El Eco de la Lluvia en el Cristal
7 minEl Eco de la Lluvia en el Cristal
La primera vez que sentí su respiración en el cuello, estaba lloviendo. No una lluvia torrencial, ni una tormenta furiosa: aquella era una lluvia pausada, sosegada, como si el cielo también hubiera decidido tomarse su tiempo para recordar cómo mojar la tierra. Yo estaba sentada junto a la ventana del salón, con los pies descalzos sobre el suelo de madera tibio, los dedos entrelazados sobre un libro abierto que no leía. Mis ojos seguían el rastro de las gotas que resbalaban por el vidrio, dibujando mapas efímeros.
—¿Te importa si me quedo?
La voz de Mateo no me sorprendió. Había oído su coche detenerse, el crujido de la puerta al abrirse, el sonido de sus pasos sobre la terraza mojada. Pero no lo había llamado. No entonces. Lo había invitado, sí, con una mirada que tardé más de un mes en construir, con frases que empezaban en “creo que…” o “quizás podríamos…”, pero nunca con una orden directa. Él lo sabía. Y eso parecía importarle más que cualquier otra cosa.
—No —dije, sin mirarlo, como si la lluvia pudiera llevarse mis palabras si las dejaba flotar demasiado tiempo.
Se sentó a mi lado, no demasiado cerca, pero sí suficiente como para que su calor me alcanzara. Llevaba una camisa de lino color arena, ligeramente húmeda en los hombros, y el olor a tierra mojada y jabón de avena le pegaba a la piel. Se quitó los zapatos sin romper el silencio, y con los pies descalzos —los míos estaban a su izquierda, los suyos a mi derecha, separados por una línea invisible—, se inclinó hacia adelante y apoyó la frente en el cristal, con los ojos cerrados.
—Hace mucho que no llueve así —dijo, casi en un susurro.
—¿Y antes? —pregunté, aunque ya sabía la respuesta.
—Antes, llovía en las ciudades que no recordaba. En los balcones vacíos. En los parques que ya no caminaba.
No respondí. No hacía falta. En su voz había una calma que no era de ausencia, sino de espera. Y yo había estado esperando, sin nombrarlo, sin pretenderlo, como se espera una estación que sabes que volverá, aunque no sepas cuándo.
Me giré lentamente hacia él. Su rostro estaba iluminado por la luz difusa de la tarde, la que se cuela por las nubes rotas, cuando el sol decide asomarse sin atreverse a salir del todo. Sus pestañas eran largas, negras, y cuando parpadeaba, parecía que su mundo entero temblara un milímetro. Tenía las mejillas ligeramente enrojecidas por el frío húmedo, y la barba recortada con cuidado, como si cada día fuera una decisión consciente. No era un hombre que necesitara gritar para ser escuchado. Su presencia era un eco que se extendía en círculos concéntricos, suave, pero firme.
—¿Por qué no me miras? —le pregunté, por fin.
—Porque si te miro ahora, no sabré qué hacer conmigo mismo después.
Me sonreí, sin intención de disimularlo. Era una sonrisa de confianza, de reconocimiento mutuo, como cuando dos personas que se han cruzado muchas veces en la vida deciden, de pronto, caminar juntas. Me levanté, con lentitud, sin forzar nada, sin presión. Le tomé la mano derecha —la izquierda estaba aún apoyada sobre el cristal— y la llevé hasta mi cuello. Su pulgar rozó mi pulso, una vez, dos, como si estuviera aprendiendo su latido.
—Aquí —dije—. Si me miras aquí, sí vas a saber qué hacer.
Y entonces, por primera vez, me miró. No con deseo apresurado, ni con ansiedad de conquista. Lo hizo con atención, con reverencia. Como si estuviera leyendo una página que había estado esperando toda su vida.
Su boca encontró la mía con una dulzura que no esperaba. No fue un roce, ni una exigencia. Fue un encuentro, un reencuentro. Sus labios eran cálidos, suaves, con una textura que me recordó al papel de arroz mojado en té: delicado, pero capaz de sostener mucho peso. Apreté su mano contra mi cuello, y él respondió acercando su frente a la mía, los ojos cerrados, respirando el mismo aire que yo.
—¿Puedo? —murmuró, sin moverse.
Asentí. Con la cabeza. Con el cuerpo. Con la historia que ya escribíamos juntos.
