El eco de mis propias manos

El eco de mis propias manos

@fernanda_luz ·5 de junio de 2026 · ★ 0.0 (0) · 0 lecturas · 6 min de lectura

Ayer, cuando el sol ya se había rendido y dejó caer su último resplandor por la ventana del balcón, sentí esa calma que solo llega cuando el cuerpo está cansado pero la mente aún no duerme. Me senté en el sofá, con los pies descalzos apoyados en el cojín que huele a tu perfume y a polvo de sol. Te miré dormir al otro lado de la habitación, en la cama, entre sábanas revueltas y la luz dorada que se arrastraba por el colchón como una langostilla tímida. Sentí ganas de acercarme, de tocarte, de recordarte cómo se siente mi piel pegada a la tuya… pero algo me detuvo. No fue el cansancio, ni la vergüenza. Fue una especie de invitar a hacerme compañía a mí misma, como si hubiera en mí misma una amante que llevaba tiempo esperando su turno.

Me llamó la atención cómo se me ponían los pechos duros solo con mirarte dormir. No es que te deseara en ese momento —no exactamente— sino que quería sentirme deseable, deseada, deseante. Quería volverme a encontrar conmigo, sin tu ayuda, sin tu aliento en el cuello, sin tus manos que ya saben dónde y cómo me tocan. Así que me levanté, con calma, como quien se acerca a un espejo que no ha mirado desde hace mucho.

Me deslicé la camiseta por encima de la cabeza, sin prisa, sin mirar el espejo. Sentí el aire frío de la ventana acariciar el sudor que aún guardaba en la cintura. Me senté en el suelo, de piernas cruzadas, con la espalda recta, como si estuviera rezando o meditando, aunque sabía que no era ninguna de las dos cosas. Era un acto de devoción. A mí misma.

Me miré las manos. No eran las mismas de hace un año. Habían aprendido a reconocer mis propios límites, a respetar mis silencios, a encontrar el ritmo que solo yo conozco. Me pasé la yema de los dedos por el esternón, y luego bajando, despacio, como si bajara una escalera invisible. Me di cuenta de que había dejado de pensar en cómo se veía mi cuerpo y empezado a pensar en cómo se sentía. ¿Qué se sentía cuando tocaba mi propio ombligo con la punta de la lengua? ¿Y cuando dejaba que mis pezones se endurecieran sin que nadie les soplara encima?

Me acaricié los muslos, con las uñas apenas rozando la piel. Me recordé que en la universidad, cuando vivía sola por primera vez, hacía esto con frecuencia: se me iba el tiempo en sentirme, en descubrir qué zonas reaccionaban más rápido, cuáles necesitaban más presión. Pero ahora, con los años, con la vida hecha montón y con un amor que ya no se pregunta si está bien o mal, sino que simplemente *está*, sentí que podía permitirme más. Más lentitud. Más confianza. Más *yo*.

Me desabroché el sostén. No con prisa, no como quien se lo quita para acostarse, sino como quien descorre una cortina para dejar entrar la luz. Me miré en el espejo del baño, que estaba frente al sofá. No busqué aprobación. Busqué reconocimiento. Mis pechos, un poco caídos, pero firmes, con los pezones más oscuros de lo que recuerdo, más sensibles. Me pasé las palmas sobre ellos, con suavidad, y sentí cómo se ponían más duros, más presentes. Me acerqué al espejo, y con la yema de los dedos, toqué uno de mis pezones. No lo froté. Solo lo apreté un poco, con una presión cálida, y dejé que mi cuerpo lo recibiera.

Me sentí rica. No por lo que tenía, sino por lo que podía sentir.

Me dejé caer de rodillas en el suelo, con las manos sobre las caderas, y me llevé una a la boca. Me lamí los dedos, como si fueran un caramelo que no quería perder. Luego, con la misma mano, me abrí la braga con cuidado, deslizándola hacia los lados. Me sentí húmeda. No con urgencia, sino con una humedad tranquila, como una laguna en verano, donde todo se mueve con calma, pero con vida.

Me toqué. No con ansiedad, sino con familiaridad. Conocía cada rincón, cada curva. Me acaricié el clítoris con la punta de los dedos, con una presión ligera, casi juguetona. Me puse de lado, apoyando la cabeza en el sofá, y me metí un dedo. No rápido. No con ganas de llegar, sino con ganas de *ir*. Sentí cómo se me estrechaba el vientre, cómo se me aceleraba el pulso, pero sin que eso me asustara. Me dije: “Sí, aquí estás. Aquí, sola, pero no sola de verdad”.

Me metí un segundo dedo, y sentí cómo se me abría desde adentro, como si mi cuerpo me regalara una entrada secreta que solo yo podía abrir. Me aceleré un poco, pero sin perder el control. Me llevé la otra mano al otro pecho y empezó el dueto: uno de mis pechos en mi mano, el otro en mi boca, mientras mis dedos buscaban el punto que sabía que estaba ahí, dentro de mí, un poco más arriba, como una escondida que me sonreía.

Me imaginé tus manos sobre mí. No para reemplazar lo que estaba haciendo, sino para acompañar. Como si estuvieras detrás de mí, abrazándome por la cintura, y tus dedos tamborileaban en mi estómago mientras yo me tocaba. Me imaginé tus ojos en mis ojos, en el espejo, mientras me mordía el labio para no gritar.

Y entonces vino. No fue un temblor repentino. Fue como una ola que primero late en los pies, sube por las piernas, se detiene en el vientre, y luego explota en una oleada que me hace arquear la espalda, que me hace cerrar los ojos y soltar un gemido que suena como un suspiro largo, como si el aire me estuviera devolviendo lo que le había pedido.

Me quedé así, con los dedos aún dentro, la cabeza apoyada en el sofá, respirando con la boca entreabierta. Me miré las manos. Estaban temblando un poco. Me las llevé a la frente y las besé, como bendición. Me sentí viva, no por haber llegado, sino por haber estado ahí, presente, en cada segundo.

Te miré de nuevo. Aún dormías. Me levanté, me lavé las manos, me puse otra braga, y me senté en el borde de la cama, con los pies en el suelo, como si acabara de despertar yo también. Te acaricié la nuca, despacio, sin querer despertarte. Solo para recordarte que, aunque estuviera sola un rato, siempre volvía. Porque saber que puedo estar sola conmigo misma, sin miedo, sin vergüenza, sin prisa, es la forma más íntima de decirte: *te espero, pero no me necesito*.

Y eso, mi amor, es el mayor acto de amor que puedo darte: saber que siempre estaré aquí, con mis propias manos, con mis propios ecos, esperándote —o no—, pero siempre, siempre, *presente*.

También en: RománticoConfesiones

¿Te ha gustado? Valóralo

0.0 · 0 votos
Reportar
Compartir

También en Autosatisfacción