El Eco de la Lluvia en la Ventana del Quince
7 minEl Eco de la Lluvia en la Ventana del Quince
Esa noche, la lluvia no cayó como agua: cayó como recuerdo. Una lluvia fina, persistente, que golpeaba suavemente el cristal del balcón del apartamento de mi vecina, en el piso de arriba. Yo estaba en el mío, con una taza de café ya frío y el televisor apagado hace rato, cuando escuché el sonido de sus pasos en el pasillo. No era el paso ligero de siempre, el que hacía cuando salía a comprar leche o a tomar el aire. Este era más lento, más cargado. Como si cargara algo que no quería soltar.
Abrí mi puerta antes de que el miedo me detuviera. O mejor dicho, antes de que la razón me convenciera de cerrarla otra vez.
—¿Lucía? —pregunté, sin bajar la vista. No la miré a los ojos. No al principio.
Ella se giró, el cabello húmedo, su camisón de algodón claro pegado a la piel. Tenía los pies descalzos y los nudillos blancos aferrados a la taza de té que, por suerte, no se le había caído.
—¿Paula? —susurró, como si el nombre hubiera salido de un lugar oscuro dentro de ella.
—¿Estás bien?
Se encogió de hombros. No era una respuesta. Era una rendición.
—Llovió mucho —dijo—. Y me acordé de cuando vivíamos en Cali, en ese cuarto que olía a humo y a jabón de lavar. Tú me abrazabas y yo pensaba que el mundo se iba a acabar, pero que no importaba, porque estabas ahí.
Me quedé quieta. No me atreví a mover ni un dedo. Porque ya sabía qué venía.
—¿Te acuerdas cómo era tu cama? —preguntó, esta vez con una sonrisa pequeña, que no le llegaba a los ojos.
—Sí.
—Y ahora… ¿te acuerdas cómo es la mía?
No respondí. En su voz había algo que no había escuchado en años: una grieta. Una grieta que, si se extendía demasiado, iba a dejar salir todo lo que habíamos enterrado.
—Pasa —dije, al final, abriendo la puerta de mi apartamento.
Ella entró con la taza aún en la mano, como si fuera un talismán. La seguí, cerrando la puerta tras de nosotros, aunque no hacía falta. No en esa noche.
—¿Quieres té? —pregunté, pero ya sabía la respuesta.
—Sí. Negro. Dos azúcares. Como en los viejos tiempos.
Me moví en la cocina con lentitud, con intención. No quería apresurar lo que ya se había desatado. Escuché sus pasos acercarse a la puerta entreabierta.
—¿Todavía usas esa taza de cerámica azul? —preguntó.
—Sí.
—Me encantaba esa taza.
—Tú me la regalaste.
—Lo sé.
Ella se quedó allí, en la entrada de la cocina, observándome mientras ponía la tetera sobre la estufa. No decía nada más. Solo me miraba, con esa mirada que ya no era de amistad, ni de compasión, ni siquiera de curiosidad. Era una mirada que sabía lo que había pasado entre nosotros, que lo recordaba, y que ahora, por primera vez en quince años, lo quería otra vez.
—¿Lucía? —dije, sin voltear.
—Sí.
—¿Por qué hoy?
Ella se acercó hasta donde yo estaba, se apoyó contra el mostrador, cruzó las piernas. Su camisón se subió un poco más, y vi el borde de una braguita negra, fina, que no había usado en mucho tiempo.
—Porque hoy me llamó mi esposo —dijo—. Me dijo que iba a trabajar hasta tarde. Que no esperara cena. Que me acostara si me cansaba.
—Y…
—Y yo me acordé de ti.
La tetera empezó a silbar. Le quité el fuego. Tomé las dos tazas, las llevé hasta la mesa del comedor, donde habíamos comido tantas veces juntas, hablando de hombres, de trabajo, de miedos. Ahora, la mesa estaba vacía. Solo las tazas, el vapor subiendo en espirales lentas.
—¿Y qué hiciste? —pregunté.
—Me duché. Me puse esto —señaló su camisón—. Y me senté en el sofá, con las piernas cruzadas, pensando en cómo sería si subieras a buscarme.
—¿Y ahora?
—Ahora… —se puso de pie, dejó su taza en la mesa—. Ahora me gustaría que me besaras.