Se puso de pie con calma, y esta vez fue él quien me tomó de la mano. No me llevó a la habitación, ni al dormitorio. Me llevó a la cocina, donde el sol había logrado abrirse paso entre las nubes y pintaba una franja dorada sobre la encimera de mármol. Me sentó sobre ella, con cuidado, como si fuera algo frágil. Y entonces, con la misma pausa que la lluvia, comenzó a desabrocharme la blusa.
Cada botón era una pausa. Cada desabrochadura, una confesión. Cuando el tejido se abrió, no tocó mis pechos de inmediato. Primero, con los dedos, trazó el contorno de mis clavículas, luego deslizó las yemas por la curva de mis hombros, bajando despacio, como si temiera que el tiempo se rompiera si avanzaba demasiado rápido. Cuando finalmente rozó la tela del sujetador, sus ojos me buscaron, buscando permiso.
—¿Te gustaría que…? —empezó.
—Sí —le dije, sin dudar.
Sus manos estaban húmedas de la lluvia y del calor de mi piel. Deslicé los dedos por su nuca, sintiendo la textura de su cabello corto, y lo atraí hacia mí. Su frente se apoyó en la mía otra vez, y esta vez, cuando besó mi cuello, lo hizo con los ojos abiertos, viéndome, viéndome verlo.
—No tengo prisa —dijo, y sus palabras vibraron en mi piel.
—Yo tampoco.
Bajó las manos hasta mi cintura, deslizando las palmas por debajo de la camisa, acariciando la curva de mis riñones, y luego, con una lentitud que me hizo temblar, deslizó los dedos hacia atrás, hacia la cintura de mis pantalones. Me ayudó a quitármelos, y cuando quedé sentada sobre el mármol, con solo la falda subida hasta las muslos y la blusa abierta, él se arrodilló.
No fue un arrodillarse de sumisión. Fue un arrodillarse de elección. De deseo consciente. De cuerpo que reconoce a otro cuerpo y decide quedarse.
Sus manos subieron por mis piernas, con los pulgares rozando el interior de mis muslos, acercándose —pero sin llegar— a la curva de mis caderas. Cuando sus ojos encontraron los míos de nuevo, me sonrió. No era una sonrisa triunfal. Era una sonrisa de complicidad, como si estuviéramos compartiendo un secreto que solo nosotros conocíamos, aunque no tuviera nombre.
—¿Te acuerdas del primer beso? —pregunté, sin quitarle los ojos de encima.
—Sí —dijo, y su voz era más grave ahora, más cálida—. Fue en una estación de tren. Llovía. Tú te subiste al tren sin darte cuenta de que olvidaste el boleto.
—Y tú te bajaste conmigo.
—Y me bajaría mil veces más.
Entonces, por fin, me besó en el pecho. No fue una presión. Fue un abrazo de labios. Una promesa. Y cuando sus dedos encontraron el elástico de mi falda, no la bajaron de golpe. La deslizaron con calma, como si estuvieran desenrollando una cinta antigua, cuidando cada pliegue, cada pliegue una historia.
Cuando quedamos desnudos uno frente al otro, no hubo vergüenza. Solo reconocimiento. Él era alto, musculoso sin exceso, con cicatrices pequeñas en los codos y una marca oscura en la espinilla izquierda, de una caída que me había contado una noche de café y silencios. Sus manos, largas y firmes, me tocaban como si yo fuera su primer suspiro y su último aliento.
—Te amo —dije, sin pensar, como si las palabras hubieran estado esperando su turno detrás de la lengua.
Él se detuvo un instante. Cerró los ojos. Luego me miró, y sus ojos estaban húmedos, no por lágrimas, sino por la intensidad del momento.
—Yo también —dijo. Y entonces, con la palma de la mano, me acarició el rostro—. Pero no es eso lo que quiero decirte ahora.
—Entonces dime lo que sí quieres.
—Quiero sentirte. Quiero saber cómo te sientes cuando te toco aquí —y puso su mano sobre mi vientre—. Cuando te beso aquí —y bajó sus labios hasta mi clavícula—. Cuando te escucho respirar cuando te gusta lo que hago —y besó la curva de mi pecho otra vez—. Quiero saber quién eres cuando te dejas ir. No quién crees que soy yo, ni quién quieres que sea yo. Quién eres
¿Qué tanto te calentó?
Escribo el deseo como quien escribe un poema: con metáforas, sombras y una elegancia que no le quita nada al fuego.