillante. Leandro lo miró sin vergüenza, le pasó la lengua por la punta y lo chupó como si llevase días sin probarlo. Tomás le agarró la cabeza con ambas manos, lo sostuvo ahí, y lo frotó contra su piel, sintiendo cómo la lengua de Leandro le hacía cosquillas en el glande.

—Poné el culo en la cama —dijo Leandro, ya sin aliento—. Quiero ver cómo te abrís.

Tomás se acostó, abrió las piernas, y con dos dedos se ensanchó el ano, mojándolo con saliva y presionando suavemente hasta que el anillo se relajó. Leandro se puso de rodillas, le separó las nalgas con las manos, y se metió la lengua adentro, lamiendo con fuerza, como si quisiera sacarle las tripas. Tomás gimió, se arqueó, y se frotó el pene contra el colchón, buscando el rozamiento que le diera el impulso.

—No te grites todavía —le dijo Leandro, mientras se lubrificaba el pene con la propia saliva de Tomás—. Quiero que te meta hasta la raíz, que te rompa el culo, y que después te saque todo lo que tenés adentro.

Se posicionó, apuntó con la punta del pene al orificio, y empujó. Tomás soltó un grito ahogado, sintió la carne de Leandro entrando en su cuerpo, estirando el músculo, rompiendo la barrera del primer centímetro. Leandro no se apuró. Se quedó quieto, con el pene entero dentro, y lo besó en la frente.

—Relajate, gacho… me tenés que agarrar fuerte.

Tomás lo hizo. Le agarró la cintura, lo jaló hacia atrás, y se lo metió todo. Leandro jadeó, cerró los ojos, y empezó a moverse: entraba, salía, giraba un poco para rozar la próstata, y cada vez que se metía más hondo, Tomás sentía un temblor en las piernas.

El ruido era espeso: el golpe de las caderas contra las nalgas, el sonido húmedo del pene entrando y saliendo, los gemidos que se mezclaban con el grito de Tomás cuando Leandro le daba una patada en el muslo.

—Sí, así… me cago en tu culo, Tomás… vos querés que te joda hasta que llore, ¿no?

—Sí… garchame… no pare… quiero que me salgas en la channel —dijo Tomás, con la voz rota, con los ojos cerrados, con las uñas clavadas en los muslos de Leandro.

Este le agarró el pene, lo apretó con fuerza al ritmo de sus embestidas, y lo frotó con la palma hasta que Tomás sintió el orgasmo subiéndole por la columna. Se corrió con un grito que le raspó la garganta, con el cuerpo arqueado, con la boca abierta y los dientes apretados.

Leandro lo siguió dentro de él, con tres embestidas más, jadeando como un perro, y soltando una ristra de mierda que le salió de la punta. Se quedó quieto, con el pene aún dentro, con la frente pegada a la de Tomás.

—Me cago en todo, che… vos me sacaste la vida —dijo, y le besó el cuello.

Tomás lo abrazó fuerte, sintiendo el sudor pegándolos, los latidos acelerados, el pene de Leandro palpitando dentro de su channel. Afuera, la lluvia había vuelto. Pero adentro, todo estaba en calma. Solo el aliento, los dedos que se entrelazaban, y el sabor salado de la piel.

También en: ConfesionesVoyeurismo

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