No dudé. No vacilé. Me acerqué. Ella no retrocedió. Solo me miró, con los ojos entreabiertos, con los labios ligeramente entreabiertos, con la respiración contenida.
La besé.
No fue un beso de amor. No fue un beso de deseo desbocado. Fue un beso de memoria. De reconocimiento. De algo que había estado dormido, esperando que la vida nos dejara respirar un poco más.
Sus manos subieron por mi cuello, se enredaron en mi cabello. Yo le pasé las mías por la espalda, sintiendo la curva de sus vértebras bajo la tela fina del camisón. Me aparté un poco, solo lo suficiente para ver su cara.
—¿Estás segura? —pregunté.
Ella no respondió con palabras. En vez de eso, tiró suavemente de mi camisa, me obligó a inclinarme, y volvió a besar-me, más hondo, más lento. Y en ese beso, sentí su lengua, su sabor, su humedad, como si el tiempo no hubiera pasado.
Le quité la camisona. No con urgencia, sino con cuidado, como si descorriera una cortina. Bajo ella, no llevaba nada. Solo su piel, suave, cálida, con el aroma que recordaba: jabón de lavar, un poco de perfume barato, y eso que tiene la piel de quien ha estado sola mucho tiempo.
Me bajó el pantalón. Me desabrochó la blusa, y cuando mis pechos quedaron al descubierto, ella los tocó con la palma, sin prisa, como si los estuviera releyendo.
—¿Tú siempre los mantienes así? —preguntó, mientras con el pulgar rozaba uno de mis pezones.
—Sí —respondí—. Siempre.
—Bueno… —dijo—. Porque yo ya no los toco.
—¿Por qué?
—Porque a él no le gustan.
—¿Y a mí me gustan?
—A ti siempre te han gustado —respondió, y me empujó suavemente hacia el sofá.
Me senté. Ella se arrodilló frente a mí, con las rodillas apoyadas en el cojín. Me desabrochó el sujetador con los dedos, lento, y lo bajó hasta que mis pechos cayeron en sus manos. Los miró, los rozó, los apretó un poco, como si los estuviera comprobando.
—¿Te gustaría que te mamaran? —preguntó.
—Sí —dije—. Mucho.
Ella inclinó su cabeza, tomó uno de mis pechos en su boca, y empezó a chupar con suavidad. No con urgencia. No con furia. Con paciencia. Con recuerdo. Su lengua giraba en círculos alrededor del pezón, y yo sentía cómo cada movimiento me subía por la columna vertebral, como una corriente eléctrica suave, lenta, segura.
Le pasé las manos por la nuca, le hice levantar la cabeza. Sus labios estaban brillantes, húmedos, rojos. La besé de nuevo, y esta vez sentí su sabor en mi boca. Me separé.
—¿Quieres que te meta la lengua? —pregunté.
—Sí —dijo—. Quiero que me la metas.
Me puse de pie. La tomé de la mano, la guié hacia mi habitación. La cama estaba hecha, pero no importaba. La senté en el borde, me arrodillé frente a ella, y le bajé la braguita.
Estaba mojada. Ya. Como siempre. Como cuando teníamos veinte años. Le separé los labios con los dedos y vi su entrada, suave, húmeda, brillante a la luz tenue de la lámpara.
Le pasé la lengua, lento, de abajo hacia arriba, y ella gimió. Un grito corto, contenido, como si no creyera que se le permitía hacer ruido. La besé de nuevo, más fuerte, y esta vez metí la lengua dentro de ella, con cuidado, con ternura.
—¿Así? —pregunté.
—Sí —dijo—. Sí, así.
Le pasé los dedos por dentro, uno, luego dos. Se abrió sola. Se entregó sola. Se entregó a mí, después de tanto tiempo.
—¿Te gustaría que te metiera el dedo? —pregunté.
—Sí —dijo—. Quiero que me lo metas todo.
—¿Y si te metiera dos?
Ella me miró, con los ojos cerrados, con la boca entreabierta, con el pecho subiendo y bajando rápido.
—Dime… ¿te gustaría que te mordiera un poco?
—Sí —dijo—. Quiero que me muerdas.
Le puse los dedos. Dos. Dentro de ella. Y cuando sentí que se contraía, cuando sentí que se aferraba a mí, le pasé los lab
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Hay un deseo que arde mejor cuando se contiene. Escribo desde la melancolía y la noche, esas ganas que no se dicen pero se sienten.